La imaginación confinada.

Si aborrecí 2020 no fue tanto por el confinamiento decretado, cuanto por el confinamiento interior, ese agente de orden que llevamos dentro. Desaprovechar lo que ha sido el año 2020 para forjar nuevos valores sociales, me pareció una verdadera tragedia. Quien no hace más que quejarse o repetirse, definitivamente está en muerte colectiva.

La cultura insistía en su cultura. El tendero, en su tienda. La hostelería, en su bar o su alojamiento. El parado, en su paro o en la mendicidad que traerá el trabajo si no se modifican las bases del trabajo, de la producción y de la economía. El feriante, en su feria. El granjero, en su granja. El ciclista, en su carril. La parejita, en el bebé. Y el votante en lo bien que lo había hecho su partido.

Ni siquiera la ONU fue capaz de poner orden mundial, todas las naciones a una contra el negocio de las vacunas. Poesía y ciencia, pensamiento y rebelión dormían el sueño de los justos mientras transigen con la injusticia y cobran su copyright por parecer buenos. No hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. Me pasa, como a Quevedo, por mirar los muros de la patria mía. ¿Feliz 2021?

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