análisis de la democracia.

Sobra decir que la democracia, como invención humana, cambia o se puede cambiar. Sus dos principios, los dos pilares en que se asienta, son discutibles y fácilmente mutables: 1º) la división vital y vitalicia entre electores y elegidos y 2º) la confianza que nos merece la opinión pública, base del voto y del sufragio universal.

Que la opinión se fabrica, lo sabe la prensa, que de libre y de independiente no tiene nada, mucho menos ‘del pueblo’. Éramos chicos y todos estaban contra el Muro de Berlín. Somos mayores y todos coinciden en que Venezuela es una dictadura, que Hillary, mejor que Trump, que Inglaterra, mejor en la UE, que Macron, mejor que Le Pen y que hay que acoger refugiados. Todos esos votos ‑con sus correspondientes exorcismos: ayer contra el comunismo, hoy contra populismo y xenofobia‑ son inducidos y no producto de nuestros intereses de clase. Lo de Macron es de escándalo. Una Francia que vota más conservador que Hollande ‑que ya es decir‑ celebra su victoria democrática, cuando el país está más hecho polvo y más militarizado que nunca. ¿Fraternidad?, puede que haya (ya se encargan las oenegés), pero igualdad y libertad, cada vez menos, bajo el estado policial. Y Macron viene a machacar esos lemas. ¿Quién dice entonces alégrate, Europa, que hemos vencido? Los medios con reflejo en las urnas (funerarias de lo que pasa en la calle).

Un mundo sin prensa es imposible. Lo que habría que hacer es ir sustituyendo la democracia de opinión (cada uno vota según sus ideas) por la democracia real de identidad o situación (cada uno representa a quien es en la escala social). Así, en un país con un 51 por ciento de mujeres, las mujeres tendrían un 51 por ciento de representación y de poder, opine cada una lo que opine; ¿tres de cada 10, musulmanas?, pues tres de cada diez escaños para las musulmanas. Un 20 por cien de personas en paro se reflejaría en ese porcentaje en las instituciones. Y si 8 de cada 10 ingresan menos de mil euros al mes, 8 de cada 10 señorías serían en proporción. El caso es que nunca un millonario (Trump) ni un banquero (Berlusconi o Pujol) ni un yupi (Macron) ‑y, por supuesto, ni un rey‑ ocuparían poder más allá de la cuota (o share) nacional que les corresponde. Bastante democracia es ‑en el sentido tolerante de la palabra‑ que haya tipos así para que, encima, se les dé opción a hacer campaña y arribismo.

En una democracia real, demoscópica y estadística, la labor de la administración (de cuerpos funcionarios del Estado) primaría sobre la acción política, que sería mínima en tanto en cuanto la administración funcione a tope. Un ejemplo. Una diputada sin estudios no manejaría obras ni dineros públicos pero ‑en nombre del grupo de personas sin estudios‑ sí podría expresar por su boca en qué cree ella que se debería invertir, seguramente: en escuelas. La política consistiría en cargos electos al azar de forma rotatoria y obligatoria, provisional y no retribuida. De paso, habríamos terminado con la obscena y altiva división entre electores y elegidos; división origen de la clase política, de la que ‑oh epidemia‑ todo el mundo se queja y nadie hace nada. Y es que no vivimos en el siglo quinto griego ni en la Francia de 1789. Hoy, lo demócrata es no ser demócrata.


Nota final. Esta democracia ‑arbitraria y por toca, de dietas pero no sueldos‑ rige en comunidades de vecinos y a la hora de dotar mesas electorales y jurados populares. Hablamos de algo inventado cuando conviene. La progresión hacia la democracia real, de lo que pasa en la calle, ¿pudo hacerla Podemos cuando era movimiento y no partido? Viendo a Stop Desahucios tomar el Congreso, algunos creímos que sí. Al final, queriendo huir del populismo y ser un partido políticamente correcto, Pablo Iglesias y su gente siguen siendo ‑para los medios‑ populistas. Roma no paga traidores y los medios son así de jodidos.


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