Moonlight, crítica de la ficción pura.

Sabido es que los géneros narrativos (cine o relato) buscan un público argumental; poesía o ensayo, la asociación de palabras; y el teatro es género mixto, entre la intriga y la palabra. Viene esto a propósito de Moonlight, oscarizada película. Tanto si el niño protagonista sale al final un adulto calco de su entorno, como si emerge del lodo o resulta extremamente original, uno tiene la impresión de estar a merced del argumento, cuando el tema (la vida conflictiva en barrio conflictivo) podría tratarse en no ficción, en un documental o, mejor aún, en consejo de ministros. Antes, de un argumento había que sacar una moraleja, una aplicación personal; ya, ni siquiera. No es Moonlight película de didáctica aplicable al espectador. Gran parte del cine denuncia que se hace ahora (particularmente el cine antibélico) refleja una sociedad que gusta de lamerse sus heridas. Arte y artistas denuncian una y otra vez (caso: abundante literatura del holocausto) y lo denunciado sigue y sigue (caso: el Estado de Israel, que ejerce hoy de nazi). Y eso provoca en el espectador ingenuo impotencia y perplejidad. Lo dijo el reportero de Elecciones generales Todo a cien en su teoría del sismógrafo: o retina de quien todo lo ve y no levanta al herido por no descomponer una exclusiva. Quien como Dios o premio Pulitzer.

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