Etiqueta: violencia sexista

la manada.

la manada
La clave está en el macho que se excita
viendo lo que ve,
queriendo hacer y haciendo
lo que otros machos hacen. Si no,
no eres hombre, chaval, con todos tus tatuajes,
con todas tus barbitas, con todo tu alcohol
y con toda tu vocación de buena gente,
de servicio, de guardia civil o de soldado encima.
No tiene más misterio la penetración en grupo
a una muchacha, así ella nos haya incitado
o luego se muestre deseosa o complaciente.
Como si nos paga o le pagamos:
que a ella la juzguen por eso.
Yo, con mi polla tiesa y esperando mi turno,
yo ya estoy juzgado.


[LA CORTE DEL REY BOBO]


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noticias de sucesos.

Nunca se habla lo bastante de la violencia que generan las relaciones afectivas y sexuales, con la familia al fondo. Formas de vida y roles establecidos hacen, de lo inmoral, moral. Búsquense en los bolsillos. Seguro que encuentran algo en sí mismos o entre su propia gente.


 

arrancarse un ojo.

Polémica: Víctimas de la violencia
¿“de género” o “doméstica”?

El considerando ‘unidad familiar’ (no el de ‘sexo’) se presta a que la política practique el clientelismo (entre otras cosas, a favor de la familia, que ya está bien). No es paradoja: cualquier norma preventiva de una lacra social (discriminación positiva) fomenta que la lacra continúe, lo que se presta a que gente necesitada se acoja al daño recibido y todo acabe en nueva discriminación (negativa, esta vez).

En tiempos del Lazarillo, ser ciego era una forma de asegurarse el lucrativo oficio de pedir. La picaresca nos cuenta cómo abundaban los falsos ciegos o cómo había quien se arrancaba un ojo de la cara con tal de limosnear a las puertas de Santa María, que era otra forma de inserción.

Ni de género ni doméstica: debería bastar con la justicia ordinaria. Pero eso, dígaselo usted a colectivos acostumbrados a pedir ¡legislación! y ¡subvención!

Artículo generado en respuesta a Público.es

 

amor romántico y violencia sexista.

“Los mitos románticos son el germen de la violencia de género”

Carmen Ruiz Repullo en LA MAREA, 27 Julio 2017
“Los mitos románticos son el germen de la violencia de género”

Millet decía: “Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”. Pues bien, siguen gobernando. Porque claro, ¿cuántas cosas han dejado, dejan o dejamos de hacer las mujeres por amor? Las renuncias profesionales, el robo del tiempo personal, el sacrificio oculto, el “total no me cuesta nada”. Todo se resume en lo que Amelia Valcárcel llama la ley del agrado, que yo redefino como el imperio del agrado, una socialización diseñada por el sistema machista sobre el papel que nos toca a las mujeres en la sociedad en general y en el amor en particular. Agradar en lo estético, en lo amoroso, en lo profesional, en lo personal, en lo familiar, en lo sexual… en definitiva, agradarles, aunque no sea de nuestro agrado. Aquí es donde radica el principal peligro del amor romántico, en este imperio del agrado impuesto por la masculinidad hegemónica que nos educa a las mujeres para situarnos en un segundo plano y que los hombres sigan gobernando en todos los sentidos.

Actualmente en las y los más jóvenes el amor romántico está campando a sus anchas, cada cierto tiempo se producen nuevas novelas, series, teleseries, canciones, programas televisivos, canales de Youtube, donde los mitos románticos se presentan como verdaderas pruebas de amor. Esta configuración amorosa es el germen de la violencia de género, es uno de los cimientos necesarios para más tarde edificarla. Esta violencia se establece primero con estrategias de control, especialmente del móvil, las amistades y los hobbies, pero lejos de analizarse como tales se escudan bajo el paraguas del amor sin levantar sospechas. Este es el verdadero peligro, la violencia de género en la adolescencia y la juventud se camufla en sus primeras manifestaciones, por eso no es fácil detectarla.

Artículo completo en La Marea.com


neologismo: economización

Economizar significa ahorrar[1]. No existe en español un verbo que signifique ‘convertir algo que no es economía en algo que lo sea’. De ahí, la invención de economización de la familia para significar que la familia, que circula como economía sumergida, debería aflorar más o menos en estos términos: familia: sociedad o empresa; cabeza de familia: parte patronal; ama de casa: parte sindical con derechos laborales; prole: bienes que habrá que presupuestar y costear dentro de una economía ‑esta sí‑ sostenible.

Se ha pedido tanto que la economía no mande en nuestras vidas y lo ha pedido gente con buenas intenciones, que la economía está desprestigiada. (También se dijo que el ama de casa debería cobrar un sueldo, aunque su trabajo no esté pagado con nada y, al comienzo de la crisis, hasta hubo quien propuso que en los hogares de dos trabajando uno de los dos renunciara a su trabajo para combatir el paro en otros hogares.) Percepción económica de la familia hay; lo que no está es tipificada como empresa pública o privada sujeta a derecho laboral o mercantil sino a juzgados de Familia que actúan ‑las más de las veces‑ en caso de desunión o disolución, cuando ya es tarde.

Nada de esto tiene que ver con el amor y, mucho, con la violencia sexista cuando (en el momento del abandono o de la ruptura), sobre la violencia base del violento emparejado o casado, actúan dos violencias sobrevenidas: unas son de macho contra macho y, otras, de pareja contra pareja. En macho contra macho actúa el horror del perdedor en la contienda, sea el macho el macho mismo y solo, sea el macho destronado con celos de un rival o sea el coro de los machos de pelea en la taberna o en el trabajo: hay quien la tiene más larga, hay quien folla mejor, hay quien se tira a tu mujer, argumentos donde manda el instituto, la tribu. En cambio, en pareja contra pareja actúa lo material, el reparto o la pérdida del patrimonio o del territorio ‑lo que ya es economía‑ que puede parodiarse así: con el rollo de los hijos, ésta se queda con la casa, con el coche y, encima, tengo que pasarle una pensión para que se la gaste en viajes con el otro mientras yo me quedo de canguro con los críos. La vez que el macho se enfrenta a sus dos rivales ‑él mismo y la expareja depredadora‑ el macho sufre un acceso de violencia que da para matar y matarse. Y es ahí, en el turbión de fuerza que se produce en su cabeza, donde habría que actuar y no conformarnos con declaraciones póstumas: ¡pues tenía que haberse matado antes!, ¡pues muy bien, por cabrón!, y otras simplezas que no devuelven la vida a la víctima y que no sirven más que como tonto desahogo.

Desde el Estado y la acción política, se podría actuar contra el machismo mediante la educación. Ocurre que las sociedades democráticas, de base individualista, no tienen por bien vistas restricciones, prohibiciones o intromisiones de lo público en el ámbito privado y quien es gilipollas, macho súper o cabeza hueca, va a seguir queriendo seguir siéndolo, lo mismo que las hembras que no se plantean salir del sistema de la moda o de las convenciones que tienen puestas como un zapato de tacón encima y querrán casar y parir, que su niño haga la primera comunión por emulación y que, su niña, las mismas uñas pintadas, pírsins y tatuajes que ellas, las partidarias del “si a ellas les gusta”.

El inútil combate en el terreno macho contra macho deja de ser inútil cuando se actúa sobre lo mensurable, tasable y traducible en bienes y dinero. Eso sería la economización de la familia. ¿Se puede? ¡Se puede! ¿Se quiere? ¡No se quiere! Por no molestar a la Iglesia que, de la improvisación y la chapuza, sacan materia para imponer su hegemonía, se llame amor, se llame la bendición que son los hijos, se llame uy qué mono o qué bonita, y ya veréis cómo, con la ayuda de Dios, salís adelante.

La conclusión es: ni cabeza de familia ni ama de casa son figuras violentas; violento es el sistema que los justifica, los consagra y los pone como modelo de convivencia y base del Estado.

[1] El sufijo -izar forma verbos que denotan una acción cuyo resultado implica el significado del sustantivo o del adjetivo básicos, bien por reducción del complemento directo a cierto estado como en los transitivos carbonizar, esclavizar o impermeabilizar, bien por la actitud del sujeto como en los intransitivos escrupulizar o simpatizar.

economización de la familia.

Las campañas del 25‑N son la garantía de que la violencia sexista no va a parar. Contra violencia, economización, propuso eLTeNDeDeRo, y a alguien le saltó la alarma, y es normal: se ha pedido tanto que la economía no mande en nuestras vidas y lo ha pedido gente con buenas intenciones, que la economía está desprestigiada. (También se dijo que el ama de casa debería cobrar un sueldo, aunque su trabajo no esté pagado con nada y, al comienzo de la crisis, hasta hubo quien propuso que en los hogares de dos trabajando uno de los dos renunciara a su trabajo para combatir el paro en otros hogares.) Percepción económica de la familia hay; lo que no está es tipificada como empresa pública o privada sujeta a derecho laboral o mercantil sino a juzgados de Familia que actúan ‑las más de las veces‑ en caso de desunión o disolución, cuando ya es tarde.

Economizar es ahorrar[1]. No existe en español un verbo que signifique ‘convertir algo que no es economía en algo que lo sea’. De ahí, la invención de economización para significar que la familia circula como economía sumergida y que debería aflorar en estos términos: familia: sociedad o empresa; cabeza de familia: parte patronal; ama de casa: parte sindical con derechos laborales; prole: bienes que habrá que presupuestar y costear dentro de una economía ‑esta sí‑ sostenible.

Nada de esto tiene que ver con el amor y, mucho, con la violencia sexista cuando ‑en el momento del abandono o de la ruptura‑, sobre la violencia base del violento emparejado o casado, actúan dos violencias sobrevenidas: unas son de macho contra macho y, otras, de pareja contra pareja. En macho contra macho actúa el horror del perdedor en la contienda, sea el macho el macho mismo y solo, sea el macho destronado con celos de un rival, o sea el coro de los machos de pelea en la taberna o en el trabajo: hay quien la tiene más larga, hay quien folla mejor, hay quien se tira a tu mujer, argumentos carne de berrea donde manda el instituto, la tribu. En cambio, en pareja contra pareja actúa lo material, el reparto o la pérdida del patrimonio o del territorio ‑lo que ya es economía‑ que puede parodiarse así: con el rollo de los hijos, ésta se queda con la casa, con el coche y, encima, tengo que pasarle una pensión para que se la gaste en viajes con el otro mientras yo me quedo de canguro con los críos. La vez que el macho se enfrenta a sus dos rivales ‑él mismo y la expareja depredadora‑ el macho sufre un acceso de violencia que da para matar y matarse. Y es ahí, en el turbión de fuerza que se produce en su cabeza, donde habría que actuar y no conformarnos con declaraciones póstumas: ¡pues tenía que haberse matado antes!, ¡pues muy bien, por cabrón!, y otras simplezas que no devuelven la vida a la víctima y que no sirven más que como tonto desahogo.

Desde el Estado y la acción política, se podría actuar contra el machismo mediante la educación. Ocurre que las sociedades democráticas, de base individualista, no tienen por bien vistas restricciones, prohibiciones o intromisiones de lo público en el ámbito privado y quien es gilipollas, macho súper o cabeza hueca, va a seguir queriendo seguir siéndolo, lo mismo que las hembras que no se plantean salir del sistema de la moda o de las convenciones que tienen puestas como un zapato de tacón encima y querrán casar y parir, que su niño haga la primera comunión por emulación y que, su niña, las mismas uñas pintadas, pírsins y tatuajes que ellas, las partidarias del “si a ellas les gusta”.

El inútil combate en el terreno macho contra macho deja de ser inútil cuando se actúa sobre lo mensurable, tasable y traducible en bienes y euros. Eso sería la economización de la familia. ¿Se puede? ¡Se puede! ¿Se quiere? ¡No se quiere! Por no molestar ni a la Iglesia ni al Estado que, de la improvisación y la chapuza, sacan materia para imponer su hegemonía, se llame amor, se llame la bendición que son los hijos, se llame uy qué mono o qué bonita, y ya veréis cómo, con la ayuda de Dios, del Estado del Bienestar y de la familia, salís adelante. Las campañas del 25‑N ‑todas llenas de sangre, de moretones, de cicatrices y puñales‑ son la garantía (como los accidentes de coches con mortandad en carretera garantizan que seguirán fabricándose automóviles) de que la violencia sexista, esa que empieza en consentir que macho tape a hembra (musulmana), no va a parar porque es el precio de la prevalencia ‑no del macho sobre la hembra ni del hombre sobre la mujer ni del machismo sobre el feminismo‑ de la violencia sobre la violencia, donde también juegan el fútbol, los sanfermines, los videojuegos, los concursos de belleza y cuentas de resultados, de Airbus o Abengoa, de juego de tronos, de másters chefs y de un infinito y cansino etcétera de una sociedad que ‑falta de una ética humanista ‑no se concibe a sí misma sin el aporte o el soporte vital de la violencia.

[1] El sufijo -izar forma verbos que denotan una acción cuyo resultado implica el significado del sustantivo o del adjetivo básicos, bien por reducción del complemento directo a cierto estado como en los transitivos carbonizar, esclavizar o impermeabilizar, bien por la actitud del sujeto como en los intransitivos escrupulizar o simpatizar. (DAE)