Lecturas del mayo francés

En el 68 en París, un sapiens soñador -y quizá pensando en sus vacaciones- se subió a una escalera y escribió en una pared de la Sorbona: «debajo de los adoquines está la playa». Tomándolo como verdad revelada, miles de estudiantes amantes de la poesía se pusieron a escarbar y a amontonar piedras en las calles en busca de la salada promesa. Consiguieron acumular una buena cantidad de adoquines y aprovecharon para darle forma de trinchera revoltosa. Como era evidente que la trinchera estorbaba y sobre todo como no convenía que cundiera el ejemplo, las fuerzas del orden no tardaron en desmontar aquellos sorprendentes montes urbanos. Dos meses más tarde blanquearon la pared y el mensaje casi desapareció. (Pepe Salazar, Adoquines en la playa)


A partir de aquella primavera, París se puso de moda entre aquellos que podían permitirse viajar y salir de este país gris y oscuro que se llamaba España, una, grande y libre. Se hincharon de panfletos y se los trajeron para empapelar las pequeñas sedes de sus partidos, apenas ya clandestinas. Aquello de los adoquines y del levantamiento de los estudiantes se vendía bien y poco a poco esas sedes se hicieron más grandes y acudían todos aquellos visionarios que intuían una nueva forma de vivir y que iba a consistir en representar a los potenciales lanzadores de adoquines al momento en que ellos llegaran. Y llegaron al poder y asfaltaron las calles para que no se arrancaran los adoquines de Gerena y no se rompieran los escaparates y las paredes donde ellos aparecían fotografiados con miradas místicas pidiendo lo único que iban a mendigar a lo largo de su existencia política. En poco tiempo se encargaron de que se olvidara aquello de la adoquinada, los encierros en las fábricas y en las iglesias, las concentraciones ante los grises uniformados. El cielo había sido asaltado y ocupado, la democracia de los partidos había triunfado y el que no era feliz es porque era un tieso o un malaje. (Ángel Monge)


Para mi generación, aquel mayo francés del 68, quedó en vivencia y lectura: vivencia que coincidió con lo que fue la España del Proceso de Burgos (1969) y lectura que hoy hacemos para cambiar lo que haya que cambiar para que nada cambie y nos salvemos igual.

En el caso improbable de que alguien busque la lucidez que no tuvimos, la casa recomienda aprender de la Historia para no repetirla (Guerra de Otan contra Rusia, no confundirla con Guerra de Rusia contra Ucrania) y desconfiar del revisionismo manejado tipo Cuéntame cómo pasó (en tv o en canción Ismael Serrano). Para otras lecturas muy recomendadas, Canijo, de Fernando Mansilla, y Esta vez venimos a golpear. Vanguardismos, psicodelias y subversiones (1965-68), de Fran G. Matute.

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