educación, sanidad, política: lo bueno y lo mejor.

Es de Voltaire que “lo mejor es enemigo de lo bueno” (le mieux est l’ennemi du bien). Según José Antonio Constenla, ese pensamiento, que entre nosotros circula como un refrán, es base de una trampa lógica (la falacia del Nirvana), que consiste en rechazar una acción o una idea comparándola con lo mejor tan mejor que resulta inabarcable o imposible.

Propongo dos lecturas, las dos muy simples. A nivel práctico personal, lo bueno puede consolarnos como lo menos malo y sernos, por fuerza, suficiente. Pero a nivel filosófico humanístico quien una vez concibió o conoció lo mejor no puede ni debe conformarse con lo bueno.

Empecé a descreer de lo bueno estando yo en la enseñanza. Toda mi vida trabajando en la pública y por la pública y me di de pronto con dos iglesias. Una fue la excelencia docente, donde lo mejor de unos pocos y para unos pocos sería enemigo de lo bueno para todos. Otra iglesia fue la propia consigna ¡por la pública!, donde lo bueno sería a la larga enemigo de lo mejor, que es la enseñanza única (en algunos países presumen de tenerla), y se acabó la historia.

Ahora que, con la Covid, se ha vindicado tanto el sistema público de salud, resulta hipócrita no hablar de cómo por sí mismo lo público, frente a lo privado o concertado, es mera cuestión de cobertura (que está bien que sea pública, claro que sí), lo que no garantiza mejor asistencia al paciente, simplemente la hace gratuita. El artículo de Juan Manuel Olarieta reeditado por [eLTeNDeDeRo] pone de relieve las trampas, o los límites, de la sanidad (medicina, veterinaria, farmacia, laboratorios, investigación, patentes y prestaciones) como gran negocio sometido a leyes de mercado, no de la salud. Lo mejor para una minoría saludable es enemigo de lo bueno para una mayoría que padece y sufre.

Ayer dieron la noticia de que IU Podemos insta al Gobierno para que el CIS vuelva a preguntar sobre la monarquía. Eso, que sin duda sería mejor que nada, es enemigo de esto otro, que sería lo óptimo: aprovechar el descrédito de una institución en fuga para amortizar, más que la monarquía, la Jefatura del Estado, magistratura que nos coló de polizón la Constitución del 78 aprobada en referéndum en lo que habría sido una forma de refrendar, sin refrendar, dos marcas aparentemente naturales e indelebles a la naciente y por entonces ansiada democracia: monarquía y Reino de España (lo bueno: 2; lo mejor: cero). Preguntar por la monarquía, en encuesta CIS o en referéndum, sigue siendo una forma de negar una democracia parlamentaria y no presidencialista.

A día de hoy -en política, en sanidad, en educación- lo bueno de la actual izquierda sigue siendo enemigo de lo mejor de la izquierda que tuvimos. O no. A lo peor, aquella izquierda ya pensó en esta que hoy tenemos y soy yo el confundido.

foto portada SILLÓN VOLTAIRE en Voz y Mirada blogger

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