lógica de la prohibición.

La marihuana es popular en Marruecos, a 15 kilómetros de nosotros, tan normal y tan social como aquí el consumo de alcohol. Y la cocaína, sustancia menos popular, circula en España y se convida entre gente culta y de clases altas. El paso del porrito y de la coca hasta la heroína lo cuenta Fernando Mansilla en su novela Canijo (para Sevilla) y no lo cuenta, en cambio, Nacho Carretero en su documentada Fariña (para Galicia), crónica que ha inspirado la serie de Atresmedia que lleva su nombre. Sea como sea, en las Rías Bajas o en Algeciras, es el mismo viaje: hombres y mujeres que empiezan por una calada de hachís y que un día, en busca de nuevos paraísos artificiales, se pasan a esnifar una rayita de coca y al tercero y peligroso se pinchan la incómoda invitada, la heroína. Pero la cuestión es el enorme costo en euros y en recursos humanos que el Estado paga por no legalizar productos que podrían despacharse en estancos o puntos sanitarios o especializados. La prensa y las asociaciones de víctimas de la droga rinden honores a las acciones legales contra el narco y venga pedir más y más policía. Todo, por seguirle el juego al amiguito yanki, cuya Ley Seca se ha importado a la península como si fuera parte del acuerdo de amistad y cooperación con los Estados Unidos. La cadena prohibición / reacción fomenta el narcotráfico, ¡tanto que se quiere acabar con las mafias! Legalización de las drogas ¡ya!


 

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