¿quién manda en la lengua?

A propósito de unas Aportaciones al español de la -e, opina un colega: En español el plural masculino engloba ambos géneros, basta ya de idioteces. Leído lo cual, ocurre que, ante el “masculino incluye femenino”, hubo y hay quien no se sintió con la cobertura suficiente, realidad emergente y plural de personas y grupos[1] con una vieja cuestión, social y lingüísticamente no resuelta: ¿quién manda aquí? ¿Quién soy yo, el masculino varón, para decirle a usted, ni masculino ni varón, que mi español de la ‑o a usted lo incluye y representa? En esto, cabe una comparación con las posturas políticas: en política, hay quien se ampara en que “las leyes están para cumplirlas” (el derecho a decidir o la circulación de las bicicletas) y hay quien sostiene lo contrario: “las leyes están para servir a la comunidad”, lo que abre las puertas para cambiarlas. En lengua, igual. ¿La lengua está para obedecerla o la lengua (el habla en realidad) está para entendernos y reflejarnos?, y ahí quien manda es la calle. Ambos extremos luchan y y seguirán luchando. El español de la ‑e puede ser una idea para quien se quedó en alumno y alumna, cuando tiene estudiante, o en escribir alumn@s y alumnXs, con lo fácil que sería el neologismo alumnes (concreto y contable; no alumnado, que sería abstracto). Que una empresa nos haya colado el barbarismo podcast, (del Ipod de Apple) y que una tendencia haya instaurado el crowdfunding, por decir dos palabros a los pies del inglés y de los mercados, que a horrores así se les abra la muralla y se les cierre a personas y colectivos que van a nuestro lado, es para pensar qué y quién manda en nuestra vida y en la lengua que hablamos. Eso sí: podcast, crowdfunding y tanto etcétera demuestran que el idioma, cambiar, se puede cambiar. Basta ya de idiomateces.

[1] Lo que empezó en desdoble por visibilizar el segundo género, identificable con la terminación ‑a, pasó al homosexual tercer género y al colectivo elegetebé (LGTB) de lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros. Y ya no había morfemas de género para tantos sexos o sexualidades. No solo la Academia quedó desbordada (su defensa del viejo lema fue una forma de atrincherarse), sino también el animoso grupo que impulsó la primera reforma, el español de la a/o, torpe tantas veces con el todos y todas.

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