el tercer género.

El tercer género
EL TERCER GÉNERO

Para hablar de algo, hay que tener un lenguaje sin asociaciones excesivas, un lenguaje que no esconda ni juzgue la realidad. El tercer género es una propuesta de igualdad y coeducación. El nombre se elige por amor al cine pero podría ser el cuarto o el quinto, de tantas sexualidades como personas o gustos. Se prefiere género, a sexo, por lo aceptado del uso, hasta en sus más dudosas combinaciones, como en violencia de género.

Un día fue El español de la e, otro día es, o son, Hombres héteros que tienen sexo con otros hombres. La vida, rica y plural, no ha de parar, y la gramática se queda corta: masculino, femenina y neutro (o neutre), y pare usted de contar. Si vamos a la sexualidad, hemos quedado en que, con no abusar de nadie, el lema de la vida y de la vida sexual sea el de Pantagruel: ¡Haz lo que quieras!, o en versión Woody Allen: si la cosa funciona. Lo cual no moraliza todas las prácticas del sexo, y esto va por la paidofilia y la prostitución. La paidofilia, inclinación, acaba en pederastia, abuso, sin que la conciencia del menor o adolescente se iguale nunca con el adulto. Y en la prostitución no forzosa, consentida, por lo mismo que no se puede impedir, y se permite en nombre del dejar hacer, por eso mismo, el Estado no tiene que intervenir. Así lo manda la ética del trabajo digno que está por encima de opiniones que reivindican el trabajo sexual y aspiran a sindicato y prestaciones sociales. Mire usted, no. Para empezar, porque no existen los trabajadores y trabajadoras del sexo. En rigor, el sexo es ocio, lo hacemos en nuestro tiempo libre y tiene que ser así para las dos partes, si no, entramos en tratos desiguales. Lo que no quita que, si nos folla un pez, al menos que nos pague, pero esa indemnización no nos salva, ni a ustedes ni al pez.

Fijado el concepto sexo digno, las nuevas prácticas sexuales que la prensa airea no traen nada nuevo bajo el sol. Bacanales, orgías, camas redondas; performances de plurisexo, multisexo, multigamias o pseudogamias. Hasta que el cuerpo encuentra su asiento, damos palos a ciegas. Como diría Manrique: allá van las fantasías, derechas a se acabar e consumir. Enemiga de la sexualidad no es la repetición, sino el aburrimiento. Y cualquier práctica, cualquier ensayo, cualquier neologismo ha de parecernos bien, porque a alguien le parezca bien. Distinta es la plasmación social o la trascendencia pública que adquieren relaciones privadas. Y la primera y gran publicidad que damos a nuestra sexualidad va a través de nuestra vida familiar, que establece el canon, digamos, de la normalidad: bodas y compromisos donde la religión está como entre flor y flor sierpe escondida y donde aparecerá aquel varón machín que se pedía amar dos mujeres a la vez y no estar loco, marido bien casado y con amante. Esa es la pena. Que la innovación sexual no rompa tanta vida social casposa, imitativa y ridícula. Basta ver las tonterías que hace gente normal el día que se casa, el día del bautismo, el día de la misa funeral por el alma del descreído. Mientras ese protocolo no se cambie, lo que podría hacerse a través de las redes sociales y entre generaciones próximas, no habremos cambiado nada. Por supuesto, bien está el porno punto com y páginas para el club de las delicias. Y bien está cuestionar o responder si tienes picha o coño o si te va la marcha por delante o por detrás o por qué agujerito. Pero el gran reto se encuentra no en los bajos del iceberg que no se ven, sino en la punta que asomamos en público. Y a ver cuándo asociaciones de colegios progresistas se pasan por su grupo whatsapp tal mensaje: Recordaros que hemos quedado que este año nadie hace la primera comunión; la fiesta alternativa será tal día en tal sitio. Que la vida social llena mucho, es contagiosa y muy gregaria, y hay un miedo al vacío y a romper costumbrismos. Mientras las grandes fechas familiares sigan dando espectáculo religioso, la vida secreta de las personas, la sexualidad más extrañísima, será como la amante que tenían los maridos tradicionales. El reto no está en el amor prohibido, complemento de mis ansias al que no renunciaré. El reto está en el amor sagrado, compañero de mi vida, esposo y madre a la vez. O sea, en mi señoro o en mi marida.

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