Roma y Florencia

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ROMA Y FLORENCIA

Roma y Florencia guardan cierto pique una con otra. A Roma le falta saldar sus cuentas con el Barroco; a Florencia, con los mercaderes de oro y diamantes del Puente Viejo. A Roma le sobran los atropellos de la Contrarreforma; a Florencia le falta el Trastévere. Del barroco romano, se salvan las estatuas de plazas y fontanas, la distorsión y el escorzo dan vida y movimiento a las figuras, pero son abusivas las fachadas jesuíticas. Roma recuerda al viajero lo que el viajero abominó de la arquitectura jesuita en otras regiones. Como en la hermosa Cáceres, donde la iglesia de San Francisco Javier, que está bien para las misiones, nunca debió plantarse donde no había misión. En Lisboa la bella, iguales mamotretos de la Orden estropean lo que vemos. Todo son dudas para el residente y el turista. ¿En qué momento se detienen las ciudades? ¿Quién o qué fija el punto de decirle a la ciudad: no la toques más, que así es Lisboa? Que a veces el atropello obra el milagro, lo sabemos por la Giralda de Sevilla pero lo ponemos en duda por la mezquita de Córdoba. En los dos casos vinieron los cristianos sobre los árabes, hicieron de las suyas. Si consentimos la superposición por parte de los vencedores, Mezquita y Roma tenemos que aceptarlas, pero también Sevilla con Las Setas o la Torre Pelli, en tanto monumentos del capitalismo, que es lo que hoy se lleva y, en ese sentido, es arte vencedor. Probablemente la respuesta esté en la comodidad de la gente y en la vida que la gente imprime. En Roma todas las guías coinciden en que los romanos pasan olímpicamente de sus arqueologías y glorias monumentales. En el Foro, en el Capitolio, no había más que turistas. La vida estaba en otra parte. Florencia, otra vida que tiene, está en Fiésole, cruce de Aljarafe con las ermitas de Córdoba. Allí, en Fiésole, el privilegiado retiro (sacrificio, le llamaban) de los señoritos franciscanos antes de que la Orden los mandara a trabajar, nenes, al centro de las ciudades. Era el románico frente al gótico. Desde Fiésole, da gusto pensar los tópicos y la vida retirada, la primera, la de Boccaccio por huir de la peste, que le inspiró el Decamerón. Boccaccio, Dante, Petrarca. Decir Florencia es decir origen, es como repasar la primera lección del libro de texto. Por donde empieza todo. La lengua. Igual que Florencia está unida a sus humanistas, ya quisiera Roma librarse de sus teólogos y adivinos. El prefijo a‑ es privativo, como anormal de normal. De Roma, nos quedamos con la estatua de Giordano Bruno.

Viaje a Italia (1), (2: Roma)

Fíesole, en nuestras fotos


 

 

 

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