Tres Bécquer y una estampa

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Tres Bécquer y una estampa

Una estampa de Bécquer me visita cuando quiero pasar desapercibido en sitios que no son míos, este espacio Santa Clara, para el caso, o las hogueras gitanitas de las Tres Mil. Se extrañaba a sí mismo Bécquer en La venta de los gatos (1862) y nos deja constancia con estas palabras: «Yo estaba allí como fuera de mi centro natural: comenzando por mi traje y acabando por la asombrada expresión de mi rostro, todo en mi persona disonaba en aquel cuadro. Pareciome que las gentes volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno.» Esta extrañeza, por cierto, tuvo que ser la misma que la del folclorista Demófilo metiéndose en ambientes que no eran suyos, tabernas y cafés cantantes, para anotar en su libreta su Colección de cantes flamencos (1881).

Sin contar el Bécquer extravagante y sin contar el Bécquer de mi querida Vanessa del Rocío, que suspendí una vez por escribir en un examen Beker, con ka y sin tilde, y me miraba la pobre sorprendida, hay en mi vida tres Bécquer: el de mi infancia (entre las calles de San Lorenzo donde he vuelto a vivir ahora), el del instituto y el de la poesía.

Cuando, procedente de la Escuela Francesa, yo llegué al bachiller al instituto San Isidoro, un azulejo de ilustres alumnos o profesores ponía su nombre, Bécquer, allí estaba. Mi nombre no creo que lo pongan nunca. Gustavo Adolfo Domínguez Bastida estudió a distancia y por apuntes de su amigo Narciso Campillo. Y yo estudié, si es que estudiábamos, en la agitada y vivaracha promoción del bachillerato del 68‑69, entre el Mayo Francés y el Proceso de Burgos, malos tiempos para la lírica y para nuestra profesora de literatura empeñada en hacer de nosotros ‑el instituto era masculino; las niñas, al Velázquez‑ caballeros sensibles y románticos.

Cuarenta años después volví al San Isidoro y comprendí dos cosas: lo que mi joven profesora debió de sufrir por explicarnos Bécquer y que tampoco esa vez, como profesor, subirían mi nombre al azulejo. Consejo a mis colegas. Si queréis que algo que os gusta entre en el aula y en las cabezas, da igual Bécquer que el Quijote, hacedlo sin que se noten ni la obligación de hacerlo ni vuestro entusiasmo en ello. Impartir Bécquer en Sevilla es fácil. Haced que lean las leyendas Maese Pérez y La venta de los gatos, la tercera sería La promesa, y llevad la clase de excursión por los lugares que se mencionan. Cumplida la prosa, llevaos el grupo a la glorieta de Bécquer en el parque de María Luisa y que allí se lean, en alto y en bajo, algunas rimas de Bécquer y su contrario, Pedro Salinas, por ejemplo. La profesora habrá triunfado.

Mi tercer Bécquer es literario. Tradición y originalidad. Bécquer era uno de los gigantes de mi tradición que yo tendría que matar el día que me diera por publicar poesía, libro que por algo salió De quien mata a un gigante (1987). Gracias a mi larga preparación para el duelo, el mundo se libró de mí como poeta precoz o joven poeta. Práctica, la de leer antes de escribir, que recomienda Borges a sus aprendices. La educación consiste en lo contrario del antes de entrar, dejar salir. En literatura, antes de salir (poemas, poemillas o poemomas) dejar entrar lecciones, lecturas, teorías; Bécquer, si hiciera falta.


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