cameos.

CAMEOS

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En el teatro anglosajón, cameos eran escenas con invitados actores de prestigio, que daban brillo a la función y que empezaron a llamarse camafeos, miniaturas engastadas en una joya. Y nosotros, con nuestra mente calenturienta, que creíamos que cameo viene de cama, por lo que ayuda el sexo a actrices principiantes que están buenísimas con productores y directores que podrían darles una oportunidad. Pues no. Un cameo es la aparición fugaz que una estrella consagrada hace en un producto que ayuda a promocionar, o sea: pura mercadotecnia. La Wikipedia considera cameos a las incrustaciones de Alfred Hitchcock en sus propias películas, pero habría que distinguir. Lo de Hitchcock es un flash de figurante que pasa desapercibido para el espectador que no lo conozca. Y mientras Hitchcock, como actor, ni está, ni se le espera, en los títulos de crédito, el cameo se basa en lo contrario, crea una falsa expectación. Mucho nombre de famoso en letra grande en el cartel, que luego, cuando vemos la peli, se queda en nada. Incrustaciones de todo tipo ha habido a punta pala, como dirían mis titos los granjeros, en la historia del arte. Era yo chico y ya me contaron la leyenda de que la primera cara que tuvo la virgen del Dulce Nombre se parecía tanto a una mujer muy guapa que ejercía la prostitución en la Alameda, que el imaginero, Antonio Lastrucci, no tuvo más remedio que imaginarla, vale decir, con otra cara. Pero, don Antonio, ¡usted ha ido de putas! ¡Toma, y usted y toda la Hermandad, que han tardado poco en reconocerla! ¿Cameo?, el que hizo Diego Velázquez en Las meninas (1656). Eso de que el pintor de cámara se colara en el cuadro, como un Pequeño Nicolás, junto a la familia real, tuvo que ser de jugarse el cuello. ¿Qué hace ahí ese idiota?, ¿cómo se atreve?, ¿quién se cree que es? En literatura, la conquista del yo debió de ser a base de cameos. Al lado de la Biblia y la palabra de Dios, quién soy yo para añadir nada, pensarían los primeros aspirantes a escritores. Nadie. Con esa mala conciencia, el anónimo autor del Lazarillo de Tormes abre su novelita defendiéndose por si lo acusaban de vanidad. Y pone el caso de un soldado, de un predicador y de un noble, confesando él no ser más santo que sus vecinos. El autor del Lazarillo sabía que tenía material de primera entre las manos. Lo de menos era el pícaro; lo de más, quienes se juntaban con él: Vuesa Merced y la panda de colocados o funcionarios de la época: el cura, el hidalgo, el buldero. El miedo a represalias induciría al autor a no firmar, pero el libro bien que nos lo coló, como un raro camafeo, en la historia de la literatura. Otra especie de cameo, con publicidad gratuita y nada subliminal, es la del autor o autora privilegiados con ver un artículo suyo en la prueba de comentario de texto de Selectividad, artículo de opinión que bien podía ir sin título y sin firma (un texto mudo), sin que por eso la prueba se perjudicase lo más mínimo, antes al contrario: los títulos, muchas veces van, por ironía o distanciamiento, contra el verdadero contenido del texto, y la firma más puede distraer que otra cosa por los vericuetos de la personalidad. En el viejo Cou, la prueba de texto era oral, una conferencia. Alguien de la universidad exponía un tema de actualidad y el alumnado respondía en tres tiempos: en borrador, tanto mejor cuanto más exhaustivo el guion y con menos palabras, y en limpio, la transcripción, cuanto más fiel al original, para acabar cada quien emitiendo su opinión personal. Iban tres ejercicios en uno: taquigrafía, redacción y crítica. De la conferencia se pasó a un texto escrito, o literario (de un clásico del siglo 20) o periodístico, que es a lo que vamos. Ya me dirán si no es tráfico de influencias que en Selectividad se incrusten, con el pretexto de su columna en El País o en ABC, autores vivos y con libros a la venta en librerías, que comparten opción, A o B, con Unamuno, Machado o Valle‑Inclán. Oigamos a Elvira Lindo, uno de los nombres afortunados. «Esta semana España vibra con la selectividad. [Acotación: España vibra, ¡qué emoción!] A día de hoy sigo disfrutando del simple hecho de no tener que examinarme, ni de pasar los nervios de copiar y no ser visto. [visto, y no vista. Doña Elvira no quiere ser confundida con la chusma que practica el lenguaje de la visibilidad y de la coeducación.] En los pasados días de feria del libro me gritaban los chavales, ¡ojalá me caigas!, porque el caso es que ya voy camino de convertirme en un clásico [no una clásica]. Ahora soy yo, la que con frecuencia, [las comas son suyas] aparece en el temario, ¿no es irónico? [¿Por qué? ¿Porque ella es anti sistema?] En el día de hoy, he recibido el siguiente mensaje: “Como sabrá muchos de sus artículos son objeto de examen y me gustaría saber qué aspectos podría resaltar de su estilo, y qué consejos para un buen comentario de sus artículos”. Cruzando los dedos estoy para que al muchacho le caiga yo y pueda hacer uso de la respuesta que le he mandado. Claro que a lo mejor le suspenden. Nos suspenden.» Menudo baño de multitudes se ha dado la señora: Yo, en la Feria del Libro; Yo, en Selectividad; Yo, un clásico. Antier criticábamos lo hecha polvo que está una universidad que acude a la catáfora para demostrar lo que sabe la clase universitaria y lo que tiene que saber quien aspire a formar parte de ella. Hoy eLTeNDeDeRo regala directamente bolsas de basura, por si les dan ganas de vomitar de lo lindo.

Bolsa de basura

Daniel Lebrato, Taller de 1ºZ, 15 del 6 de 2015

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