¿Para qué sirve la paz?

Uno de los nuestros, el dramaturgo Francisco Nieva, escri­bió en una muy libre versión de La Paz de Aristófanes que en paz se firman paces que son peores que la guerra. Otro de los nuestros, Vladimir Ilich, se atrevió a preguntar: ¿Libertad, para qué? y todavía sigue demonizado por los guardianes de Occi­dente, esos que otorgan el carné oficial a liberales y demócratas. Y quizá quien pregunte ahora la paz ¿para qué? esté corriendo un riesgo parecido: el riesgo de ser acusado de partidario de la violencia o de la guerra.

Pero alguien tendrá que recordar que la Paz, como la felici­dad o la salud, es un ideal relativo y no absoluto Si se puede, haremos bien en aspirar a la paz, claro, pero que se lo pregunten a aquel Jesús de Nazaret, que hoy nos quieren vender como me­dio jipi y pacifista. Aquel cabreo monumental contra los merca­deres en el templo. La prensa oficial, los evangelistas hablaron de justa cólera. Pero si hay una justa cólera es que hay una paz in­justa. ¿La paz? Hasta que nos tocan las narices.

Las cuentas de la paz vienen a ser las del crono de un árbitro. Quien va ganando el partido quiere que el árbitro pite y ase­gure su victoria; quien va perdiendo todavía espera marcar en el descuento, igualar o ganar el partido. Así es la paz. La paz le vie­ne fantástica a las personas y colectivos y naciones que van ga­nando el partido. La paz asegura el orden y la sumisión de los perdedores: su mano de obra barata y la materia prima de sus países empobrecidos. Con ayuda de leyes y gendarmes, la paz y el orden consagran el beneficio, la plusvalía capitalista. Pero otra cosa dirán de la paz el subsahariano o el palestino.

La paz es sana y limpia y, aun con todos sus inconvenientes, siempre será preferible a la guerra, pero sólo es eso: preferible­mente mejor. Por sí misma, la paz no dice nada. De hecho, vivimos globalmente en paz y sin embargo el mundo está que da pena. Y algo tendrán que hacer los perdedores: no vale que usted o yo que vivimos a este lado del bienestar digamos al otro: –Tú quietecito y a esperar de mí el subsidio o la limosna. Es verdad que si el de abajo acude a la violencia, a la guerra o a la guerrilla, también lleva las de perder, pero la cuestión es ¿quién quiere us­ted que gane? En definitiva, no se puede ser pacifista sin ser par­tidario de la Revolución. Si no, no nos engañemos, lo que hace el pacifismo descafeinado es imponer que todo siga igual, la sumi­sión. No hay pacifismo que valga si no cuestiona el actual repar­to de la miseria, los títulos de propiedad, las cárceles y los pala­cios. Paz, si, pero ¿cuándo se ha visto que los que tienen bienes se desprendieran pacíficamente de sus bienes? Y no vengan con monsergas caritativas: usted no se ha comprado el coche último modelo para compartirlo con quien no tiene ese coche último modelo. Y en cuanto a los creyentes, la Iglesia como institución calla y consiente tanta situación violenta, para empezar es dog­mática, que ¿cómo se atreve a gananciarse la paz? ¿De qué paz hablan los monseñores que bendicen desfiles y armamentos?

Más educativo y sutil nos parece buscarle los perfiles éticos y políticos a la paz, que los tiene. Mientras sí mientras no, nos quedaremos en casa. Pondremos el disco de Paco Ibáñez que nos cante en español otra vez lo de Brassens: la música celestial nunca nos supo levantar.

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