Cuestiones personales

CUESTIONES PERSONALES

Los recientes acontecimientos protagonizados a su pesar por un profesor de información y comunicación de un instituto de Sevilla, que empezaron con un texto censurado y una polémica (si en un fotomontaje con motivo de la Bienal de Arte hubo o no ofensa contra la Casa Real), han levantado otra polémica: si en el profesor hubo cuestiones personales, concepto manejado una y otra vez por el director y por el entorno del director. Ésa es la polémica y éste es el texto.

A la gente nos gusta y no nos gusta hablar de cuestiones personales, en parte porque por cuestiones personales entendemos dos cosas parecidas y distintas: llamamos cuestiones personales a lo específico que atañe o corresponde a una sola persona y llamamos cuestiones personales a las diferencias entre dos o más personas o cargos públicos. La frontera es tan sutil que ni siquiera está claro qué dice el político o el cargo público de turno cuando declara que deja el cargo por motivos personales. ¿Personales de él o personales entre él y su equipo, colaboradores o superiores? Tan personal es un secreto, el que encierra y explica la psicología de fulanito, como personal es un motivo oscuro de rivalidad entre individuos, eso que, cuando estalla, estalla en forma de reyerta. Entre romanos y cartagineses del romance de Lorca había cuestiones personales, entre Montescos y Capuletos. En cualquier caso, donde hay cuestiones personales la mayoría de los hablantes suponemos o superponemos privadas. Acostumbrados a una idea de lo personal, las personas, como las casas, tienen su privacidad y no solemos entrar en ellas sin pedir permiso o haber sido previamente invitados. Un respeto, pues, cuando nos hablan de cuestiones personales.

Sin embargo, y por lo mismo, lo personal nos provoca curiosidad, misterio. Como aquella película ¿Qué pasó entre mi padre y tu madre? o como los hijos de Meryl Streep en Los puentes de Madison. Abundan los géneros policiales o psicológicos donde la curiosidad ocupa el centro: Marnie la ladrona o la princesa triste, ¿qué tendría la princesa de Darío?, aquella Regenta de Clarín abismada en el repaso de su vida por confesión general. Entre el pudor y el misterio, las cuestiones personales nos invitan a un limbo de interrogantes, a un umbral de causas y efectos, curiosidad que podríamos llamar síndrome Gran Hermano, Show de Truman, apropiación de una intimidad que no es nuestra pero podría serlo, argumentos que justifican y alimentan el morbo.

Para que haya cuestiones en verdad personales, tiene que haber simetría, equilibrio de fuerzas y poderes. Salvo excepciones aberrantes y peliculeras, usted no diría que entre el cirujano y el operado, entre el guardia y el multado hay cuestiones personales. No había cuestiones entre usted y sus maestros ni entre padres e hijos ni entre empresarios y obreros. Habrá cuestiones educativas o de generación, habrá problemas laborales. Más aún: la moral pública ha ido creciendo y madurando precisamente en contra de lo personal. Si usted tiene algo personal con las personas de una causa judicial, usted no puede ser miembro del jurado, ni vale lo mismo ante un juez la declaración de un familiar que de alguien ajeno a la familia. Para evitar cuestiones, los árbitros, se buscan neutrales, que no compartan la ciudad o los colores de ninguno de los equipos contendientes. Y, al revés, yo como votante no puedo tener cuestiones personales con Aznar ni Zapatero. Tendré posturas, definiciones políticas, y políticos serán en todo caso mis desacuerdos con ellos como presidentes del Gobierno. Lo que sería el colmo es que Aznar o Zapatero tuvieran cuestiones personales contra mí, el ciudadano. Está mal abuchear al árbitro pero peor sería que el árbitro me abucheara a mí. Eso tiene lo público, lo que podríamos y deberíamos llamar, más que público, político. Hablemos de problemas políticos sin perder la objetividad ni la compostura. Y estemos seguros de que la mezcla de lo público con lo privado es una mezcla envenenada que no ha traído a la humanidad más que conflictos, guerras o campos de concentración: ¿habrá alguna cuestión personal más personal que las creencias de cada uno? Nunca viene con buenas intenciones quien en el terreno de la polis, de la res pública, mezcla cuestiones individuales. Pues mientras la masa discuta sobre personas, lo que interesaba a todos como ciudadanos pasará desapercibido, seguirá sin revisarse ni discutirse. Y que el individuo pierde, eso es seguro.

Parálisis o malformación del juicio semejante, pero a la inversa, sucede en un espectador ingenuo cuando un personaje indudablemente público se le muestra en su aspecto más personal. Véanse algunas reacciones a la película El hundimiento. Un ojo crítico deslinda territorios y no se confunde: a cada esfera lo suyo, el rostro humano del dictador, del sanguinario Hitler, ni nos emociona ni lo contrario, porque el dictador no está en la Historia con mayúsculas por una cuestión personal. Por tanto, digan de él lo que digan esas imágenes privadas, sigue en pie el gran juicio de la Historia por el cual, no lo olvidemos, ese personaje ocupa el lugar que ocupa y ha merecido esa película, esa historia con minúsculas.

En el caso en que nos movemos, ha faltado simetría entre profesor y director. De hecho, cada vez son más los poderes que tiene un director y menos lo que representa un profesor, apenas un voto en un claustro por encima del cual se imponen ya hace tiempo los consejos escolares. Mientras uno quitó, censuró o prohibió (dígase como se quiera), el otro ni quitó ni censuró ni prohibió nada. Mientras el director tenía de su parte instituciones y expedientes, el profesor, como mucho, simpatías y abogados y últimamente médicos. Y mientras contra el profesor se han utilizado modos estrictamente privados (la psicología del personaje, que “no se puede hablar” con él porque “ya se sabe cómo es”), nadie ha juzgado si se puede hablar con el director o cómo es el director. Pero, aun con todo y con eso, la simetría seguiría siendo falsa. Principalmente porque entre los alumnos la persona-profesor se ha mezclado y confundido con el profesor a secas, y se han involucrado programaciones didácticas, métodos de clases, de exámenes y calificaciones, batiburrillo que, en principio, no tenía nada que ver con presuntas faltas al Rey. Ya puestos, no un profesor solo, sino los cuarenta y pico profesores de ese instituto sevillano tendrían que haber pasado por una auditoría de baremaciones didácticas parecidas. Y aun después de hecha, supongamos, esa auditoría a todos y cada uno de los miembros del claustro, al director todavía le quedaría pasar un control de calidad más alta. Para algo el que era solamente profesor de dibujo se presentó en su día a director, se postuló a sí mismo para papeles de dirección y mando. Al director, como al político o como al actor, lo sostenemos con nuestro voto, le estamos pagando por su actuación y está sujeto doblemente al abucheo o al aplauso.

Un profesor es bueno porque transmita y haga avanzar a su alumnado por los caminos de la cultura y las salidas profesionales y porque su estadística de resultados (sus números en selectividad, por ejemplo) le sean favorables. Y no por ser más o menos simpático ni popular entre el alumnado ese profesor es mejor, no porque se pueda hablar con él. Todos recordamos célebres y muy buenos profesores que han tenido unas malas pulgas y un trato humano lamentables sin que se resienta su fama de buenos profesores.

Por su parte, en el balance del director habría que valorar si con el mismo celo que guarda la imagen real (que tampoco: sabido es que el retrato oficial estaba en lo alto de una estantería criando polvo), si con ese mismo celo, digo, decimos, se guardan en su centro los derechos constitucionales de expresión, de objeción de conciencia y respeto a las minorías (que no lo parece, según convocatorias de tablón y libros de actas oficiales). Preguntarle al director si los alumnos de su centro están mejor o son más felices ahora, sin periódico de alumnos. Si las asignaturas (todas: también información y comunicación) van desarrollando sus currículos sin incidencias. Si su junta directiva actúa de acelerador en innovaciones pedagógicas. Si dirige un claustro alegre y confiado donde imparcial y efectivamente caben todas las opciones que caben en la Constitución Española y en la libertad de enseñanza dentro de la enseñanza pública. Si, como profesor de dibujo que es, está profesionalmente puesto al día en conceptos del texto contemporáneo y capacitado en la materia concreta de lo que entra y no entra en asignaturas como información y comunicación. Y si, como juez y parte, actuó con razón. (A todo eso habría que añadir circunstancialmente, señor director, si el centro que usted dirige está mejor ahora, que el profesor ya no está y que, como importante efecto secundario, otra profesora, sensible a lo que estaba pasando, está de baja también.)

Lo demás, lo simpático o antipático de cada uno, si se lleva mejor o peor con el resto del claustro, si lo invitan a tal cena de Navidad, si es homosexual o va al trabajo en barco o en motoneta, la verdad es que importa poco. El profesorado no hace oposiciones ni cobra por cuestiones personales. Y suponiendo que vayan por el caminito recto y no contra el honor de la persona, las cuestiones personales no hacen nunca más que enredar y confundir.

Alberto Leidán, 13.3.05

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s