crítica lingüística del terrorismo

CRÍTICA LINGÜÍSTICA DEL TERRORISMO
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Las grandes palabras, paz, cultura, democracia, no se discuten. Son el cimiento de una sociedad y se pro­tegen como un rey detrás de sus peones, que serán los tópicos. Estas grandes palabras de primera línea dan lugar a otras casi tan poderosas: dios, monarquía, patria. Se admite que pode­mos creer o no en dios, que hay monarquía o república, y que la pa­tria no importa. Pero cuidado si faltamos a la fe de todo un pueblo, o al debido respeto a Su Majestad. Cuidado con la ban­dera de España y con el himno nacional. Y cuidadito con la Constitución. En materia de terrorismo estamos todos tan en contra, es la condena tan unánime y tan delgada la línea divisoria, que sin darte cuenta pasas de estar en con­tra (¿cómo podrías estar a favor?) a hacerle apología.

Cuando el caso Marta del Castillo la calle se llenó de pancartas que decían: todos somos Marta. Pero, echando cuentas, hay quien dijo por lo bajini: pues alguien tiene que ser Miguel (el presunto homicida: un chico, como los manifestantes, tan normal). Ahora, por lo de Atocha, todo han sido duelos y condenas. El bipartidismo en el poder nos ha dejado un único margen de discusión, la fórmula cuantitativa del terror: el papel de Eta. En lo demás, todos a una. Nadie hilvana culturas y civilizaciones con religión, y la religión a su vez con el extremismo fundamentalista. Nadie rememora la invasión de Irak, tanto atropello y tanta muerte buscando petróleo con la complicidad material del Estado español, que, por cierto, todavía no se ha arrepentido de nada. Nadie relaciona el triángulo de la foto de las Azores (Bush, Blair y Aznar, tan sonrientes) con el triángulo del terror (Nueva York, Londres, Madrid, ensombrecidas). Nadie admite que la vida, algunas vidas (y las de los terroristas suicidistas), no valen nada. Interesa que todos seamos Marta.

Daniel Lebrato

CRÍTICA LINGÜÍSTICA DEL TERRORISMO

11 de marzo de 2011

Comentario crítico para bachillerato

Las grandes palabras

Justificación del artículo. A algunas palabras les pesa el significante más que el significado. Y necesitan toda una infantería de palabras y frases, creencias y tópicos.

creencias  > tópicos >  GRANDES PALABRAS  > tópicos >  nuevas creencias

Cree el creyente que «en algo hay que creer», y tan a gusto que sigue, pero, en fin, es cosa suya. Peores son las feministas de izquierdas cuando se trata de las mujeres con burka: «son sus costumbres», dicen, y se quedan tan frescas. El coro bipartidista que ahora manda en España justifica la monarquía «para no volver a la guerra civil». Como en kárate, la llave lingüística inmoviliza al adversario. Las últimas invenciones las hemos oído de unos años para acá, con el Psoe. Sacadas de un cuaderno electoral, les van saliendo frases como Petra: criadas para todo. –Que habría que denunciar el Concordato con la Santa Sede… «Sí, pero no es el momento». –Que alguien se queja de la injusta ley electoral… «De acuerdo, pero no es prioritario». –Que Cuba… «Fidel Castro no ha hecho más que socializar la miseria». Y ojo a los cuatro engaños que encierra la pomposa secuencia «Misión de paz bajo el mandato de la Onu o de la Otan». Misiones de paz: como si lo militar no tuviera que ver con la guerra. Bajo el mandato de la Onu: como si la Onu fuese el órgano de la justicia mundial. A la Otan se la hace pasar, tercer engaño, por lo que no es: el ejército de la UE, y entre tanto se nos quiere convencer de que hace falta defender Europa como si Europa estuviese amenazada.

El efecto se nota –y fue el drama de los afrancesados del XIX– en cómo el pueblo grita un patriotismo equivocado. El sistema se ha hecho, como Fernando VII, el deseado, o, como dicen de la democracia, lo menos malo. La tele es muy poderosa y el pueblo llano adora a Letizia mientras arremete contra vascos y catalanes, contra pilotos y controladores aéreos, contra cualquier colectivo señalado desde Zarzuela o Moncloa como privilegiado o que molesta. La mayoría tópica aplaude el recorte salarial contra el funcionariado y olvida que funcionarios son militares y clérigos, con lo que le cuestan al Estado cuarteles y sacristías. Es verdad que Ugt y Comisiones parecen demasiados sindicatos para el sindicalismo que hacen, y podrían unificarse en una central única de trabajadores (más fuerte y combativa, y más barata), pero también sería buena la reducción dos en uno de los cuerpos de Policía y Guardia Civil. Y tanto que urge ahorrar en cargos políticos, ya podrían sus señorías plantear subsumir Congreso y Senado en una sola cámara (más democrática y representativa si, de paso, se democratiza la ley electoral). La Jefatura del Estado no es terrorismo decir que la asuma Presidencia del Gobierno y que al rey se agradezcan los servicios prestados.

En este mundo al revés, donde se exige a los mayores que trabajen más años y a la juventud no se le da salida ni esperanza laboral, se cuelan y triunfan gastos militares, que, aunque generen puestos de trabajo, son actividades que no traen felicidad a nadie. En este mundo al revés, triunfan las religiones que estorban la libre relación, la democracia directa de las almas con Dios. En este mundo al revés y en nombre de la barbarie llamada culturas, costumbres o civilizaciones, se siguen manteniendo relaciones con estados o gobiernos que consienten –del tapadismo, arriba– todo tipo de vejaciones contra las mujeres.

La palabra terrorismo

Palabras de infantería y peones que le hacen el trabajo sucio al significante terrorismo son condenamos la violencia venga de donde venga y la condena unánime de toda España. ¿Toda España? Como si Eta no fuera problema y parte de España. ¿Venga de donde venga? Como si España no mantuviera relaciones con regímenes carniceros e ignominiosos y como si aquí no se fabricaran armas y aparatos de represión que luego a esos países se exportan.

En la Eso un ejercicio facilísimo sería distinguir personajes históricos llamados terroristas. Gandhi, el de la resistencia pacífica, fue acusado alguna vez de rebelión por los colonialistas ingleses y algo parecido debió pasar entre el Sanedrín y Jesús de Nazaret. Abdelkrím del Magreb, Basiri del Sahara Occidental, Espartaco, Nelson Mandela, Roger Casement el de El sueño del celta, Viriato, Mariana Pineda o las mujeres que dieron dignidad al 8 de marzo. No hay mujer entre varones a quien no desprecien o persigan, ni hombre o mujer protagonista de los nuevos tiempos a quien no hayan tachado de atentar contra el Estado.

Distorsiones o paradojas de la historia, quienes somos incapaces de ver que matan a una mosca hemos aplaudido ciertos actos terroristas. El atentado contra Melitón Manzanas, torturador inspector de policía asesinado por Eta en 1968, fue celebrado íntimamente por partidos de la lucha de masas, y no de acciones individuales y violentas. Al vicepresidente Carrero Blanco volando por los aires, nadie de mi generación lo lloró. Lo mismo, cuando atentaron contra Leónidas Trujillo o contra Anwar el-Sadat. Esos atentados han sido una especie de justicia poética. Justicia por Allende, víctima del terrorismo de la Cía y de los generales en su palacio de la Moneda. Justicia por el régimen de Franco que tanto tenía que ver con el terrorismo. O ¿qué es un golpe de Estado, sino terrorismo?

No confundir el asesinato de Carrero Blanco (Madrid, 1973) con la matanza de Hipercor (Barcelona, 1987). El atentado contra Carrero Blanco favoreció la transición política en la misma medida que lo de Hipercor la entorpeció. Otro tipo de terrorismo ha sido el secuestro: de gente rica, a cambio de dinero, y de funcionarios o políticos, para chantajear al Estado; tales fueron los secuestros del funcionario de prisiones Ortega Lara (Logroño, 1996) o del concejal Miguel Ángel Blanco (País Vasco, 1997), por quienes Eta pidió el acercamiento de los presos vascos. Cuando es un rico millonario el secuestrado, el rescate se paga, y en paz (secreto a voces), casos del doctor Julio Iglesias Puga (Madrid, 1981) o del empresario Emiliano Revilla (Madrid, 1988), interesantes casos que desmienten que con los terroristas no se negocia jamás. Otro fleco de interés está en la propia ética del rescate: si es lícito que el millonario pague sabiendo que sus millones alimentan al monstruo por dentro: más extorsiones, más secuestros, más atentados. Por lo menos, que no se las den de héroes.

Entre las amnesias colectivas, se salta que Eta avisó de que había puesto una bomba en Hipercor, pero la policía (¡qué olfato!) desestimó el desalojo: 21 muertos y 45 heridos. Ni tontos ni marxistas cabría preguntarse qué hubiera pasado si en vez de al concejal Miguel Ángel Blanco, Eta tuviera secuestrada a la infantita, o si al rey aquel día le hubiera tocado algún acto en Barcelona. En los atentados del 11-M se pasa de puntillas por el ‘pretexto’ que dio el presidente José María Aznar al acto terrorista, el día que metió a España contra el eje del mal, Guerra del Golfo. Lo normal era que el eje del mal, como un perro cuando lo provocan, acabara mordiéndonos la mano, y nos mordió en Atocha. La tesis de que el atentado lo organizó Eta no hay por donde cogerla: la gente de Eta huye y no se suicida. El 11 de marzo de 2004 en Madrid fue de la misma estirpe que el 11 de septiembre de 2001 en las Torres Gemelas y que luego será el 7 de julio de 2005 en el metro de Londres. Como siniestros tres negritos de Agatha Christie: Bush, Blair y Aznar, los tres la hicieron y los tres la pagaron. Lástima que no la pagaron ellos, sino sus pueblos. Y vamos a dejarlo ahí, no digan que hacemos apología del terrorismo.

Lingüística del terrorismo

La palabra terrorismo tiene patente del poder, que por algo la ha usado para aplastar movimientos que de terroristas no tenían nada o tenían solo una de las definiciones del terrorismo: ser minoritarios frente al poder. Eso se llama metonimia de la parte por el todo. Cuando cambia la correlación de fuerzas, el terrorismo (la secta) se hace Estado (religión). Ahora la figura es antonomasia. Para saber de qué hablamos, vamos a aplicar a cada acto terrorista (no al terrorismo en sí, que es un abstracto genérico) nociones de lingüística. En sincronía y en diacronía. Empezaremos por el cuadro de la comunicación, siendo el mensaje el acto terrorista y acto terrorista el texto que vamos a comentar (Comentario de Texto).

Mensaje o signo lingüístico. Significante y significado. Forma y función
1. origen y formación de las palabras que designan el acto terrorista
2. campos semánticos, sinónimos, connotaciones, eufemismos y degradaciones
3. uves periodísticas: quién, qué, cuándo, dónde, cómo, por qué y para qué del acto terrorista
4. consignas, motivos, objetivos civiles o religiosos del acto terrorista, su referente

Código y medios
1. sabotajes, secuestros, asesinatos
2. armas blancas o de fuego, de precisión o artefactos explosivos
3. el crimen político o el asesinato indiscriminado o en masa
4. perfil de las víctimas
5. atentado con aviso o sin aviso
6. rehenes y condiciones, canjes y rescates
7. ética y consecuencias del pago del rescate
8. ética interna del grupo terrorista

Emisor
1. terrorista solo o en grupo, comandos y guerrillas, los paramilitares
2. el terrorista mártir, suicidista
3. héroes, antihéroes, traidores y mártires
4. terrorismos periféricos: violencias sexistas, coacciones y amenazas

Receptor
1. los grupos de riesgo: las fuerzas del Estado, del dinero y de la política
2. las víctimas elegidas: el crimen político
3. las víctimas anónimas o del azar: el terrorismo puro
4. heridas, secuelas, mutilaciones y castraciones, el papel del Estado
5. función de las asociaciones de víctimas

Contexto y situación, metalenguaje
1. comunicados, reflejo en prensa, trascendencia en los medios
2. sincronía y diacronía: de la prensa a la historia

El comentario crítico
Aunque nos cueste, el acto terrorista hay que analizarlo desde dentro y desde fuera
1. lecturas de simpatía, la tesis
2. lecturas de rechazo, la antítesis
3. síntesis crítica

Todo esto de la lingüística del terrorismo es una gran chorrada. Ocurre que el tema, como todo lo que mata, aplasta o tapa, no da para más. Matar, gritar, tapar (maten, griten, tapen Estados, terroristas, maridos o mujeres) son puras barbaridades y su contrario (el rechazo pacífico) no es patrimonio de nadie. No está bien que partidos y asociaciones de víctimas quieran hacer política con el dolor. Se llama demagogia a ganarse con palabras el favor popular mediante concesiones y halagos a los sentimientos más elementales (Drae).

 

 

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