
«Ríos que dan a la mar, la vida cultural transcurre por cauces o currículos que son canon, voces que van entrando repitiendo o imitando cada una el canto de la precedente. En la carrera literaria (como en la Universidad o en la Iglesia) todo es canon: una carrera que podemos decir como «etapa de ida» hasta una cumbre de montaña, que es el libro de texto, y una carrera o «etapa de vuelta» desde la cumbre del libro de texto hasta la fama o la tercera vida, la de las postrimerías.»
Como si no hubiera internet, el canon del libro sigue siendo analógico siguiendo la ruta de edición, publicación y venta, presentación con firma de ejemplares, traducciones, antologías, críticas…, para finalizar, el día que sean mayores, en obras completas y escogidas pasando por descubrimientos de originales o atribuidos, restos de inéditos o artículos póstumos.
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POR EL CAMiNO DE VUELTA
Como muestra o ejemplo de toda esta trayectoria, lean el artículo Fuego amigo contra el mito de Chaves Nogales. La publicación de unos supuestos cuentos inéditos ofrece una imagen más tendenciosa que cuestionaría su adscripción a la Tercera España.
https://ideas.gaceta.es/fuego-amigo-contra-el-mito-de-chaves-nogales
Fuego amigo contra el mito de Chaves Nogales. La publicación de unos supuestos cuentos inéditos ofrece una imagen más tendenciosa que cuestionaría su adscripción a la Tercera España. Por Vidal Arranz, 23 de agosto de 2026.
Hay que dejarlo claro desde el principio. Hay dudas más que razonables de que Guerra total (Renacimiento), que se presenta como una colección de inéditos de Manuel Chaves Nogales, y como la continuación natural del mítico A sangre y fuego, pueda considerarse obra de su pluma. Yolanda Morató ha calificado la publicación como “el gran bulo editorial del año” y su editor Abelardo Linares no ha aportado argumentos suficientemente sólidos que justifiquen atribuir a su autoría textos que fueron publicados con el nombre de otros escritores de su entorno. Pero, aunque más adelante comentaremos algo sobre este funambulesco juego de atribuciones, lo que nos parece más relevante es que Guerra total destruye el mito de la ecuanimidad de Chaves Nogales y lo expulsa del cajón de la Tercera España, esa que no se sentía identificada con ninguno de los dos bandos de la contienda, para resituarlo en el territorio fetén, el de un prorrepublicanismo lleno de clichés y prejuicios.
En el celebrado prólogo de A sangre y fuego, Chaves Nogales se definía como antifascista, pero también como anticomunista y anti revolucionario, al tiempo que admitía que “idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos”. Sin duda, el Chaves de ese prólogo estaría conforme con el título que Pérez Reverte había puesto a sus jornadas sobre la Guerra Civil: “La guerra que todos perdimos”. Una parte de la izquierda no le perdonó esa toma de posición y pasó a considerarlo un ‘equidistante’, “un derechista que intentaba disimular su condición y hasta un fascista que no se atrevía a decir su nombre”, admite Abelardo Linares, editor y autor de un amplio epílogo. De ahí que haya sido presentado con un notable regocijo el ‘descubrimiento’ de los cuentos de Guerra total, pues nos presentan a un Chaves más nítidamente prorrepublicano, más “uno de los nuestros”. La inclusión de Chaves en las filas de la Tercera España se vería fieramente comprometida por los cuentos de Guerra total que “prácticamente anulan esa consideración”, según admite Jaime Cedillo en su reseña para El Cultural. “Aquí los personajes están contoneados con trazo inequívocamente ideológico: a menudo presentados como héroes, casi siempre son víctimas de los sublevados”.
Linares reconoce que todos los protagonistas de estos relatos ‘redescubiertos’ son víctimas o héroes más o menos identificados con el bando gubernamental, a diferencia de lo que ocurría en A sangre y fuego, pero no considera que esta ruptura del equilibrio de aquel libro pueda ser un indicio de que no estemos ante el mismo autor. El editor identifica algunos rasgos de estilo similares a los de Chaves y le bastan para atribuirle los textos, pese a que la posición ética que reflejan es ciertamente muy distinta. Al actuar así, seguramente sin pretenderlo, lanza fuego amigo contra su admirado escritor, pues le priva justamente de los atributos principales que le habían convertido en referencia.
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POR EL CAMiNO DE IDA
Ejemplo o caso inverso, vean ahora Un estallido, cuando jóvenes escritores aprendices de poetas luchaban por conseguir la cumbre de la poesía hacia el libro de texto. Un estallido: eran jóvenes y estaban cuerdos. La antología publicada por Cátedra, con gran presencia andaluza, traza el mapa de la última poesía española. Braulio Ortiz, 16 08 26. © Joly Digital
https://www.diariodesevilla.es/ocio/estallido-jovenes-estaban-cuerdos_0_2007726571.html
Los responsables de Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025, Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández, quisieron titular así su trabajo por la detonación que había sacudido el sector, por la constancia con la que habían aparecido “poemarios, estética y temáticamente muy plurales” que habían renovado “las expectativas de lectura y los registros expresivos del hecho poético”. En la introducción de este volumen que publica Cátedra dentro de su colección Letras Hispánicas, los investigadores argumentaban que el estruendo al que se referían “no ha sido demasiado ruidoso, pues bien sabemos que la poesía no suele estar en la primera línea del debate público”. Pero la excepcional acogida que está teniendo desde su lanzamiento, que ha alcanzado ya la tercera edición y está suscitando una notable atención, confirma la vivacidad con la que se manifiesta el género en el presente. “Por lo bien que está funcionando, parece que había ganas de leer poesía”, aplaude Raúl Molina, que charló con este periódico junto al editor Juan F. Rivero hace unas semanas, poco antes de presentar la propuesta en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus). La selección reúne a 25 poetas nacidos entre 1984 y 2000, una nómina que da cobijo entre otros a los andaluces Elena Medel, Ángelo Néstore, Mayte Gómez Molina, Rosa Berbel, Laura Rodríguez Díaz y Juan Gallego Benot. Los primeros autores recogidos en la antología ya apuntan a esa diversidad: a María Salgado, una creadora que “potencia las capacidades disidentes del lenguaje” y “desborda la gramática”, que “interviene espacios urbanos como la Playa de la Concha”, le sigue alguien como Ben Clark, con “una dicción clásica”, una poética “que no elude la denuncia social” y que tampoco reniega de “la narratividad de los poetas del medio siglo ni de ciertos excursos irónicos, vinculables, sobre todo, a la lírica de Jaime Gil de Biedma o de Ángel González”. Aunque si hay un movimiento que sobresale, es la apuesta por una experimentación que ha logrado dejar atrás el aislamiento de la periferia. “La poesía española ha tendido en su historia a desplazar las opciones más explícitamente experimentales, incluso en aquellos momentos en los que se estaba agrietando el marco realista imperante”, se lee en la extensa introducción de Un estallido, donde los editores describen un hito: “Por primera vez en la historia de la poesía española, en esa segunda década del nuevo milenio ha sido la vanguardia más rupturista, y no la más atenuada, la que ha sobresalido en los tempranos procesos de canonización”. “Lo que nosotros veíamos de un tiempo a esta parte, digamos desde 2010 hasta acá”, explica Molina en persona, “es que hay una forma de hacer poesía más vanguardista, más experimental, que se ubica con fuerza en el panorama con voces como las de Ángela Segovia, Berta García Faet o Lola Nieto. Es algo que los que estudiamos poesía no estamos acostumbrados a que suceda con esa firmeza, aunque en paralelo sigan existiendo otras formas creativas más clásicas”, analiza este profesor de la Universidad de Alcalá, que ha advertido cómo en la investigación y en el ámbito académico también ha calado la poesía más joven. “Hace unos años, cuando organizabas un congreso, tenías que sugerirle a la gente si podía hablar de poetas nacidos a partir de tal fecha, y la mayoría de propuestas que nos están llegando para un próximo encuentro se interesan sin embargo por esta generación. El foco, la atención, se ha movido hacia otro lado”. Quizás la obra de estos autores ha encontrado eco, y el lector se ha reconocido, porque en ella se filtraba la confusión del mundo. “Uno de los rasgos que une a estos poetas, algo que compartimos los que tenemos la misma edad, es la sensación de haber vivido, de vivir, en una crisis perpetua y permanente”, expone Molina sobre un dolor que “en general en la literatura se ha canalizado a través de lo corporal”. La poesía española se palpa y pellizca la carne para reflexionar sobre cuestiones como la enfermedad, presente en el fabuloso debut de la sevillana Laura Rodríguez Díaz, San Lázaro, o las agresiones al cuerpo de la mujer, que trata Bibiana Collado Cabrera en Violencia. Esa elección de temas que “antes eran periféricos y hoy ocupan el centro, como el feminismo, la teoría queer o la disidencia sexual”, añade Juan F. Rivero, viene acompañada de otra circunstancia: un concepto más cerrado de los poemarios. “El libro es ahora una unidad más que una suma de poemas que pueden estar relacionados entre sí o ser más independientes, como se entendía antes”. Hay casos asombrosos como el de Rodrigo García Marina, que ha ido reinventándose en cada propuesta. “En esta antología parece un autor versátil, pero si hacemos el ejercicio de leer cada libro suyo, nos encontraremos con que plantea cada obra con una entidad cerrada, adaptando el lenguaje a lo que quiere contar en cada proyecto”. Los editores marcaron como requisito para entrar en Un estallido que “los autores tuvieran al menos dos libros publicados, para que se apreciara una continuidad, una evolución”. En algunos casos, “los de más edad”, admiten, fue difícil condensar sus extensas trayectorias en apenas unas páginas, “ser fieles a lo que habían hecho hasta ahora, tratar de reconstruir el camino, las tensiones temáticas y las derivas estéticas por las que han transitado”. En el conjunto se encontraron también con creadores de bibliografía breve y sin embargo incontestable. Como Rosa Berbel, que deslumbró con Las niñas siempre dicen la verdad, un debut que “da en el clavo con su mirada feminista, que conecta con la sensibilidad de su tiempo”, un prestigio reforzado más tarde con la madurez de Los planetas fantasma. Juan Gallego Benot, entretanto, tomó el imaginario de la mística e invocó desde ahí el amor en Oración en el huerto, para luego dar el salto a Las cañadas oscuras, un libro más complejo en el que a partir de las obras para desviar el Guadalquivir reivindicaba a los amantes clandestinos al borde de un río y a los gitanos que fueron expulsados de Triana. “Rosa y Juan pueden verse como referentes de hacia dónde caminan los autores de este Estallido”, considera Juan F. Rivero, un escritor también celebrado por obras como Las hogueras azules y Raíz dulce, que rechazó la invitación de Molina y López de formar parte de la selección. “Mi papel aquí era el de editor, y les pedí no tener voto pero sí voz, para asesorarles y ayudarles en el proceso. Y viví con mucha emoción que entraran personas, algunos amigos, ante los que tenía la corazonada de que estarían”. Un estallido destaca “un punto de inflexión” en el año 2011, cuando Luna Miguel coordinó la antología Tenían veinte años y estaban locos. “Fue una reunión de muchas voces, que escribían en libros y en espacios digitales, en un momento en el que lo digital estaba en expansión. Muchos de los nombres por los que apostó Luna han tenido una gran carrera posterior”, valora Molina, que sitúa también en ese año 2011 la primera convocatoria del Premio de Poesía Joven Miguel Hernández, que inauguró Laura Casielles y que desde entonces ha respaldado a Martha Asunción Alonso, Unai Velasco, Ángela Segovia o Berta García Faet, participantes en esta antología. Como destaca el prólogo, algunos de los protagonistas de este Estallido (Elena Medel, Lola Nieto, Unai Velasco, Ben Clark, Rodrigo García Marina o Ángelo Néstore) también han ejercido de editores y han contribuido desde este oficio a ensanchar un paisaje ya de por sí abundante. “Otro de los valores que tiene esta antología”, concluye Juan F. Rivero, “es que desmonta un tópico que ya estaba en sus horas más bajas pero que llegó a tener fuerza, que decía que esta generación tenía mucho éxito pero poca calidad, y realmente no es así. No porque lo digamos nosotros, que hemos trabajado para traer la poesía contemporánea a la conversación, sino porque en los últimos años ha habido un refrendo crítico”. Si alguien se adentra en estas páginas, verá que lo que sus responsables imaginaban estruendito no podía denominarse como tal, que el estallido no era precisamente modesto, y además daba luz.
