El mecánico, del renglón a la poesía.

La poesía en verso libre, hemos dichonota1, fue un invento que funcionó por dar cátedra universitaria a pistoleros del verso del antiguo régimen, poetas que fueron con la banda de Walt Whitman, desde sus Hojas de hierba hasta Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. De 1885 a 1929, funcionó la impostura; del resto, hay que reconocer que se ha quedado en rengloneo. Usted escribe a cachitos de pequeño renglón y ya parece que está usted haciendo poesía. En eso caen críticos como Juan Domingo Aguilar, por la revista Zenda, que cae en la trampa de la señora Diane Wakoski, poeta, y editoriales y librerías que se lo vendan.

He aquí un episodio en prosa presentado como poema por la revista Zendanota2. ¿A ver qué problema ven ustedes o de intención o de comprensión? Pongo asterisco* en signos de puntuación que he tenido, como corrector, que quitar o poner o suponer.

EL MECáNiCO. La mayoría de los hombres usan los ojos como metrónomo para marcar el compás del caminar de una mujer,* cómo sus caderas se ciñen contra la tela, igual que los higos en el árbol justo antes de reventar sus moradas pieles, para medir qué tanto de su andar emplea en la cama de noche, la jarra del cielo llenándose de vía láctea centellea cada vez que ella mueve los labios.* pero, claro, los secretos no son los golpes obvios en la canción que cualquier baterista puede dar oyendo la velocidad del motor —hecho también de golpes— tan rápidos, sutiles, supongo, que llegan como un sonido continuo o el corazón que, por supuesto, golpea sin ventilador que lo mantenga fresco; es una prueba, un ritmo, que no podrían ver aquellos ojos medidores aunque tal vez haya algunos con dedos y oídos tan cerca de los motores con aceite limpio circulando por los oídos que depure la sesera, quizás algunos… puedan decir en qué consiste el secreto sangrar de una mujer.* Como mujer con estrellas untuosas en todos los puntos de mi piel nunca podría fiarme de un hombre que no fuera mecánico; un hombre que usa sus ojos, sus manos, escucha al corazón.


4 poemas de Diane Wakoski

26 08 2026 / Juan Domingo Aguilar / Diane Wakoski, poesía, Versátiles, 4 poemas de Diane Wakoski. Diane Wakoski es una poeta nacida en 1937 en Whittier, California. Recibió una licenciatura en Inglés de la Universidad de California, donde estudió con Thom Gunn y Josephine Miles. Asociada a menudo con los poetas de la Generación Beat, entre sus libros se destacan Argonaut Rose (1998), The Emerald City of Las Vegas (1995), Jason the Sailor (1993), y Medea the Sorceress (1991). En nuestro país Bartleby Editores publicó el libro Esperando al rey de España (2022). Presentamos una selección de su obra poética con traducciones de Beth Miller.


EL MECáNiCO

La mayoría de los hombres usan

los ojos

como metrónomo

para marcar el compás

del caminar de una mujer

cómo sus caderas se ciñen

contra la tela, igual que los higos

en el árbol

justo antes de reventar

sus moradas pieles,

para medir qué tanto

de su andar emplea en la cama

de noche,

la jarra del cielo

llenándose de vía láctea

centellea cada vez

que ella mueve los labios.

pero, claro,

los secretos

no son los golpes obvios

en la canción

que cualquier baterista puede dar

oyendo la velocidad del motor

—hecho también de golpes—

tan rápidos,

sutiles, supongo,

que llegan como un sonido continuo

o el corazón que, por supuesto,

golpea sin ventilador

que lo mantenga

fresco;

es una prueba,

un ritmo,

que no podrían ver

aquellos ojos medidores

aunque tal vez haya algunos

con dedos y oídos

tan cerca de los motores

con aceite limpio circulando por los oídos

que depure la sesera,

quizás algunos…

puedan decir

en qué consiste

el secreto sangrar de una mujer

Como mujer

con estrellas untuosas

en todos los puntos

de mi piel

nunca podría

fiarme de un hombre

que no fuera mecánico;

un hombre que usa sus

ojos,

sus manos,

escucha

al

corazón.

***

Mi CERTiFiCADO DE BODA


Hay sombras

que parecen peligrosas manchas

en tus pulmones

llenando

un retrato tuyo

que tengo en mi mente.

***



HiSTORiA


Un hombre me preguntó

la historia de mi vida.

Dije

que yo no tenía

historia.

Que todas mis historias eran vidas,

como hongos,

aparentemente sin raíces,

aunque las esporas, microscópicas, que bailan

en la tierra

como mi mano roza tu cara mientras

duermes,

ya no son misteriosas;

y recordé que todas mis historias son una sola,

dejando a una mujer con un puñado de plata

que se vuelve luz de luna

desvanece como el aire,

desaparece con el sol,

permaneciendo ella con sus manos abiertas

y la poesía que es música,

una canción que nos ronda a todos

es lo que le queda,

su realidad misteriosamente,

quizá microscópicamente, ida

para aparecer en otro

terreno pantanoso.

Yo busco al mago que entienda

lo que es invisible

al ojo desnudo,

que lea la poesía como un texto

para una nueva especie de jardín,

que convierta la luz de luna

en un puñado de plata,

en algo sólido y real,

no en ilusión,

no en viejas historias,

no en la vieja versión de la vida,

no en hongos venenosos.

Hongos,

comibles,

hermosos,

que dejan caer las esporas

y dan vida

justamente

como nosotros.

La historia de mi vida

es

que continúa.

***



NiEVE DE ABRiL


Tengo el ojo

de un fotógrafo.

Cuando miro por la ventana,

veo la foto

que me hiciste en aquella tormenta de nieve en Nueva York

hace diez años.

Llevo un abrigo largo y negro, que brilla,

un sombrero a lo Greta Garbo

y botas para abrigar los pies.

En la tormenta de nieve de hoy,

llevo una bata morada

y estoy sentada con los brazos, blancos, apoyados en una recia mesa de madera.

La casa resplandece de flores amarillas,

mientras que, fuera, lo único amarillo son los faros de los coches,

que circulan con cautela

en la ventisca.

Los esqueletos de los árboles me recuerdan

que el invierno sigue aquí. Un pino cubierto de nieve

dice que el invierno arrecia.

Pero estamos en abril

y ya hace dos meses que te fuiste. Aunque podrían ser

diez años. Porque «tú» es solo un personaje

de mis sueños.

El Amor me hace soñar contigo

todas las noches,

pero mis sueños son pesadillas. Así que he

llenado la casa

de libros, de comida humeante, de flores.

Me tomo un buen vino

todas las noches.

La música y la poesía llenan el lugar.

Me doy una buena vida,

rodeada de poetas, músicos y pintores.

Por qué te deseo tanto o

me despierto con esos sueños terribles,

no sabría decirlo.

Excepto por eso,

según el calendario estamos en primavera.

En abril.

Pero hoy está nevando,

una nieve blanca, espesa,

profunda.

Nieve de abril.

En el frío y la textura quizá

no difiera de la blanca y helada de enero.

Pero parece distinta

por el hecho

de que los petirrojos lleven aquí una semana.

En mayo

los tulipanes habrán florecido

y yo pensaré en el mar.

El Rey de España me envía

sus saludos:

la rama rota,

el charco de nieve derretida,

a la puerta de mi casa.





nota 1.


nota 2.
https://www.zendalibros.com/4-poemas-de-diane-wakoski/


Pongo asterisco* en signos de puntuación que he tenido, como corrector, que quitar o poner o suponer.

EL MECáNiCO. La mayoría de los hombres usan los ojos como metrónomo para marcar el compás del caminar de una mujer,* cómo sus caderas se ciñen contra la tela, igual que los higos en el árbol justo antes de reventar sus moradas pieles, para medir qué tanto de su andar emplea en la cama de noche, la jarra del cielo llenándose de vía láctea centellea cada vez que ella mueve los labios.* pero, claro, los secretos no son los golpes obvios en la canción que cualquier baterista puede dar oyendo la velocidad del motor —hecho también de golpes— tan rápidos, sutiles, supongo, que llegan como un sonido continuo o el corazón que, por supuesto, golpea sin ventilador que lo mantenga fresco; es una prueba, un ritmo, que no podrían ver aquellos ojos medidores aunque tal vez haya algunos con dedos y oídos tan cerca de los motores con aceite limpio circulando por los oídos que depure la sesera, quizás algunos… puedan decir en qué consiste el secreto sangrar de una mujer.* Como mujer con estrellas untuosas en todos los puntos de mi piel nunca podría fiarme de un hombre que no fuera mecánico; un hombre que usa sus ojos, sus manos, escucha al corazón.


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