Matar a un trovador

Lorca

MATAR A UN TROVADOR

La crítica literaria franquista hizo muchas piruetas para salir airosa de lo que ni literaria ni humanamente tenía explicación: la persecución, purga y exterminio de artistas y autores por sus ideas políticas, léase bien, no artísticas ni literarias, lo que hubiera sido una broma del tipo disparen sobre el poeta como quien dice disparen sobre el pianista (F. Truffaut, 1960). En la persecución, purga y exterminio de la literatura del sexenio republicano o en el exilio, el régimen instrumentalizó cuatro aparatos: censura, propaganda, libros de texto y premios literarios, y en los cuatro colaboraron jóvenes oportunistas sin escrúpulos (Cela fue censor en los años 40), muchos, en la carrera funcionaria, y otros en la carrera literaria hasta postularse a sí mismos como nuevas promesas o viejas glorias que no habían sido. Sobre el tema escribe Martín Calamar: Cada persona que ocupó un cargo o prosperó en algo en la posguerra llevaba un vencido invisible. El maestro purgado en La lengua de las mariposas (Manuel Rivas ‑ José Luis Cuerda, 1995‑99) dejó libre una plaza que otro maestro o maestra vino a ocupar. Dentro de la mala leche que trae la mala conciencia, se oye decir que el fenómeno Lorca se debe a su temprana muerte (nunca dicen asesinato) pero jamás he oído ni conozco estudios doctorales sobre la de oportunidades o el oportunismo que tuvo la infame turba de nocturnas aves que vino a medrar por encima de su cadáver. Hace poco murió la autora de Matar a un ruiseñor, ¿no nos provoca más o no nos da más congoja matar a un trovador?


Próxima parada A de Alberti.


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