la luna, la semana y la cultura.

Cuando yo era más joven, muchos cerebros universitarios nos iluminaron con luces laicas o antropológicas fenómenos religiosos. Navidad o El Rocío y el culto a Mitra, San Juan y el equinoccio, el Carmen y el agua o Semana Santa y la luna de primavera; todo muy con los ciclos babilónicos, prerromanos o celtas. No os dejéis seducir por semejante bibliografía.

Poneos en el mismo monte Calvario, donde a uno lo van a crucificar. Su delito no es pequeño: dice que es el Mesías, quién se habrá creído. El pueblo es salvajuno. El espectáculo ha de verlo sin armar tumulto y respetando el orden y la autoridad. Un reo amarrado a la cruz podía tardar en morir hasta tres días con sus noches, por eso le añadían torturas como clavos, fractura de piernas, hundimiento de costillas, barbaridades así. La plebe aplaude o vocifera, alguien llora y no quiere verlo, la gente peleando por el mejor sitio, se llevarían el bocadillo o la sillita, cogerían piedras para tirárselas al condenado y hay quien querrá aprovechar la bulla ‑cuchillo entre las ropas- para un ajuste de cuentas con su vecino. Ahora sois Poncio Pilatos, gobernador, están locos estos judíos, pensaríais, a esta gente, lo que le falta es la impunidad de las sombras. El calendario judío (como todos los calendarios) es lunar. ¿Qué día fijaríais la fecha de ejecución? Con luna llena, claro, que le será más fácil a la muchedumbre seguir los detalles -hoy procesionales- de la crucifixión: a fin de cuentas, el castigo quiere ser didáctico: que aprendan en cabeza ajena. Y para la guarnición romana, con luz, más fácil.

Conclusiones. Todavía es más barata la luz natural que la artificial. Todavía siguen países con la pena de muerte (Estados Unidos, uno de ellos). Todavía se permiten espectáculos de sangre (ejecuciones, corridas de toros). Todavía la cultura apuntala la superstición y todavía sirve para que yo, el culto, esté por encima de ti, que no sabes nada. Y también la madrugá se maneja mejor con cuanta más claridad. De hecho, el afán de claridad fue tanto que por algo la autoridad llegó a prohibir los encapuchamientos, que se prestaban a todo tipo de abusos. No es casualidad que una hermandad de nobles como el Silencio fuera la primera ‑y en su día la única‑ en desfilar sus hermanos bajo antifaz: el anonimato a cara tapada permitiría al duque o al marqués mandar a la procesión, en su lugar, a un criado suyo (origen de la expresión: papeleta de sitio) y que el criado se joda penitenciándose en sus carnes como si fuera el marqués. Oh maravilla. Cuánta devoción. Y la última: todavía sigue la Iglesia mandando en nuestras vidas a través del calendario. ¿No dijeron tres culturas? ¿Para cuándo tres calendarios a elegir y que cada persona según su creencia elija el suyo? Y, a los descreídos, que nos dejen en paz las cuatro culturas: la cuarta, y la peor, la del sabio o el concejal que nos vienen con que lo natural y lo cosmológico y lo antropológicamente ancestral es que la fiesta de primavera sea así porque siempre ha sido y será. Menuda luna. Si no hay llena, la inflan.

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