
CONCIERTO DE AÑO NUEVO
Más de un guionista se ha figurado el pánico al colapso del mundo en lo que dura el cambio de año. En un mundo sincronizado al máximo, la exactitud de los relojes abre paso al ictu oculi o milésima de pestañeo durante el cual el malo podría dar un golpe electrónico (al vacío) contra el sistema financiero, claves y contraseñas bancarias o el top secret de los misiles. Ese temor, que fue antes el milenarismo (lo mismo la vuelta de Cristo que el temido Fin del Mundo), aumenta cada año con la amenaza de atentados yihadistas. Esta Nochevieja, comparable a la de Sanjuán, por cuanto las dos son retos hasta la madrugada, ha vuelto el miedo a salir de noche y quienes salían iban conscientes de tener que pasar controles de policía o incluso de ir la gente preparada con pañales disimulados porque el acceso a los urinarios iba a ser una dificultad añadida. Igual que hay ángeles de la guarda, la noche se pasó a base de agentes de la guarda, casi a razón de uno por persona, para que la persona tirara su cohetito, consumiera su picnic de doce campanadas y diera un beso precocinado a su pareja entre aleluyas consabidas. En eso ha quedado el homo occidentalis. En mirar para el lado que interesa de la noticia, en votar a partidos y representantes que imparten seguridad, y en dejar, eso sí, alguna aportación para una causa solidaria, oenegé o Fundación, que nos ayude a tragar las uvas sin engolliparnos. Y les dejo, que a las 11:15, hora española, dan por la tele el Concierto de Año Nuevo, y he de vestirme para ocasión tan señalada.
