Cóbreces, en Tinta de calamar.

Juan Lebrato como Daniel Lebrato en Cóbreces (Cantabria) 23 julio 2020

Tinta de calamar (o Tinta de Calamar) fue el ensayo de novela en prosa que protagonizó Daniel Lebrato, su larga vida activa hasta 2014, fecha de su jubilación. Lo de calamar o Calamar va por doble opción: calamar, nombre común que suministra tintas de la escritura, y Martín Calamar, personaje y narrador. Tinta de calamar ‑libro de 425 páginas de lectura útil, repartidas en 780 escaques o divisiones‑ autobiografía el pueblo de origen, Cóbreces.

He aquí Cóbreces en Tinta de calamar:  

En el centro, único niño con pantalones largos, Daniel Lebrato, edad de 12 o 13 años

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En la abadía de Cóbreces, conocida por su leche y sus quesos de vaca, pionera que fue en usar la técnica UHT, había un padre Patricio, famoso por sus benévolas penitencias en confesión. Lo adivinaron. La infancia pecando y el padre sordo. La leyenda del padre Patricio empezaba antes que él, es anterior a un personaje que para nosotros había venido de Irlanda, y resultó que no, que había nacido en Malta, y que parecía un hombre sencillo, y así fue, pero con una grandísima cultura, último y admirable representante del mester de clerecía. A este buen fraile íbamos buscándolo cuando había que confesar y estar en gracia de Dios y de mi abuela, que buena era la yaya de cumplida y de cumplir con Dios. Esos días, ibas al confesonario del P. Guerin (ya se llevaba esto de ponerle el letrerito a los confesonarios) y la cola, siempre había cola, nos daba un poco de vergüenza, pero merecía la pena. Te confesaras de haber hecho lo que confesaras, el buen fraile, no fallaba, siempre te preguntaba lo mismo. ¿Y cuántas veces, hijo mío?, y te calculaba la penitencia. Un suponer. Padre, me acuso de haber matado a mi mujer y a mis niños. ¿Y cuántas veces, hijo mío?, y te ponía un padrenuestro por mujer muerta y un avemaría por criatura asesinada. Matar, matar, os mataríais a pajas. A ver.

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Así como a García Márquez lo mataron en falso por internet mil veces antes de morirse, la leyenda de Cortázar decía que se iba muriendo como un pajarito, cada día más aniñado o más joven. Mi otro calvo preferido, mi hermano Quico es, después de nuestra madre, quien mejor pacto hizo con el diablo. Mil veces ganador del Premio Main, Madurito Interesante, Francisco Lebrato Martínez, su perfil: Trabaja en: Predicador en el Desierto. Anterior: Servicios 93 y Gas Andalucía. Estudió en: Técnico en depuración de aguas residuales. Anteriores: San Isidoro de Sevilla y Escuelas Francesas. Vive en: Cóbreces, Cantabria, Spain. Todavía no hemos metido la quinta velocidad, pero la boca ya empieza a saberme a salitre. Sensación algo perruna en los primeros kilómetros. Superado el muro, empiezo a disfrutar. La media maratón me la cepillo en 1.48.42. Empiezo a dar cuneta, aunque siento que todavía me pesa el culo. No quiero asustar, pero en este reencuentro entre mis zapatillas y el asfalto, mi corazón ha bombeado más de 2 mil litros de sangre. Os dije que esto engancha. 9 fotos. Quico haciendo la Ruta de la Plata, de Sevilla a Cóbreces andando, como un peregrino, en diez etapas. A nuestra madre Pepita, para no asustarla, Pero, Quico, qué cosas tienes, le dijo, Madre, que voy a un recaíto. Calculadora. 684,23 kilómetros lineales de Sevilla a Cóbreces, 821 por carretera, 137,77 en curvas. En coche, 7:30 horas y andando, 10 días. ¿No es Quico el de Pepita ese que viene por ahí? Podómetro: 73,9 Km. 11h 54m 38s. 3.643 Kcal.

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Otra válvula de escape era el verano en Cóbreces. Yo no sabía que el largo y cálido verano fuese una película con Joanne Woodward, yo sabía que mis veranos, nuestros veranos eran largos y cálidos. Demasiado cálidos en Sevilla y no sé si demasiado largos en Cóbreces, de donde regresábamos para la vuelta al cole. La vuelta no era traumática pero sí peculiar. Todos veníamos con las eses afiladas en el dialecto del norte, decíamos jolín o jopé como la gente de allí, y me cachis en die, como si fuera diez y no Dios, como la gente de allí. Todo el trimestre primero, hasta navidad, nos duraba aquella pronunciación y hay quien de no­sotros no lo ha perdido nunca. Como que mi hermano Quico en su Facebook se residencia en Cantabria. A mi ma­dre en Galera la conocían como la santanderina, y allí en Cóbreces, como la sevillana. Yo creo que a todos nos pasaba un poco lo mismo. Aquí, del norte y allí, del sur, manera de no ser de ninguna parte. Lo cual tiene sus ventajas y sus inconvenientes, como después se verá.

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Del pueblo de mi padre, Oliva de la Frontera, en Badajoz, no sabíamos casi nada. Mi padre fue pionero en esto de inventarse patrias y hacerse de un lugar a su medida. Él y mi madre eran primos carnales. En realidad, toda la familia procedía del mismo sitio, Cóbreces, Santander, solo que una rama había tenido que venirse al Sur, como tantas familias montañesas que entre Sevilla y Cádiz pusieron tienda, abrieron bar o se abrieron paso. Los pasos de mi padre van y vienen de Cádiz, de donde era mi abuelo, a Jerez, a Oliva o a Sevilla. Otros pasos son que tienda, como la que se tenía en Cóbreces, nada de nada; bar, tampoco, qué más hubiera querido yo. Mi abuelo, mi padre y mis dos titos entraron en el comercio o se hicieron agentes comerciales. Y fue como en los cuentos. De los tres, cada uno encarnó una virtud. Mi tío José fue la cigarra, mi tío Julián la hormiga y mi padre el término medio, donde dicen que está la virtud. Como mayor de los tres, mi padre Francisco subió hasta Cóbreces para casar con su prima Pepita, y buscarles novia a sus dos hermanos. El tío Julián casó con la segunda hermana y segunda prima, mi tía Isabel, y al tío José le hubiera tocado casar con la tercera, mi tía Rita, pero se cruzó en el plan Angelita Yruela, del sur, como la saeta. Y aún se me figura que brinda a tu salud sin conocerte. Por alguien como tú yo tampoco vendría, forastero.

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En Cóbreces, en habiendo niñas en la pandilla, lo primero era el tonteíllo con ellas, y eso en dos formas. A lo bruto, cogiéndoles las tetas o el culo; o a lo fino, yendo con ellas a la puesta de sol a Bolao o Volao, que se llamaba el acantilado, y allí entre Nerudas y Alfonsinas, ojos en blanco, suspiros van, suspiros vienen, a ver si la niña se mostraba razonable y se dejaba coger las tetas. Por lo menos, le íbamos pillando el gusto a la poesía. Traerse del pueblo alguna novia era un verdadero coñazo. Al principio, éramos fieles al fuego aquel romántico del amor, pero en pasando el tri­mestre, en nada que íbamos a la fiesta de fin de año, ya nos salía otro ligue y con la veraneante quedábamos, como se decía entonces, como amigos. Qué moderno y qué grande es esto del amor. Querernos más de dos. Café Quijano.

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Cóbreces era los verdes prados, los grises cielos, las blanquinegras vacas, la serpenteante calleja, ¿a dónde el camino irá? Mi cantar vuelve a plañir. La umbrosa fuente, la jugosa higuera, los erizados castaños, las moras moras, la persistente boñiga y la penetrante oca, que así llamaban a las verdes algas que las bravas mareas dejaban en las finísimas arenas de la playa, a la que había que bajar en rústicos carros de caballo o en las más modernas camionetas. Como la oca se pagaba al peso, interesaba cogerla mojada, y no seca, y hasta había quien decía que, si se secaba, ya se encargarían de mojarla por su cuenta los sencillos y honestos labradores. Claro que las mismas lenguas ya decían que los sencillos y honestos ganaderos echaban a la hierba o al pienso para las hambrientas y sencillas vacas terrones de sal salada de Cabezón de la Sal, para que, con la sed, las sedientas y honestas bebieran más agua y, con el agua, les saliera de las fecundas ubres más cantidad de litros de leche semidesnatada que vendían como leche entera. Si vamos a las malas lenguas, allí todos los curas eran rojos; todos los frailes, unos zánganos; todos los Berberana, que tenían la alcaldía, unos señoritos; todos los políticos, unos ladrones; todos los del Rácing, unos madridistas y todos los forasteros, forasteros hasta que te ubicaban. ¿Y tú de quién eres? De Marujita, de Vicentita, de Pepita.

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De verdad de verdad señoritos eran los veraneantes que venían del sur de Francia y de Madrid, al lado como estaba Cóbreces de Santillana del Mar y de Comillas, sobre todo Comillas, sitio tan chic. La gente de Madrid y del norte en general se creía por encima de la gente del sur en casi todo, empezando por la lengua, por nuestro acento andaluz, no dialecto, defecto. Grasioso o grasiosillo, como mucho. El andaluz, ¡que cuente un chiste! Esto que a uno lo mandan a la mili y, por putearlo por motivos políticos, le dan el peor de los destinos posibles y en la peor época. El joven estaba estudiando una carrera de las de antes de Bolonia, que entonces duraban cinco años, así que a este lo vamos a llamar a filas a mitad del curso tercero, verás tú cómo pierde los exámenes. A efectos militares, el que ya podemos llamar rojo de mierda figura en la Caja de Recluta de Barcelona. Este va a dar un paseíto, hombre. ¿Alguien sabe qué plaza militar está más lejos de Barcelona? Melilla, respondió el cabo. Chafarinas, mi sargento. La suerte del perdedor se llama a la que tienen inútiles que no se la merecen. Por ejemplo, si vives en Sevilla, que te manden lo más lejos posible de Barcelona, no es tan lejos como que te manden lo más lejos posible de Sevilla, querido Watson.

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¿Cómo me hice comunista? En Cóbreces, como en la Escuela Francesa, mi cabeza y mi co­razón siguieron aprendiendo a ser duales, dual cores o de doble núcleo. Mirando abajo, había quien estaba peor y, mirando arriba, al­guien tenía lo que nosotros no. Que yo sepa, aprender esa lección de que la diferencia existe, darle nombre de clases sociales y tomar una postura es lo que lla­mamos ideas políticas. Si tu respuesta es Algún día yo seré un rico y pode­roso cocodrilo Lacoste o tiburón Citroën, es que tonto no eres y que te quie­res arrimar, como Lázaro, a los buenos y ser uno de ellos. Si tu respuesta es Algún día terminará esta desigualdad, estás en el grupo de riesgo. ¶ Me escupen: ¿qué haces tú por arreglar lo que criticas tanto? Nada absolutamente, señor, señora, como Groucho Marx yo tampoco me levanto. Ya es algo si no añado crueldad a la crueldad de los periódicos de ustedes, si en los límites del juego no soy cómplice, ni añaden más vergüenza con mi voto. Ya es mucho si converso con la rabia que siempre va conmigo y dejo un acto solo o un verso que merezcan la pena en el recuerdo de los míos.

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En Cóbreces, mis titos tenían el normal olor a vaca de quien se acuesta casi con ellas, pero las vacas eran suyas, alguno tenía hasta veinte, y las callosidades eran de darle al dalle, al rastri­llo y a la horca en mieses que eran suyas. Campo por campo, no eran mis titos jornaleros. Pequeños ganaderos y propietarios de suficientes carros de tierra (allí todo se medía y se valoraba en carros de tierra) que les daban para tener a sus hijas en los mejores colegios y ca­sarlas luego con una buena dote. Mis titos eran más ricos que mi padre, que ni siquiera podía venir a veranear hasta Cóbreces, que nos facturaba a mi madre y a nosotros en el tren y él se quedaba trabajando en Almacenes Arias todo el mes de agosto como un capu­llo, como un pringao o como un bendito. Esa es la historia. Parte de los pro­blemas con mi hermano venían de que él se ponía de labriego del lado de mis tíos y, en cambio, yo prefería mi pandilla, Nacho, Servando, Salgado, los de la Fonda, antes que ir con mis titos a la mies. Mira tu hermano, decía mi madre. Ustedes no saben lo que duele que tu madre te diga mira tu hermano.

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El abuelo de la madre, Agustín Martínez, de Novales, da la estampa del montañés indiano que embarca en Cádiz a Cuba, vuelve con alguna plata y abre tienda de ultramarinos y coloniales. Estamos en Cóbreces entre dos siglos, barrio llamado La Carrera, punto kilométrico 16 de la carretera que va de Santander por la costa hasta Oviedo, entre Santillana del Mar y Comillas, cerca de Toñanes, el pueblo de la abuela Vicenta Martínez, prima carnal antes que novia y mujer. Un hijo de Agustín y Vicenta, el abuelo Daniel Martínez, que talando el monte murió joven aplastado por un árbol, dará nombre al primer varón que tenga su hija mayor Josefa, Pepita. Y allí los titos en in, Agustín, Toñín, Gorín. Chus era María Jesús, una amiga que me empezó a gustar, y Sarín, la mujer del tío Agustín que nos pilló una tarde a Chus y a mí tan a gustito, fuera de compostura, y se chivó a mi madre. Yo había cumplido ya los 18 y no tenía edad para aguantar ciertas cosas. Al verano siguiente dejé de ir por Cóbreces. En mis bolsillos bullían otros futuros que en el pueblo, como mis pantalones, me quedaban cortos. A tu casa irán como quien va buscando Tartessos.



Francisco y Pepita, el origen, fecha antes del 1951, 27 diciembre, cuando se casaron en Cóbreces.

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