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poesía y canción (en las nubes o en la nube).

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Poesía y canción eran lo mismo (las coplas de Manrique fueron coplas) hasta que el verso libre o poema en prosa abrió un cisma entre una y otra, juglares y trovadores y pueblo llano, que los tres cantaban. El poeta (culto) del siglo 20 pudo tener un pésimo oído y ningún sentido del ritmo ni del compás. Su poema lo imaginaba en libro, impreso en páginas de imprenta: la poesía había dejado de cantar. Y el poeta, como un genio instalado en su torre de marfil, vivía en las nubes. Que todo como un aura se venga para mí, pidió Manuel Machado.

Llegaron los cantautores (de repertorio mixto) que rastrearon en la poesía clásica y contemporánea. Y los versos de Manrique, y hasta del Arcipreste de Hita, se volvieron a cantar (mayormente a la guitarra). La cumbre de ese reencuentro entre la poesía culta y la canción (pura fusión) yo la sitúo en la ópera Omega, de Morente y Lagartija Nick, el año 1996. El verso libre de Poeta en Nueva York, de García Lorca, por fin, a compás.

Sobre ese panorama nacional, y europeo, el rap que venía de América siempre fue entonación, aquí diríamos canción protesta. Su inconveniente: un tono entre la predicación y el mitin político que puede parecer pedante egolatría de barrio y redención personal, que también es algo religiosa.

Ahora que los libros de imprenta desaparecen o tienen que imaginarse en la nube, en digital, el universo pop (popular) de la canción todavía nos ayuda a enamorar, a socializar o a sobrevivir. Y el universo culto de la poesía nos hace seguir perteneciendo a (o llamar a las puertas de) un elenco formal, académico y restringido: eso que llaman (y habrá quien crea en ella) la cultura.

Omega.

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Ya no recuerdo si yo regalé el disco a mi hijo o si mi hijo me lo regaló a mí. Fui a Omega como quien va a un musical (el documental habla, el musical canta, toca y baila, escenifica). En un momento dado, muchos, según avanzaba la película, llegó a molestarme tanta palabra. Yo quería oír y ver Omega en directo, Omega en estudio, inéditos y tomas falsas de Omega, las pistas extras (o bonus tracks). No pudo ser. A ver si el equipo se anima y hace de Omega, el disco, lo que se hace con estrenos de ópera y con conciertos que marcaron época o tendencia: una grabación (sobre una grabación) histórica.

Leído en Tinta de calamar (2014):

TdC-717: El último vals (The last waltz, 1978), de Martin Scorsese, es una película o documental musical de 117 minutos, con Eric Clapton, Neil Diamond, Bob Dylan, Emmylou Harris, Van Morrison, Ringo Starr y Neil Young, entre otros, quienes participaron en el último concierto del grupo de rock The Band, dado en San Francisco en noviembre de 1976. Pero el último vals fue en realidad pequeño y vienés, Take this waltz, canción de Leonard Cohen, de su álbum I’m your man (1988), adaptación del Pequeño vals vienés de Federico García Lorca, a quien Cohen admiraba tanto, que su hija se llama Lorca. Ocho años después, la canción de Leonard Cohen fue interpretada por Enrique Morente y Lagartija Nick en su álbum Omega (1996 y 2008). Dice Albert Lladó que Morente sabía que juntarse con un grupo de rock indie podía afectar a su carrera. Lorca no era nuevo en el flamenco. Estaba el Lorca claro de La leyenda del tiempo de Camarón, de 1979, y Morente iba a atreverse con el Lorca más oscuro. Por el flamenco corrían tiempos de fusión y lo de más era mezclar flamenco y rock. Lo de menos, llegar a un acuerdo con Leonard Cohen. Había por medio un batiburrillo de derechos de autor, familia Lorca al fondo. En 1993 Enrique Morente y Leonard Cohen quedaron en el hotel Palace de Madrid. Ni Cohen hablaba español ni Morente inglés, pero hubo química. Omega iba creciendo. El cantaor llamó a los mejores, Vicente Amigo, Cañizares, Isidro Muñoz, Tomatito, y a su hija Estrella. Yo estaba loca por llegar a casa, soltar la carpeta, sentarme a la chimenea y escuchar qué se le había ocurrido esa tarde a mi padre.

TdC-720: Alberto Manzano, escritor y traductor de Leonard Cohen al español, se sintió frustrado cuando vio que Morente hacía con sus textos lo que le daba la gana. Mis adaptaciones las cambió a su antojo in situ, sin consultarme. Enrique Morente Cotelo (1942-2010) no era cualquiera. Se había ganado el respeto de los puristas y había impartido conferencias en la universidad. Omega no es un trabajo que busque la belleza blanca y unidireccional, lo estético por lo estético. Es un canto a los muertos, un réquiem que sangra modernidad que nos lleva al Lorca más jondo. El guitarrista Juan José Suárez, Paquete, recuerda que el maestro le preguntó qué le parecía el disco y que, al contestarle Muy bonito, el cantaor replicó Yo no quiero que sea bonito. En plena grabación murió la madre de Morente y el hijo entiende que Omega, poema para muertos, dará título al álbum, que será un canto a los que ya no están. Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta. Además de Take this waltz, en Omega hay otras tres canciones de Leonard Cohen. First we take Manhattan, Priests y Hallelujah. Que me perdone Ana Belén, que también cantó el vals, pero cuando escucho Omega tengo que ponerme gafas de sol. Poema de ida y vuelta, de Nueva York a Granada, de Granada a Montreal y de Montreal otra vez a Granada, Pequeño vals vienés lo escribió Lorca el 13 de febrero de 1930. Morente murió el 13 de diciembre de 2010. Porque te quiero, te quiero, amor mío, en el desván donde juegan los niños.

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