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cantar y contar (con Salvador Compán).

El-hoy-es-malo-pero-el-mañana-es-mío

(Artículo de Alejandro Luque, pinchando aquí.)

(Salvador Compán entrevistado por Jesús Vigorra en Canal Sur, pinchando aquí.)


cantar y contar. Por alguna razón ‑bastante obvia‑, la poesía es género de adolescencia y juventud, y la prosa se alcanza con los años. Es lo que vimos en Antonio Machado. El mito está en morir joven quien los dioses aman dejando una obra única. O la chulería de Arthur Rimbaud, quien abandonó la literatura a los 19 años. Entre mis amigos, el camino verso prosa, de poetas novelistas, lo han andado Juan Cobos Wilkins (1957), J.J. Díaz Trillo (1958) o Manuel Moya (1960). A su lado tengo quien no se movió de la prosa, novelistas o cuentistas, como José María Conget (1948), Salvador Compán (1949), Juan Villa (1954) o Hipólito G. Navarro (1961). Mi conclusión provisional es: aunque el poeta se vista de novelista o dramaturgo, poeta se queda, lo cual no es ni un mérito ni un demérito, sino una marca de agua. Y entiendo cuando se habla de narradores de raza. Véanlo, si no, en la última novela de Salvador Compán, El hoy es malo, pero el mañana es mío, que vivamente les recomiendo. Con novelas así, diga usted ahora que la novela está muerta.

Salvador Compán

(Artículo de Alejandro Luque, pinchando aquí.)

(Entrevistado por Jesús Vigorra en Canal Sur, pinchando aquí.)

Manuel Moya. Europa

manuel moya

Manuel Moya, Europa recitado por el autor.

Pinche en Europa y, mientras escucha y ve, haga el karaoke poético siguiendo el texto original:


Manuel Moya. CANTO A EUROPA

a Fernando Cabrita

¿De verdad que queréis que cante a esta, la ramera a la que llamáis Europa,

la que ha sembrado una y mil veces sus campos de cadáveres

y luego, cuando aún no se habían acabado de pudrir esos cadáveres,

ha hecho subir al púlpito a un tipo bajo una peluca de estiércol y de brea,

para que desde allí diera lecciones al mundo y hablara de historia, bla-bla-bla-blá,

de filosofía, bla-bla-bla-blá y hasta de poesía, bla-bla-bla-blá,

pisoteando y adormeciendo una vez más a los vencidos,

es decir, a los muertos, a los miles de muertos que estercolan su nombre

de ramera barata, de puta vieja y bastarda? ¿Es que aún podéis cantar a esta fulana?

¿Os queda sangre en las venas? ¿Tenéis las rodillas y el cerebro en vuestro sitio?

¿De verdad queréis cantar a Europa, queréis que os meta por los huesos

y sin rubor alguno la novena de Beethoven o un epigrama de Arquíloco?

No me pidáis, por lo que más queráis, que cante a esa desgraciada, a esa hiena

que inventó los ghettos y los muros, que incendió Béziers, Constantinopla y Roma,

que dejó Varsovia o Praga sin un mísero judío y mil veces asoló Polonia.

Conozco sus melindres, he visitado sus castillos, sus campos de exterminio,

sus trincheras abatidas por las zarzas,

he avistado cruces que se retorcían en sí mismas como venenosas serpientes

que subieran a los riscos y gasearan con sus lenguas a los pájaros del mundo.

¿Esa es la Europa que hoy queréis que cante? Mirad. Por cada catedral dorada,

por cada vitral magnífico, por cada cúpula de Brunelleschi,

cientos de cabezas fueron hincadas en las plazas y cientos de vientres despedazados en las Ardenas,

por cada mujer asomada a una sencilla ventana en Delft,

cien mil Guernicas obturan el llanto y la rabia de las generaciones.

¿Recordáis sin rubor el nombre de Bruno?

Hay en Roma una plaza donde aún se recuerda el exacto lugar de su martirio.

¿Visteis a Nietzsche o a Baudelaire descender hasta donde sólo se hallaba la locura,

sabéis dónde acabó Quevedo o quiénes despidieron a Mozart?

Aun así, ¿pretendéis que cante, si cuando al abrir la ventana

en vez de hombres y mujeres libres, lo que sigo viendo

son hombres enganchados a las alambradas, sangrando por los ojos y por el recto,

hombres flotando en el mar, mientras tipos con cirios o con coloridas pegatinas,

tipos que se untan con desodorante y escancian vinos que no saben apreciar,

se reúnen para cantar a la Europa bendecida por la historia (¿por qué historia, imbéciles,

decidme, por qué historia?), ¿acaso la de los Campos Elíseos, donde tantos han desfilado

con banderas espurias y cobardes, la de los reyes sentados en sus tronos de pan de oro,

la Europa de la imprenta, la de Hamlet sosteniendo la calavera,

la del Quijano liberando a los galeotes? Pero yo os digo que hay otra Europa,

la Europa de la cárcel de Reading, la del Partenón bombardeado,

la Europa de Srebrenika, de Voćin, de la plaza de toros de Badajoz,

la del fuerte de Caxias, la Europa de Cracovia, la del destierro de Dante,

la Europa de la carretera de Málaga a Almería, la del invierno de Stalingrado

o de las heladas cunetas pirenaicas.

¿De qué Europa estamos hablando? ¿Os dice algo Celan, Lorca,

Coventry, Sarajevo, Dresde, Dachau, Treblinka, Walter Benjamin o Ajmátova,

será necesario que os recuerde quiénes esclavizaron África, de qué puertos salieron los esclavos,

quiénes diezmaron América del Norte y del Sur con sus enfermedades y su ruindad

y sus endiabladas cruces, con sus alabardas y sus wínchesters,

por qué horror hubieron de pasar hasta mañana mismo

los gitanos o los disidentes o los pobres de todas las Europas?

No me hagáis cantar porque no quiero cantar a esta matrona

que incendia los pinares, que mata sus océanos y arranca el oro de las dentaduras

a quienes ya están muertos y luego escupe sobre las tumbas heladas

y anónimas de los bosques alsacianos.

No quiero cantar a Europa. No, no quiero cantar a esa ramera

que mañana mismo, en cuanto se olvide de sí misma,

volverá a blandir su sacrosanta espada para decapitarnos vivos otra vez,

mil, diez mil, un millón de veces.

Que la zurzan, que la borre de sus anales la historia,

que la próxima glaciación la sumerja y, como la Atlántida, sea motivo

para poetas desquiciados como yo que buscan la gloria en el estiércol,

única cosa de la que, con razón, puede jactarse Europa.