el castellano como lengua muerta.

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A Irene Menas, que entre te comparto o comparto contigo se preguntaba ¿Por qué habríamos de elegir el castellano del siglo 18 como el correcto? Según ese criterio, podríamos reivindicar el castellano medieval o, ya puestos, el latín.

Nos guste o no, las lenguas en la aldea global van a ser dos. Por la parte aldea, la nativa materna o vernácula, y, por la parte global, la franca de intercambio (coiné). Lenguas hoy tenidas por oficiales responden a un concepto nacional político que se irá perdiendo ante repartimientos mayores (Europa, Onu) o menores (regiones, comarcas, tribus). Un andaluz hablante y un catalán habrán de ser ¡siempre! de su idioma de origen, pero podrán prescindir del castellano que pasaría a tercera lengua si por segunda posicionan el inglés, mientras guardan su román paladino para hablar con su vecino.[1]

Hoy, además, sobre todas las lenguas y dialectos pesan dos economías impuestas por el lenguaje de máquinas que es Internet: taquigrafía (abreviaturas, atajos, pre escritura, iconos) y conteo de caracteres.

En ese panorama, el castellano quedará como poderosa lengua muerta literaria y como lengua viva de las diversas castillas, solo que a la misma altura poblacional que el gallego, el andaluz o el guaraní. A ese nivel, fenómenos como el dequeísmo o los diversos polisíndetos no hacen más que ir contra la lengua muerta y contra la lengua viva; también decir lo flipo donde bastaba flipo.

El castellano del siglo 18, el castellano medieval o el latín seguirán como lenguas de cultura. Y, a los hablantes vivos, seguiríamos aconsejando: lo bueno, si breve, dos veces bueno, sin anglicismos innecesarios ni partículas ni giros que no hacen más que ruido, señales penosas de pedantería o esnobismo. ¡Cuánta nueva profesión, sin sus gerúndings y sus ofíciers y sus podcast, se queda en absolutamente nada!

¡Y cuanto pleito por los nacionalismos lingüísticos!

Os lo comparto, por si hace avío y os apetece megustearlo.


[1] La revista de traducción El Trujamán (Centro Virtual Cervantes, 9 de mayo de 2002) publicaba el siguiente artículo utilizando la célebre pregunta de Rubén Darío ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? (poema Los cisnes, de Cantos de vida y esperanza, 1905). Responde Julia Escobar: «Ya conocemos la respuesta. Nadie puede zafarse a su evidencia, ni siquiera los franceses. (Lionel Jospin, primer ministro francés, 1997-2002, dijo en la Unesco que ya estaba resignado a admitir la necesidad de saber inglés.) Me gustaría hacer algunas sugerencias para que el inglés sea útil pero no fatal: Que se recurra a él cuando no haya más remedio o como hipótesis de trabajo en las comunicaciones múltiples, rápidas e incontrastables. Esto es casi obligatorio en los mensajes enviados por correo electrónico a grupos de personas de distintas nacionalidades, con independencia de sus otros conocimientos lingüísticos. Ejemplo A. Un interlocutor checo que no sabe español se dirige a mí que no sé checo; de mejor o peor manera, utilizaremos el inglés. Ejemplo B. Me dirijo en francés a un interlocutor francés y él me contesta en inglés. No volveré a escribirle.»

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