crítica del nacionalismo.

El nacionalismo ha sido y es uno de los grandes divisores de la humanidad, un factor añadido a los que ‑de manera casi natural‑ nos separan al nacer por raza, sexo y condición.[1]

Hay nacionalismos centrífugos y nacionalismos centrípetos, con dos factores, uno económico y otro patriótico. Por economía y patriotismo fue la independencia de los Estados Unidos (1776). Económica y no patriótica sería la adhesión de Puerto Rico, como Estado 51, a los EEUU. Anti económica y patriótica fue nuestra Guerra de Independencia (1808). Y ahí tenemos Gibraltar (provincia inglesa desde 1713), como tuvimos la anexión de Portugal por España (1580‑1640), por no hablar de la explosión de nacionalismos al final de la URSS.

Se induce a la población española a pensar que el catalanismo se basa en un sentimiento de superioridad (podría decirse: ¡como todos!) y que la cuestión catalana es cuestión de toda España, cuando la historia demuestra lo contrario: se independiza quien puede y sin consultar más que a su propia masa interesada (vale decir: todo es Brexit).

(1º) No está prohibido votar (pensar, refrendar) siguiendo intereses propios, de grupo o región. (2º) La solidaridad interterritorial ha de ser negociada, y no forzosa. (3º) A una región no dependiente ni subvencionada, el independentismo de otra le daría igual. (4º) En términos Cataluñexit, lo que importa es el día después: balanza interior, tratados de amistad y cooperación, etecé, etecé. (5º) Con Cataluña independiente, a Europa, España y Andalucía les podría ir incluso mejor.

El obstáculo legal radica en la inconstitucionalidad del Procés. Olvidan que la Constitución de 1978 cambió la de 1931, de la República, que contempló las nacionalidades sin romper, por ello, la unidad de España. Al Tribunal Constitucional, guardián de leyes, ahí querríamos verlo.

Por último, al patriotismo anti catalanista no se le oye cuando gritamos ¡Gibraltar, español! y ¡bases, fuera!,[2] que tan bien suenan en nuestros oídos, no menos patrióticos que los suyos.

[1] Por comparación con raza, sexo y clase social, son artificiales las diferencias por patria o religión, que deberían enmudecer pro ciudadanía de Naciones Unidas. La Constitución Española establece que no puede prevalecer discriminación alguna por razón de (1) nacimiento, (2) raza, (3) sexo, (4) religión, (5) opinión o (6) circunstancia. –1, 2, 3 vienen determinadas. –4 y 5 son adquiridas. –en 3 hay que distinguir sexo, que es sistema (masculino / femenino / no marcado), de sexualidad, que es acto y pide libertad.

[2] Hasta que España entró en la Otan, 1982. Memoria y desmemoria de la transición.


 

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