¿Los Domingos o Sirāt?

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Premios Goya. ¿Por qué debe ganar el Goya Los domingos y no Sirāt? Aunque la crítica la ha encumbrado de forma desmedida, la irregular película de Oliver Laxe no llega a la altura de la joya de Alauda Ruiz de Azúa. Iván Reguera, Diario Red, 22/01/26.

Los domingos, de Ruiz de Azúa, sobre una adolescente que quiere meterse a monja de clausura, es mucho mejor que la de Laxe, sobre un padre que busca a su hija entre raveros que celebran fiestas en el desierto. La de Ruiz de Azúa, casi un Bergman rodado en Bilbao, perdurará porque es puro cine. La de Laxe no. Pero mejor explicar por qué. Los domingos, magistral película sobre renunciar al dolor de vivir. Un drama brutal, desasosegante y triste, parece que tiene una protagonista, pero en realidad tiene dos. Una es Ainara (estupenda Blaca Soroa), una adolescente bilbaína que quiere ser monja de clausura en pleno siglo 21. La otra es su tía Maite (enorme Patricia López Arnaiz), una mujer dura y con muchos frentes abiertos: su crisis de pareja con Pablo, la vejez y enfermedad de su madre y el conflicto financiero con su hermano Iñaki, que se ha jugado en un negocio hostelero la casa de la que es heredera. A estos conflictos se une el de su sobrina, obsesionada con encerrarse en un convento de por vida, el gran conflicto de la película. En su fabuloso guion, Alauda Ruiz de Azua muestra el camino a esa clausura y lo hace con exquisito gusto y talento y sin manipulaciones baratas. La escritura y dirección de Los domingos es tan inteligente y delicada que para unos espectadores puede ser una película sobre una durísima pero respetable decisión y para otros, mi caso, una película de terror psicológico sobre una niña con enormes agujeros emocionales y problemas mentales que es raptada por una secta. La católica, una de las más poderosas del planeta, y todavía influyente en la burguesía vasca a la que pertenece Ainara. Además de recordar cómo los seguidores del dios del amor se meten demasiado en las braguetas y las sábanas de la gente, Los domingos es una película llena de verdad. Ahondando en el terror, al volver a verla, me dio por pensar que Los domingos es como El exorcista, pero el revés: una niña poseía por dios en vez de por el diablo. De hecho, Ainara está continuamente deseando ser poseída por dios, entregarse a él en cuerpo y alma, como bien demuestra la brutal escena en el funeral de la abuela, la mejor y más desgarradora de la película y en la que ella repite, mirando al altar y delante de su propio padre, “Porque tú eres mi padre”. Su padre es dios, ya nunca su aita. Como iremos descubriendo, la joven perdió pronto a su madre, una mujer con problema mentales, como apunta su abuela (“Menuda loca de madre tenía”). Y esa necesidad de posesión cristiana también es culpa de Iñaki, el ausente padre de tres hijas, un tipo que no escucha, egoísta, clasista, nacionalista, fatuo y mentiroso, un discapacitado emocional que no ve especialmente grave que Ainara sea raptada por una secta que le va a ayudar a ahorrarse los futuros estudios de su hija mayor. Y su hija lo sabe y ya solo siente piedad por él. Maite, la tía, es la única que se enfrenta, como la heroína que es en esta historia, a la brutal renuncia vital y emocional a la que va directa Ainara, a la posesión. Ya desde el inicio, en una iglesia, le dice a su hijo: “Tú no te fíes de los curas”. Maite no cree en dios, pero, como tantos vascos, sigue el paripé litúrgico de bodas, bautizos y comuniones. Maite es un maravilloso personaje que cuestiona la autenticidad del amor a dios de su sobrina cuando su amor a Pablo, su paciente pareja, se hace añicos. Y es Pablo el que suelta una de las grandes frases de la película cuando simula hablar con dios ante la incomodidad de Ainara y el enfado de Maite: “No te lleves a Ainara, la necesitamos”. Pablo da en el clavo. Ainara se va a encerrar entre rejas y entregarse a eso que llaman dios mientras su abuela, que la necesita, se muere. Fanática, Ainara renuncia, por huir de la mezquindad, el dolor y la frustración humana que le rodea, a amar a los que realmente la necesitan, al amor verdadero. Renuncia al amor de su tía, de sus hermanas pequeñas, de su padre, de sus amigos y del chico que le gusta. Su apuesta es una absurda y fanática inmolación que Maite no puede evitar ante una gélida Madre Priora (una estupenda Nagore Aranburu). Además de recordar cómo los seguidores del dios del amor se meten demasiado en las braguetas y las sábanas de la gente, Los domingos es una película llena de verdad y humanidad y que duele. Sobre todo, porque recuerda que muchas tinieblas familiares, algunas irresolubles de por vida, explotan en las mesas comedor y sobre todo en las cocinas. Los vascos somos muy de cocinas.

Sirāt. Uno entiende, y hasta celebra, lo que quiere contar Oliver Laxe, junto a Santiago Fillol, su guionista habitual, pero no cómo lo cuenta. La forma es brillante, el director de fotografía Mauro Herce, nominado al Goya, ofrece un gran trabajo. También destaca el sonido de Amanda Villavieja, Laia Casanovas y Yasmina Praderas (hay 19 personas implicadas en el fabuloso sonido de la película) y, por supuesto, el de El Deseo, empresa de Pedro y Agustín Almodóvar, en una producción poco habitual en el cine español. La intención de Laxe es hablar del fin del mundo, de un Primer Mundo desnortado (representado en unos nómadas, algunos con piernas y manos amputadas, que se dedican a bailar en el desierto) y un Tercer Mundo en guerra (militares marroquís y los pocos oriundos que se encuentran en su camino). Y aunque en el filme se habla de una Tercera Guerra Mundial, nunca sabemos nada de ella, ni sobre los bandos, ni sobre las causas. A Laxe no le importa. Sirāt, lo sabemos nada más empezar, en los créditos, es el delgado puente entre el infierno y el paraíso en el islam, representando la delgadísima línea que separa la vida de la muerte en un mundo sin rumbo. Así, los nómadas entregados a las raves en el desierto escapan de un mundo que se encamina a la catástrofe. En fin, lo que presenciamos cada día en el televisor o el móvil. Esta es la teoría, la intención “filosófica”. Luego está la trama y los personajes, que es donde Sirāt se encamina al verdadero desastre. Su protagonista es Luis, un hombre que busca a su hija, desaparecida y aficionada a las raves. Lo acompaña su hijo Esteban y su perrita Pipa. Lo primero que se pregunta el espectador es qué hace exactamente este individuo, un tipo pasmosamente simplón, en ningún momento atractivo como personaje, con un menor al que obliga a dormir a la intemperie en pleno desierto. Tampoco sabemos absolutamente nada de la madre de la desaparecida. Para colmo, cuando un grupo de militares armados obliga al convoy a abandonar la zona, al tal Luis no se le ocurre otra cosa que zafarse de ellos para seguir por las montañas poniendo a su hijo nuevamente en peligro. Y todo en un contexto terrible: el tipo sabe que el mundo acaba de entrar en una emergencia mundial y sigue a lo suyo, sin priorizar la protección de su hijo menor. En el transcurso de la trama, morosa, repetitiva y plagada de diálogos de una pobreza asombrosa (“Necesitamos ir”, “Os vamos a seguir igual, no nos queda otra”, “Es que soy imbécil, no teníamos ni que haber venido, ¿qué hacemos?”), no sabemos absolutamente nada más de los personajes, su pasado, de dónde vienen, a qué se dedican, por qué la hija optó por las raves… Un desastre. Tras unas escenas de relleno bastante desagradables, como la de la perrita contaminada por haber comido una cagada humana que contiene Lsd o la de un hombre usando el muñón de su pierna a modo de marioneta, llega la escena más polémica de la película, cuando el niño, Esteban, se despeña mientras jugaba con Pipa en el coche de su padre, que reacciona desgarrado. Bueno, casi, porque el desgarro lo tiene que mostrar un actor tan limitado como Sergi López. A partir de este disparatado giro, Sirāt, cuyo título aparece en pantalla transcurrida media hora (así de transgresor es Oliver Laxe, amigos), se despeña, como el niño y su perra. Su ritmo sucumbe a la repetición y la lentitud, los personajes vagan sin rumbo y en la escena que cierra el filme los personajes empiezan a volar por los aires en un campo de minas. Pero a los dos que quedan los salva Luis porque, drogado hasta las trancas, ha caminado sobre el campo minado “sin pensarlo”, un cierre de una baratez filosófica y un ridículo que asusta.

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