
Ahora que Diego Carrasco me mueve a perrear por su libro Vida de perro o Bartolo (entre holgazanes, ganaderos, cobradores y cazadores, hembras o machos, enteros o en celo y operados) caigo en la cuenta que yo, sin haber sido nunca dueño de perro, he tenido entre mi entorno, y sin merecerlo, las cuatro especies con sus tres estados de perros holgazanes o ganaderos, perros cobradores o cazadores, y con algunos a mi cuidado como canguro coloquial de caninos que he sido, idéntico papel de cuidador que Diego Carrasco adopta para darnos su guion hacia su libro o su diario Bartolo.
Perro de papel fue el gran danés que dejó sin pichula a Pichula Cuéllar en Los cachorros de Mario Vargas Llosa, novelita de 1967, trece años yo como él, los dos nacidos en el 54, y con el mismo pánico. El salto del potro o del plinto fueron pruebas que nunca en gimnasia pude atravesar o trasponer. Menos mal que hacían nota media con Formación del Espíritu Nacional, la pelma FeN de las oscuridades franquistas.
Perros holgazanes y escolares tuve durante mis vacaciones de verano allá en Cóbreces, Cantabria: perros caseros y perros ganaderos que acompañaban a la vacas, mastines sin cuernos pero casi tan grandes como las pacíficas lecheras suizas, que más parece que mis titos los sacaban de acompañantes desde la cuadra hasta la hierba o la ida y vuelta también hasta el pilón de la fuente para que hiciesen algo de ejercicio, no porque al rebaño hiciera o hiciese falta ni porque añorasen su compañía.
Tras esta juventud de ordeño y mando, perros de familia o perros a mi cuidado he tenido dos, que nombro por sus nombres: Woody (o Budi), de nuestra Judy Mercer con ecos de Woody Allen, y Capitán, por Inma y Javi, perro adoptado y soñado.
Woody o Budi fue un chucho perro callejero con cruza de golden retriever, (perdiguero de oro), perro cobrador desde 1850 en Escocia, hoy octava raza más popular en Reino Unido. La caza de las aves necesitaba un perro que pudiera recoger los pajaritos muertos de las aguas y de las tierras húmedas. Los primeros perros perdigueros se cruzaron con los mejores perros de aguas. El perro se crio por primera vez en Guisachan en los dominios de sir Dudley Marjoribanks, después barón de Tweedmouth, de las Tierras Altas escocesas.

Capitán era un podenco andaluz, que es de las razas más conocidas dentro de la familia de los lebreles: descienden de perros egipcios que llegaron a nuestras tierras hace más de 3 mil años. Como perro cazador, siempre está alerta; sociable y cariñoso, inteligente y equilibrado, son excelentes compañeros de vida, increíblemente leales, rara vez agresivos, sabiamente desconfiados, por lo que es aconsejable trabajarles la llamada o recall para garantizar su seguridad durante los paseos, aconseja kiwoko.com.
Woody vino como el perro de compañía que yo he podido comprender mejor: el perro galán o guardián de la señora o señorita que vive sola y practica horarios y movimientos en total independencia y libertad. Estoy hablando de una dueña inglesa que se movía por Sanlúcar de Barrameda dando inglés a las altas clases bodegueras, y que estaba al cumplir los 50 años de edad el año 2005. No han sido nunca las mismas calles y las mismas horas para hembras de fina estampa que para varones de vuelta de capa de sombrero. Tener un perro amigo era femenina prevención contra los malos piropos nocturnos y, de ahí, en adelante, contra los malos rollos que pudieran seguir.
Mis tratos con Woody fueron siempre más que cordiales por la arena del Macario, chiringuito número 1, por el paseo marítimo de las Piletas, y por la recta de Salvador Gallardo, hacia la residencia de Judy. Nada más que me podía quejar de los excesos de mimo del animalito. Judy acostumbraba a darle de comer de su misma ración o de su mismo plato que, siendo nosotros de plan de tapas o platos compartidos, nos distanciaba en la mesa. Igual costumbre en la cama, cuando Judy hacía noche en nuestra casa y se acostaba a Woody con ella; más que un perro, en la mesa, un niño chico y en la cama, una pareja o marido. Yo era gentil como Woody cuando lo sacaba de paseo por la mañana y Woody me respetaba y me obedecía como si yo hubiera sido un cuidador de perros toda la vida. En Sanlúcar no era difícil acostumbrar al perro a cagar sobre los arbolitos en sus alcorques o arriates o a cagar sobre las arenas de la playa, obra que yo enterraría como el mayordomo mejor señor. Y en Sevilla con poder salir a la calle Torneo, se lograba espacio verde semejante de manera que no hubiera que manchar o violentar la urbanidad de nadie por las aceras.
Capitán, en cambio, fue un perro abandonado por la cuneta que Inma y Javi vieron pasar junto a su ventana de carretera en coche en uno de sus viajes fin de semana. Fue en navidad 2013 yendo y viniendo de El Palmar de Vejer a Conil, por el camino de Emilio hasta la N340 hacia Sevilla. Por la cuneta, un podenco andaluz a Inma y Javi los saludaba con tristeza o con ternura. Era una señal. Pararon, cogieron al perro y se lo llevaron a pasar noche en el chalet del camino. Y por la mañana el perro ya no estaba. Al volver de regreso, el perro capitán en su misma cuna de cuneta y en su mismo rincón de carretera estaba. Por lo que Inma y Javi al mismo perro capitán adoptaron como madre y padre hasta Sevilla. Capitán -cuenta el Javi o Javitooh! de mi historia- fue el nombre que Javi había soñado aquella noche que le pondría, y Capitán se quedó con el mejor de los nombres caninos. Cuando hicieron el viaje los cuatro Villalobos Moya a Nueva York, yo me quedé en Sanlúcar con Capitán, y eso fue en otoño 2014, el profesor Daniel Lebrato recién jubilado. La de cosas que Capitán y yo conocimos son para más largo perrelatar. Capitán murió como muere un joven con poca cabeza, atropellado por cruce de coche por paso cebra con semáforo, por la larga de Juan Rabadán hasta Torneo exterior, corriendo él ya en amarillo~rojo detrás de Javi su dueño, que iba cruzando en verde~amarillo como en carril bici, en bicicleta. Ese cruce desde Juan Rabadán a Mercadona Plaza de Armas lo habíamos hecho Capitán y yo un montonazo de veces, tan colegas y tan a gusto. Basta ver las fotos. Lloro por él y por el año 2015. Woody había muerto de viejo allá por el año 2010. Si por amor de perro fuera o fuese, yo habré muerto también del 10 al 15. Que alguien diga por mí Descansó en paz.



Lectura: Diego Carrasco. Bartolo. Vida de perro. 180 páginas, 20 euros, Athenaica Ediciones, Sevilla, 2025.
