
Cuando usted viene a la Feria de Abril o a los Toros en la Real Maestranza de Sevilla, viene usted votando Pepé o Vox y Casa Real Española, vote usted por la 3ª república o se abstenga. Y si usted entra a una iglesia por una boda o bautizo o por un funeral, entra usted por el Pepé y Vox, vote usted Izquierda Unida o Nueva Izquierda. Y si veranea usted en Playa de Rota, veranea votando Princesa de Asturias con Casa Real, al Pepé y a Vox con Donald Trump, vote usted lo que vote.
La democracia fue un titirimundi que abrió al público en Atenas siglo 5, Londres 1649, Filadelfia 1776 o París 1789. Que brilló durante todo el siglo 20, frente al fascismo y al estalinismo, hasta que la urna de las urnas se quebró de once de septiembre de 1973 a 11 de septiembre de 2001. Ayer le echaron la culpa a generales golpistas con la Cía de Henry Kissinger, hoy a ultras como Donald Trump como primer operador. Esta es la historia:
Dejando aparte los viejos estados confesionales (Reino de Armenia, año 301; Imperio Romano, 380), la moderna y contemporánea obsesión por las armas y las letras se produce en los estados europeos entre católicos y luteranos y calvinistas, Trento 1545·63 ~ 1648 Paz de Westfalia, siendo el cuarto el anglicanismo, con el monarca inglés, luego británico, como gobernador supremo. El anglicanismo tuvo su origen en 1534, con Enrique VIII, y sobrevivió a la ejecución de Carlos I, en 1649, y a la gloriosa Revolución de 1688, para una monarquía parlamentaria que todavía se enseña como admirable ejemplo y modelo de democracia. Tras la Guerra Franco Prusiana, 1870, y la Comuna de París, 1871, todo al final del siglo 19 trajo la expansión de las potencias de la segunda revolución industrial sobre las geografías de África y Asia. Inglaterra configuró la ruta de la India (1858) desde el canal de Suez (1869), dando lugar a India, Pakistán y Bangladés, en 1947, y al Estado de Israel, en 1948, lo que desconfiguró todo el Oriente con la complicidad del amiguito francés. Francia se caracterizó por la anexión de Argelia y Túnez, 1830, 1881, y Marruecos, 1912, creando en 1904 el África Occidental Francesa (Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Sudán) y en 1910 el África Ecuatorial Francesa (Gabón, Congo, Chad). En 1960 la invención de Mauritania alentó una África islámica bajo la patente del muy laico estado francés republicano. Total: los imperios del viejo mundo habían venido a recolonizarse, lo que dio el retablo de las maravillas del siglo 20: nuevas fronteras, nuevos ejércitos, nuevos estados nación y religión, nuevo el patrón oro, nuevo el dólar y nuevo el petróleo para más tarde nuevas misiones militares de paz bajo mandato de la Onu. Luego vendrá la amenaza de China como primer capitalismo y vendrán las tierras raras para la tecnología y la transición energética y, por último, vendrá Trump. Dentro de tanto nuevo mundo, ha habido tres constantes de sumisión: la social democratización de una izquierda anti capitalista, la culturización de un feminismo sin mujeres libres (mujeres islam, mujeres hindúes, mariquitas del orgullo gay), y unas repúblicas vastamente confesionales y con amplia base en el antiguo régimen: fuerzas armadas, religiones, monarquías, nobleza, ceremonias de honor y gloria. La democracia había sido un lapso del largo siglo 20 hasta extinguirse de once de septiembre de 1973 a 11 de septiembre de 2001: desde la caída de Salvador Allende, Chile 1973, a la llegada de Thatcher y Reagan, años 1980, a la caída del Muro de Berlín, 1989, como la Unión Soviética, 1991, o hasta las Torres Gemelas, 11 de septiembre de 2001. Reino Unido y Estados Unidos habían ido unos años por delante en los recortes que Francia y la Unión Europea, donde duraba el bienestar etcétera, pero espantarse ahora ¡Que vienen los fachas! o ¡Que viene Vox! porque viene Trump!, son ganas de tocarnos los micrófonos. Nuestra Historia había sido siempre muy de derechas. Lo que hacen sondeos y votaciones es aflorar lo que han dado de sí nuestras clases medias, tanto en las colonias como en las metrópolis. Donde hay espacio ejército y espacio monarquía y espacio religión, mal que nos pese, mundo dividido entre quienes piden y quienes dan, nunca va a ser de quienes piden, dígalo Sancho o dígalo el Lazarillo.
Por muy defectuosa que sea una democracia, algún valor demoscópico o estadístico sí que tiene: donde hay un dios, hay sus creyentes, clientela fija como unos fieles a pie de altar. Tras la 2ª Guerra Mundial, Usa, Inglaterra y Francia, las tres potencias aliadas, quedaron al mando de nuestros análisis y nuestras tertulias. Trump + Starmer + Macron son los Tres Mosqueteros de la Democracia con Netanyahu, cuarto y sin número. Y cuanto relatan de China o Rusia, por Ucrania o por Venezuela o por Groenlandia, son cuentos chinos para chinos. ¿En qué consistía y por qué falla el gran invento de la democracia? La respuesta es terrible, de simple: hay Vox porque alguien vota Vox y hay Trump porque millones votan a Trump. Basta fijarnos en la construcción de la democracia como sistema, ese juego de magia tan atractivo de una persona, un voto, con otras «igualidades», como la igualdad de oportunidades o la igualdad de todos ante la ley. La democracia, que doctores dialécticos habían diagnosticado como democracia «burguesa» y los burgueses edulcorado como «social democracia», «Estado de Bienestar», o «neoliberalismo», no se salva más que con la lucha interna que es la lucha de clases contra sus propias limitaciones de principios y de principio. La democracia era un ser vivo y no una estúpida idea de progreso vendida en sociedad de partidos donde cuatro siglas insisten con su pancarta que son de izquierda y de mucho progresismo.
El Norte Global, Occidente o Primer Mundo, responde al escrutinio: y lo que ustedes llaman Vox o Trump, o facha o facherío, son una expresión humana de sus amigos o de sus vecinos. Todo lo que usted está tocando, ya era de derechas aunque usted les siguiera el rollo. De ultraderecha o ultra conservadora, la social democracia, el Estado del Bienestar, la fiesta de los Toros, la nobleza y la Casa Real, las fuerzas armadas, la Ume, la Cruz Roja, el Gordo de la Lotería, la caseta de Feria o Cáritas como la alianza de las tres culturas, oenegés de Iglesia, como el Banco de Alimentos. De ultraderecha o ultra conservadoras las bodas, las comuniones y los bautizos. De ultraderecha o ultra conservadoras las fiestas, los jolgorios, las vírgenes y los cristos por los que usted ha transigido. De fachas o de otra época la fábula de tradiciones que las concejalías de cultura nos han vendido como turismo desde la Navidad a los Reyes Magos, el Carnaval, la Cuaresma y la Pasión, los Toros, la Feria, el Rocío, el Corpus, todas esas son fechas de familia numerosa, de idearios o programas del Pepé y Vox, mejor que de ningún otro bobo.
Sirva de cierre el penoso caso de mi Sevilla, ciudad exportadora de señoritismo a nivel mundial, que en este retablo de «El misterio que tiene Sevilla», libro de 2025, posa y se retrata como siempre había sido, la «ciudad de la gracia». Habla o escribe persona culta y bien preparada y vean el pasteleo que se gasta para no molestar al señorito en su cortijo. (Las comillas son nuestras:)
««La Feria de Abril es la fiesta del pueblo», pero no es solo la fiesta del pueblo, porque «todos la convierten en escenario de la felicidad». A la Feria de Abril viene gente de todos los lugares. Es un escaparate de la mundanidad, de las modas más frívolas, de los famosos de aluvión, de los influencers de la nada. Es la fiesta más criticada, pero «todos están aquí». Es la celebración que «demuestra a los de fuera todos los tópicos y prejuicios». Ese viejo «relato falso y cruel» de que los sevillanos solo viven para la fiesta y la diversión. También «para la mirada de fuera es una fiesta de señoritos»».
En decir «para la mirada de fuera es una fiesta de señoritos» su señoría para la mirada de dentro, se retrata, se retrata.
LA FIESTA SEGÚN SEVILLA
emisor y receptor
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apéndice
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LA FIESTA SEGÚN SEVILLA
emisor y receptor
La fiesta según Sevilla emite un rebujito equilibrado entre roles y clases y puntos de vista. 1º: Un equilibrio de roles masculino y femenino, con amplio espacio para lo no marcado. 2º: Una tregua social entre las clases altas, medias y bajas, desde una base feudal y caciquil hasta las últimas consecuencias del capitalismo. 3º: Una visión dominante del mundo, que es la del señorito y es quien realiza la hegemonía, (4º) por encima de los curas y de la Iglesia, con el arbitraje del ABC, que ha sido históricamente la prensa de referencia.
*hegemonía es un concepto de Antonio Gramsci (1891·1937) que afecta a la ideología, sistemas de ideas, doctrinas y creencias. El poder no actúa por el control del Estado, sino por la preponderancia cultural que las clases dominantes ejercen a través del sistema educativo, de las instituciones civiles y religiosas y de los medios de comunicación, para que las clases dominadas acepten su condición como algo natural. A diferencia del poder, que se manifiesta pomposamente por medio de la milicia, la justicia o la política, y de valores como patria o nación, la hegemonía se asume sin que se note.
*señorito, dice el Dile (antes Drae), es hijo de algo (autoridad, dignidad o categoría) y es también amo, con respecto a los criados, y joven acomodado y ocioso. señorito se aplica, sin marca de edad, a varón y, con marca de estado, a mujer soltera, sea o no pareja del señorito. Con rigor, señorito es un nombre epiceno (como lince o pantera) que incluye y vale por señorito macho y señorito hembra.
Muchachos de al otro lado de Nervión, del Tamarguillo, llamaron a sus muchachas canijas, de donde viene cani. Los cani se afirmaron como tribu nombrando por su nombre a sus contrarios, que eran los pijos del lado de acá de Nervión. Canis, pijos y flamenquitos coinciden en la predisposición de todos ellos para la fiesta y en que rara vez usan el despertador. Sus luces son las luces de bohemia y de ilusión y lo que ninguno quiere ser es un pringao.
Decimos sevillita al sevillano que, sin ser señorito, adopta formas y maneras parecidas a las de clase alta, o que siente los colores de Sevilla aunque Sevilla lo trate peor que a la bien pagá. Francisco Umbral usó sevillí para referirse al grupo hegemónico asociado a Felipe González y Alfonso Guerra cuando en 1982 el Psoe sevillano y el baile por sevillanas se pusieron de moda en Madrid entre la bodeguiya y los preparativos de la Expo 92.
Agua y aceite, otro señoritismo que hace escuela, el de los príncipes gitanos: farruquitos y flamenquitos de las Tres Mil que aportan su teoría del mundo y del vivir del arte, con su gitano look: su camisita planchada, su sombrero, su chaleco, sus anillitos o su bastón de caña. A la vera siempre, pero a su aire.
Otra marca de Sevilla es la identificación nacionalista de lo español con lo andaluz y de lo andaluz con lo sevillano, que se hace a su vez lo mejor de este mundo. Semana Santa y Feria, las de Sevilla. Y romerías, no compare, compadre, el Rocío con el camino de Santiago. Al forastero se le admite mientras rinda pleitesía. De otra forma, se le nombra por su nombre: catalanes, franchutes, madriles, saboríos.
Sevilla, narcisista, se publicita sola y con ayuda de artistas y visitantes. Desde las óperas de los barberos y de las cármenes, Tirso y Zorrilla, Mozart y Merimée le han dado forma al mito. Un poquito de Ronda, otro poquito de Jerez, mucho de Cádiz, y ya es sevillano el bandolero honrado y sevillanas, las gaditanas que se hacían con bombas tirabuzones, onda expansiva y chovinista, y Sevilla y cierra España.
Por consanguinidades históricas, lo señorito andaluz es parte de la nobleza y casas reales. Austrias y Borbones; Medinasidonias, Albas y Montpensieres, la dalia que cuidaba Sevilla, doña Mercedes que se hizo estatua en la Maestranza o la condesa de Villamanrique, grandes de España que vienen de Madrid al sur a correr sus juergas o a celebrar sus bodas.
Universalizado el baile por sevillanas, faltaba el cuplé. Faltaban Tatuaje y Rafael de León para que la copla, desde Madrid, desde Barcelona o Valencia se escenificara entre Santa Cruz, calle Feria y Triana. Sevilla vive convencida de que Sevilla tuvo que ser. Con la copla vinieron las folclóricas y las tonadilleras, con sus machos respectivos y toreros. En tierra de poetas a raudales se puso música y letra a la ciudad de la gracia.
Activa y pasiva, representación y mirada, si la fiesta funciona, es porque locales, turistas y visitantes reciben unas fiestas en las que 1º: resulta fácil participar o no, 2º: porque el sentido que manda es la vista y 3º: la actitud dominante es la representación o contemplación de un mundo insólito. Esta facilidad de entrada y de salida la agradece el público como cuando asistimos a una función y, en lo oscuro del teatro, no queremos ser molestados pero, si nos apeteciera, podríamos subirnos a escena y dar espectáculo.
En Andalucía, más que en ningún sitio, el señoritismo se basa en la tenencia de la tierra, saca sus cuartos del campo y se los gasta en la ciudad. señorito es un modo de entender la vida que se sublima en fiesta y de la fiesta que se sublima en la buena vida. Igual que se está y se viste para ferias y Rocíos, se podría estar y vestir todos los días del año. Lo tópico es lo típico. El señorito sevillano es estético y vividor, aristocrático y calavera. Herencia de una injusticia de siglos, el pueblo ama y odia al señorito en una carambola de admiración, envidia y desprecio; todo, menos el término medio.
la fiesta y las fiestas
En sistemas de capitalismo y beneficio, las fiestas no son exactamente la negación del trabajo, sino que el trabajo se traduce en otro tipo de negocio, en otros trabajos y en otros esfuerzos: hostelería, turismo, transportes; pero también limpiar la plata, meterse debajo de un paso, cargar el santo, darle al tambor, poner los farolillos, correr los toros.
Las fiestas movibles que maneja la Iglesia (o la primera luna de la primavera) suman más de tres meses, 107 días: 40 días de cuaresma desde el miércoles de ceniza, que a su vez manda en el carnaval +7 días de la Semana Santa +50 días hasta pentecostés, lunes del rocío +10 días hasta el Corpus. Lo que empezó en invierno y con frío apunta al verano.
El Rocío en Sevilla no es una apropiación sino una identificación, que ni quita ni pone Rocío a su Almonte. Estuvo muy bien la ocurrencia de un vasco y de un catalán: poner entre la Semana Santa, interior, y la salida al Rocío y a la playa una fiesta intermedia que convocara a toda la ciudad: la Feria de abril. Ya tenemos el contraste entre lo serio y lo divertido, entre lo religioso y lo laico, entre doña Cuaresma y don Carnal, y entre lo masculino y lo femenino, gramática parda, antropología o tópico.
La Semana Santa es masculina en tanto los varones habían renunciado a la religión de a diario. Vestirse de nazareno es masculino pero la mantilla es femenina y anticipa la resurrección, que será el traje de gitana. El espacio abierto de toros, caballos y desfiles (llevando el estandarte rociero) es más bien dominio masculino y los espacios cerrados (iglesia, caseta o casa en la Aldea) serían, siguiendo el tópico, marcadamente femeninos, curas incluidos.
En todas las fiestas de Sevilla tienen su sitio, discutible, los dos sexos y todas las edades. No hay ninguna fiesta, como el Alarde vasco, excluyente de mujeres, aunque en dos ocasiones presume el macho: de costalero debajo de un paso y en la Raya Real desatascando una carreta. Como ocurre en otras partes, al varón le cuesta expresar su sentimentalidad y es alérgico a rezar, a llorar o a cantar en público, salvo cuando va de artista, solo o en coro.
El vestido de imágenes está en manos muchas veces mariquitas. Las madres visten al marido y a la prole y, luego, van sin disfrazar y sin antifaz detrás de los pasos. Los varones copan las juntas de gobierno de las hermandades de penitencia o de gloria. Las bandas de música son bandas de muchachos, de ellos son las trompetas de espita, la percusión, los tambores, aunque las muchachas llevan el peso músico que huele a conservatorio. Las marchas de cristo han sonado siempre a varón y las de virgen, a bailable de salón, más de mujeres. Los palillos finos, los solos y diálogos de instrumentos nos parecen correcciones femeninas a los aires militares del pachín pachín y del marcar el paso de los varones. Las primeras mujeres en la Semana Santa fueron mujeres músicas.
Hoy sabemos que viejas y venerables marchas procesionales tenían su letra y que esa letra se cantaba. Por qué se perdió ese canto, sin duda tiene que ver con la vergüenza que da a los varones que los vean a cara descubierta cantando cosas de mujeres. Los rosarios de la aurora y la vuelta a casa antes de que amanezca, cuenta Cervantes en El celoso extremeño, eran virtudes femeninas como femenina ha sido en Sevilla la difícil hermandad y cofradía de la Resurrección que sale de Santa Marina.
Frente al Sábado Santo, masculino de Santo Entierro y Soledad, el domingo los varones tienen ya puesta su mirada no en la catedral sino en la Real Maestranza; no en la Resurrección sino en los Toros. El cierre de la Semana Santa con la vuelta de la Soledad hasta San Lorenzo tiene para los varones mucho de arquetipo: la leyenda de la ciudad mariana. Niña Soledad de San Lorenzo, boquita dibujada, donde lo sin pecado es para el resto de la vida. Quien ahí vea también la fiesta de la Inmaculada del 8 de diciembre, acierta.
Por la Inmaculada los hombres de la tuna se masculinizan y se afeminan a un tiempo. Hay ostentación de traje y de conquista en cada cinta que lleva un nombre de mujer escrito pero el conjunto tiene algo (medias, colorines) que matiza el donjuanismo que las cintas pregonan. Esa ambigüedad que admite un psicoanálisis se parece a la ambigüedad del torero delante del toro.
La Inmaculada, elevación al cubo de la virginidad, se plasma en la ciudad en sus arquitecturas efímeras. Sevilla se pinta poniendo y quitando estructuras tubulares, y su reina: la portada de Feria de abril, concebida cada año sin pecado de otros años. La Iglesia da ejemplo al municipio: el Corpus Christi no puede pisar el suelo de todos los días, que se alfombra con romero. Y la monarquía, también: esa Puerta Real que hubo que abrirle expresamente a Felipe II, el mismo a quien dedica Cervantes su célebre soneto Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla. Sevilla puede ser esa pompa del fuese y no hubo nada.
La caseta de Feria reproduce los repartos de los bares. Es femenino el espacio de mesas y de baile, y, masculinas, la trastienda, la barra y la bebida. Los preparativos, la comida, y el lavado de los trajes después de la fiesta son de madres que se lo cargan todo. Oído a la sevillana Orgullo rociero, de El Pali, la de no me laves, no me planches, no me limpies ni los calcetines porque han ido al Rocío. En cambio, paellas y barbacoas, con manejo del fuego y general aplauso, se las reservan varones que nunca han roto (porque nunca friegan) un plato.
En el camino hacia el sur, el baile troncal que es la jota, que se baila a saltos y que culmina de espaldas, se edulcoró y pisó el suelo, y se hizo galante. Por Castilla, seguidilla, y por Sevilla, sevillanas, en plural: ya son cuatro y la pareja termina de frente y se abraza. Cada sevillana se remata con la insinuación de un beso de cine: ella hacia atrás con los brazos muy abiertos, y él que, hacia adelante y con el brazo, la recoge a ella como para que no se caiga. Por amor al abrazo, el varón prescindió de los palillos, que venían de la seguidilla, y las castañuelas quedaron para las boleras, ajotadas y de salón. Al margen de la línea Sevilla ~ El Rocío, quedan las sevillanas corraleras que se dejan ver, oír y bailar por mayo en Lebrija. Con los avíos de casa y con lo que sobró de Navidad, se monta el jaleo: la pandereta, el almirez, los cubiertos y la botella de anís del Mono. Maridos y guitarras, dirán las abuelas, para qué os queremos.
En el flamenco las sevillanas se harán coreografía, aunque rara vez las baile un hombre solo, y una mujer sí baila sola, o con la cola o con el matón. En la Raya Real, sin tablao y con polvo de las arenas, la sevillana se ralentiza y cabe en una: termina la sexualización que comenzó en Sevilla, y es cada vez más beso y más abrazo. Hasta que esa sevillana lenta y sola (la primera de las cuatro, aunque no siempre) prescinda del baile y se haga honda o saeta cuando se canta en ronda ante la hoguera o se le reza con ella a un simpecado.
En las casetas, las mujeres llevan la voz cantante: ellas se saben las letras y jalean sin parar y bailan hasta reventar, pero la guitarrita la toca un varón. Una mujer despacha mil sevillanas sin importarle la cuenta; hay hombres que se echan una sevillana o dos como máximo y ya se creen, vanidosos, que han partido el tablado, y algunos hasta bailan su sevillana ¡dando pases de capote a la mujer! Pero en la plaza el torero no es el varón, que es un muñeco, un pelele, frágil traje de luces en poder del más macho, que sigue siendo el toro.
La ostentación del traje antes de ponérselo es vanidad de los varones, que en su percha muestran lo mismo el uniforme nazareno, en los altares antes de la procesión, que el traje de luces, en la silla de enea antes de salir a la plaza. La mujer, en cambio, guarda, como en secreto una novia, lo que se va a poner y no presume hasta que el traje lo lleva puesto.
Por el Corpus, los varones vuelven a tomar la ciudad después del Rocío y a las órdenes del gran varón metropolitano, que es el obispo, recomponen el orden social que se desdibujó yendo a la Aldea. Nuevamente las varas, los estandartes, los trajecitos oscuros recuerdan a la ciudad quién manda aquí. Mayo es además el mes de su majestad el Rey Santo, incorrupto como ellos y como ellos conquistador de Sevilla.
Quien paga la fiesta, lo hace notar y quiere, ya que convida o está en su terreno, que se sepa y que otros hagan el trabajo sucio. En esa feria de vanidades que es la Feria de abril, las casetas públicas municipales han abierto una brecha entre casetas particulares. Pero no hay color. Tampoco tiene color la supuesta caseta para todos de que presumen en la Feria del Caballo de Jerez. Entrar, dejan entrar a cualquiera, eso es verdad, pero luego te aplican dos y hasta tres tarifas (socios, invitados y gente de fuera) y al pagar te das cuenta que has pagado la entrada con la consumición.
La polémica sobre cuál modelo de feria y de caseta, abierta o cerrada, es mejor, no tiene mucho sentido; tampoco el reparo que experimenta un extraño al entrar en una caseta particular. Dicho está que las casetas son una prolongación de la propiedad y de la vida social. El poder igualatorio de la fiesta, su lado dionisíaco, no llega a tanto como a borrar las clases.
Fundamental es el modo de pagar en los bares. Las mujeres van a fondo común y lo masculino varón es el lenguaje de esta ronda es mía y de rondas que nunca son la última sino la penúltima, que es lo macho. Esta fobia social a ir a escote y a echar cuentas debe venir de antiguas costumbres familiares y hospitalarias, tocadas por la esplendidez del señorito, pero todo es relativo: en el redondeo, se espera que todos saquen la cartera por igual y que a todos cueste la fiesta lo mismo. En Feria las rondas no se pagan en euros sino en casetas: yo te invito en mi caseta porque tú me invitas en la tuya.
El señoritismo de la Feria ya estaba en Semana Santa. El mapa del esfuerzo para sacar los pasos a la calle en Andalucía se divide en dos, entre costaleros y cargadores, y estos, a su vez, bajo faldones o al aire libre, como en Málaga. En Sevilla, la estética de hermandades nobles y aristocráticas se encaprichó de invisibles costaleros, que fueran cargando sobre el cuello, en vez de cargadores sobre el hombro, que aliviarían la carga entre el izquierdo y el derecho; trabajaderas horizontales, en lugar de andas verticales. En los actuales pasos, las andas sobreviven como fósiles en las maniguetas de las esquinas, ya sin función de carga. Al costalero, cargador del puerto, le quedaban unas heridas (tomates) y unas lesiones cervicales de las que las hermandades no querían ni oír hablar. Con ayuda de los faldones, se tapaba a la gente de abajo y, con incienso y flores, ya no olía a sudor. El resultado, jodido abajo y milagroso arriba, es que las imágenes ¡andan solas! Esa estética de la invisibilidad del esfuerzo y del sudor, esa negación del trabajo ajeno, se ha vuelto ostentación desde que los señoritos asumieron mal que bien el trabajo costalero.
El martes santo 17 de abril de 1973 treinta y seis universitarios de la hermandad de los Estudiantes sacaron el paso del cristo de la Buena Muerte. Empezó entonces el orgullo costalero, que lo primero que cambió fue el uniforme, el costalero look. Medallas, camisetas, costales y zapatillas pasan a ser el equipo de un grupo de élite dentro de la hermandad. Posan como una selección para hacerse fotos y carteles, el capataz como si fuera su entrenador. Ahora a sus hijos los visten las madres, más que de nazarenitos, de bebés costaleros, disfrazados los llevan de faja y costal, como quien apunta al hijo al Betis o al Sevilla, donde la antigüedad es un grado.
La ostentación costalera no está reñida, sino al contrario, con la trivialización del esfuerzo: el paso pesa pero no mucho, sudar, se suda lo justo y es compatible la carga con fumar, con beber, con demostrar en fin que los obreros costaleros lo que no querían era trabajar, categorización que se traslada al mundo laboral y político. Este costalero no es el de Almonte, que se parte la camisa, Camarón, por sacar a su virgen.
Queda por ver el efecto de la resacralización de la Iglesia. Las consignas de la Conferencia Episcopal contra la asignatura de ciudadanía, por ejemplo, han hecho que el grupo de costaleros bajo el paso rece (en bajo y en alto, para que todo el mundo se entere) consignas tendenciosas con el pretexto de la libertad de enseñanza, el derecho a la religión y a la vida con lo de bendito el fruto de tu vientre. Como en la plaza el torero brinda la faena que le va a hacer al toro, las levantás se brindan o se dedican a la salud de alguna causa cristiana.
Esta demostración de fe se explica por contraste con la competencia islámica que ha impuesto una religión de cuotas en vez de una religión única, va unida al rearme de los cristianos europeos y es sorprendente en Sevilla, ciudad que a fuerza de darnos a todos por unánimemente bautizados, nos ha dejado en paz a los descreídos, y donde tantos hemos ejercido de capillitas laicos y de ateos de capirote sin que nada nos molestara: esa era y es nuestra cultura.
Por algo, los nuestros (Isidoro Moreno, Jiménez Barrientos, Gómez Lara) se han empeñado en armonizar un mundo cofrade y señorito con una visión más progresista y social, de izquierdas. El empeño, en general y en particular aplicado a la Semana Santa, se ha resuelto con lo de la fiesta de los sentidos y hay estudios muy serios de cómo se ve, se toca, se huele, se oye, se bebe y se come la Semana Santa de Sevilla, más los sextos sentidos que se suelen poner, lo que da una fiesta total de primavera y del sur. El sur está de moda y los sentidos también, y el problema es que todo eso lo hay en otras partes y en el norte y en invierno se convocan fiestas tanto o más sentidas y sensuales.
Cada vez nos resulta más difícil ver procesiones sin hacerle el juego al integrismo, y en la Feria y en el Rocío nos cuesta abstraer la bella estampa de los caballos, del pijerío, del señoritismo y del sexismo ebrio que los cabalgan encima. Sevilla, sin sevillanos, ¡oh maravilla!, lo dijo Antonio Machado, y pudo haber añadido: y los enganches y los caballos, sin caballistas.
Todo consiste en ser o no ser parte de un mundo tan abierto como cerrado: su abono a la carrera oficial y a la Maestranza, su caseta micaseta. En bares de Sevilla hay quien tiene hasta un reservado a su nombre: el rincón de fulanito de tal. Qué verdad que quien se fue de Sevilla, y no a Sevilla, perdió su silla.
Ser señorito es serlo sin estridencias. Por eso el carnaval no cuaja en Sevilla y por eso las diferencias entre Sevilla y Almonte y las exageraciones del Rocío: esos sudores extremistas, esas camisas partidas, esos niños por el aire, esos curas a hombros enrojecidos de tanto ¡Viva esa Blanca Paloma!, ese altavoz cacofónico que va ordenando la presentación de las hermandades, todo eso un señorito lo vive sin vivir en él. El paroxismo bautismal del Quema, la acometida de los bueyes contra la iglesia de Villamanrique hasta partir las gradas, rozan el límite. También le parece kitsch el adorno de las carretas de Huelva y Emigrantes. Desde la altura apolínea de su caballo y al trasluz de su caña de manzanilla el señorito debe pensar que ¡son cosas de la plebe!
Por eso mismo, en Semana Santa el señorito no se echa al hombro muchas cruces de penitente, vayan a pensar que se ha pasado pecando. Tampoco en Feria tocará los palillos y no será bailón sino vacilón (o vasilón): una manita cogida al chaleco, la otra marcando el paso, todo sin perder la compostura.
Por esa mesura y por el miedo al ridículo, cuando del tablao de Feria se pasa al tablao flamenco, el señorito desaparece y su papel lo deja al bailaor de turno, que es quien expone su cuerpo serrano, con lo que es el miedo ridículo en un español de Sevilla. En el flamenco se gasta el señorito la estética de convidar y de ir marcando el compás con los nudillos sobre la mesa.
Antes marcaba también a la gitana (tal vez gitano) que se exhibía para él, que es quien pagaba las copas y era quien peritaba la mercancía antes del desnudo real en el reservado o en la habitación donde el señorito a la gitana se la tiraba, ¡vaya si se la tiraba!, equivalente hombría a la que, por el Rocío, denunció el novelista Grosso en Con flores a María. Vázquez García y Moreno Mengíbar en Poder y prostitución en Sevilla han puesto en orden, ya que no en limpio, ese mundo de cafés cantantes, donde no han faltado el pecado nefando y la pederastia, con clientela mezcla de gente bien con gente del barrio.
La frase dice que un inglés se viste para pertenecer a un grupo, y un italiano para diferenciarse. El libro es The Ivy look. Classic American Clothing. Ivy League, liga de la hiedra, es desde 1954 la de las ocho universidades de élite del NorEste de los Estados Unidos (Brown, Columbia, Cornell, Dartmouth College, Harvard, Princeton, Pennsylvania y Yale). Por las fotos vemos que el sevillano look es una reducción conservadora y, si se quiere, provinciana del ivy look, más atrevido y plural.
La diferencia está en la raya. Desde las mil rayas del pantalón de gala a las mil rayas del pantalón rociero, en la alta sastrería de Sevilla no cuaja el cuadro en pantalones ni prendas exteriores que sí cuajó en los jóvenes de la Costa Este, cuadros que tienen algo de moda escocesa y que aquí abundan solamente en las bufandas. La raya masculina encuentra su réplica en el lunar, monopolio femenino hasta que algunos varones han aliviado con lunares la rigidez de la prenda más pringada y menos libre de todas las prendas, que es la corbata.
Otra diferencia entre el look sevillano y el ivy look está en lo poco y mal que Sevilla adapta sus armarios roperos al verano. El sevillita no usa pantalón corto más que para presumir de jugar al tenis; y los bermudas, para la playa. Los sombreros de ala ancha que se ven por Feria y el Rocío siguen siendo de invierno, con el penoso cerco de sudor que dejan. El hilo, el lino, el algodón, tejidos frescos y colores claros identifican en Sevilla, más que a un look señorito, a profesionales liberales y a progres de aquellos años.
Las pautas conservadoras en el vestir tienen algo que ver con el desprecio del señorito a la bicicleta, vehículo de campus ivy por excelencia que entre los bombachos y los bermudas ha condicionado la ropa. En Sevilla las bicicletas son para el verano y cosa de mujeres (véase Chipiona), y siempre, de pobres que no tenían para pagarse un coche. El rechazo de la Sevilla del ABC a la peatonalización y al plan bici, es un rechazo sincero en un grupo como éste, que desprecia cuanto ignora y que está acostumbrado a ir a todas partes en coche automóvil o de caballos como signo de distinción social.
El look del señorito de Sevilla cumple la doble función del galán italiano y del ivy league anglosajón: distinguir y uniformar. Desde el terno azul y gris de las procesiones hasta ese rojo pantalón o cazadora, que tal vez tenga que ver con el mundo de los toros, el señorito mantiene sus formas y un tipo de tiendas o comercios. La clave está en Manuel Machado: «no se ganan, se heredan, elegancia y blasón».
Ser dandi, jipi o ivy en Sevilla cuesta porque la persona se expone a una pasarela continua. Ser y no ser, único y masa, es en Sevilla complicado como en pocos sitios. En esta ciudad se mira mucho y puedes acabar haciendo de convidado de piedra de un grupo, equivocado de grupo o que se equivoquen de grupo contigo. Raya y gomina, el señorito sevillano no arriesga nada. Ni en ropa ni en ideas. Y a quien primero se pase, el maricón que le cae.
Igual que se dice del habla andaluza que ninguno de sus rasgos lingüísticos es exclusivamente andaluz, diríamos del señorito andaluz: nada en él es original ni exclusivo, pero todo en él se concentra. Los santos inocentes igual están aquí (Delibes), que en Valladolid o en Extremadura, y La escopeta nacional (Luis Escobar, Berlanga) lo mismo nos mata aquí que en Madrid o en Valencia. Lo pertinente (o impertinente) es la concentración de rasgos en la cantidad y calidad que en Sevilla se dan.
No importa si la Niña Chole (la de la Sonata de estío, quien, por distraerse, echó a un pobre negro a morir entre los tiburones) era andaluza o no. Lo que importa es que esa mirada, propia de un césar viendo morir gladiadores, es fundamental en la configuración de la fiesta, mirada que se inventó en Andalucía el toreo a pie como alternativa al toreo a caballo, ¡y que empitonen a los gañanes! Esta mirada es la que no tiene el guiri buenón que, al ver lo que sufren los costaleros, va y pregunta por qué no ponen ruedas a los pasos.
Otra supervivencia de Sevilla en la fiesta, también entre lo gitano y lo antiguo de un mundo que se fue, es que las celebraciones duren una semana de siete días. Una semana, las bodas; una Semana, la Santa; una semana, las ferias; una semana, desde Gines, Triana o Sevilla para ir y volver al Rocío, un ocio largo que justifica el traje y da cuerda al resto del año, cada cual con sus espacios abiertos para pocos y cerrados para muchos, a la vez populares y restringidos. Por menos de una semana, Sevilla no alza el telón.
Cuando algo de fiesta le falta a Sevilla capital, Sevilla capital se acerca a Cádiz, Córdoba, Jerez, Lebrija, Sanlúcar, Ronda o la Sierra, su antiguo reino: carnaval, cruces de mayo, todos los santos, fiestas donde Sevilla no saca nota. La buena vida según Sevilla se explica, no se encierra, en el que llamaremos Triángulo Montpensier: Sevilla, Aracena, Sanlúcar.
ángel y malaje
La rebelión de las masas en la fiesta es un hecho. No hay barriada que no aspire a su cofradía por Semana Santa, a su caseta por Feria o a su hermandad para el Rocío. Sirva de ejemplo El Cerro del Águila. Desde que hay caballos, enganches y tiros de alquiler, vamos a suponer que, como los pijos dicen y como quería en su carta Teresa Panza, para dar envidia a sus vecinas, hoy cualquiera puede lucirse en carruaje, y a caballo lucirse en el Rocío y en otras romerías donde hasta hace poco no se veían más que mulas y borricos.
La aplicación de nuevas tecnologías a la fiesta, principalmente los teléfonos móviles y los vehículos 4 por 4, cambia los comportamientos pero no las representaciones. La cifra está en las treinta y tantas carretas de bueyes que la hermandad de Triana manda al Rocío. Ahí lo que van son vanidades, trajes y enseres, pero las familias no peregrinan ya en esas carretas. Estamos, otra vez, ante el dilema de una mirada: defendiendo esa estampa, ese Rocío que se fue, ¿no estamos defendiendo el estéril concepto del campo y del ganado, buey contra tractor, y dándole carrete al señorito?
Lo mismo pasa en los Toros. Los argumentos conservacionistas y animalistas en un punto se parecen: que no cuestionan la injusticia social ni el amplio mundo que separa a ganaderos y toreros, a quienes se acusa de maltratar, como si fuera su gusto, a los toros. Mientras, el ganadero queda defensor de una raza brava que, sin él y sin la fiesta, desaparecería. De la Protectora, vaya.
Las fiestas son una costumbre y no sabemos qué será de algunas sin su grupo dominante. En la Cabalgata, menos gente se agacha a coger caramelos y algo nos dice que renovarse o morir. Entre Sanidad y la Unión Europea están acabando con no pocos rituales y algunas recetas de la abuelita hoy son las nietas las primeras que las rechazan. Habrá que abrir y compartir los cotos y las sierras y habrá que multiplicar las primeras líneas de playa para que esos espacios naturales y festivos no sean al fin exclusivos de las pocas casitas y urbanizaciones que llegaron antes, interesadamente ecologistas y contrarias a la democratización del paisaje. Hay mucho privilegio disfrazado de verde y ya es hora de declarar al ser humano como la primera especie protegida de la humanidad.
En cuanto al futuro de las corridas de Toros, las escuelas taurinas de la Junta y las retransmisiones de Canal Sur equivalen a abrir escuelas de fumadores y a echar el humo por la tele. En esto, como en casi todo, la ciudad crítica se hace la tonta ante el poder del dinero, en este caso el que atrae y convoca la fiesta nacional. El turismo no es pequeño argumento, aunque está por ver lo que gana Sevilla, y no bolsillos particulares, con cada toro en la plaza, con cada paso en la calle. Tal vez la fiesta sea capaz de hacer lo que la Semana Santa: prohibir las heridas y el exceso de penitencia y ponerlo todo a los pies de un espectáculo fotogénico y celeste, como el circo de Roma: ya sin sangre. Con algo más de Apolo que de Dionisio, Sevilla va a seguir teniendo ese color especial que ni es cielo ni es azul, y que será el barroco.
Porque la fiesta según Sevilla es un sentido universal de la vida que se puede exportar al mundo y que nuestras clases medias y bajas no olvidan ni con la recesión. Eso que llevan aprendido para cuando otra hegemonía ponga en su justo sitio lo de ganarás el pan con el sudor de tu frente. Visto como está visto que en Sevilla, Andalucía, España, hay quien no suda ni ha sudado jamás.
