Trato Andaluz para el buen trato turístico.



Empieza el anuncio. Suenan campanas. A la hora en punto una muchacha sale al balcón de una casa encalada y propone a los turistas que acepten un trato para hacerse merecedores de la hospitalidad que los andaluces ofrecemos de corazón. Dicho trato está basado en ocho puntos alusivos a ocho bienes que el visitante foráneo ha de respetar con el alma. Uno, nuestra gente: señores jugando al dominó y el vinito en el bar de Curro, el reflejo de gente ociosa que sabe vivir la vida, no como por ahí, todo el día trabajando y con estrés, también sale una pescadera politatuada para que se vea que somos modernos. Dos, nuestra tierra: la voz de la locutora dice que no hay nada más grande, toma ya, humildad. Tres, nuestra libertad: derecho de los propios andaluces a disfrutar de su hogar y de las mejores playas del mundo. Sin duda para hacer constar que la población autóctona puede bañarse también en Fuengirola o en Chiclana. Cuatro, nuestro comer: el gazpacho. No comer cosas que no sean las de aquí y las de siempre. Cinco, nuestro descanso: la siesta. Estaría bueno, un andaluz en condiciones llega de jugar al dominó y beberse sus vinillos en el bar del Curro y merece disfrutar de la siesta que le piden su naturaleza genética y su herencia cultural, siesta en la cama de levantarse sin noción del tiempo y del espacio. Seis, nuestra cultura: salen un paso de Semana Santa y una señora con un cuadro de San Pancracio. Religiosidad popular sin complejos, de la que pone los pelos de punta, nada de literatos dándoselas de cultos. Siete, nuestra agua: ducha rápida. Sí señor, es precisa la pedagogía para evitar el despilfarro de los recursos hídricos entre los forasteros, que no vamos a tener ni para regar los campos de golf. Y ocho, nuestra calle: se advierte al turisteo de que hay que saludar a todo el mundo como Dios manda, buenos días, vida mía, buenas tardes, corazón, lo que hacemos todos los andaluces todos los días del año en este paraíso de luz y gracia donde tenemos la suerte de vivir.

Una campaña que ha venido leyendo lo escrito por el gran periodista y escritor Manuel Chaves Nogales (1897·1944) allá por 1920: «Esa cosa idiota del color local, que tan furiosamente se cultiva en España, tiene en Andalucía un ferviente sacerdocio. Es temible imaginar lo que harán de Andalucía los nuevos sacerdotes del color local disfrazados con la pompa de su suprema aristocracia y su infinita barbarie.

La patente del color local pertenece al escritor granadino Francisco Ayala (1906·2009) y forma parte de su ensayo Elegía analfabeta. Ayala reflexiona sobre la identidad de Andalucía, criticando la comercialización del folclore y la creación de una imagen estereotipada de la región. El autor advierte sobre aquellos intelectuales o gestores culturales, a quienes llama irónicamente sacerdotes del color local, que, bajo una apariencia de rigor o pompa severa, reducen la compleja realidad andaluza a un producto superficial y pintoresco para el consumo externo.

Ayala o Chaves Nogales, los dos saben, desde el Grand Tour y el Orient Express, siglos 18 y 19, que el origen del turismo tiene marca de señoritismo de base que el turismo siglo veinte no ha hecho más que democratizar para seguir el cuá cuá de pobres pajaritos ante el gato que se los ha de comer. Para no eternizarse ante el turismo y la migración y los fondos de sobrexplotación del suelo y del subsuelo (las tres invasiones que se nos vienen encima desde fuera), el barrionalismo, movimiento de identidad desde los barrios, tendrá que pensárselo. Tendrá que pensárselo como la vieja tienda o el viejo quiosco ante la vieja Amazon o como la antigua Olivetti ante un folio en blanco.

Porque el andalucismo del Psoe y del PP es la garantía de su contrario, el centralismo españolista más rancio o más cutre y más intransigente. Se vio en Andalucía contra la mayor autonomía del País Vasco (2004·08) y contra el procés de Cataluña (2010·17) y se ve en las exaltaciones de las glorias andaluzas hechas por señoritos de cultura y fiestas mayores como de economía y literatura, excepciones excepcionales aparte, Ayala o Chaves Nogales, Benito Moreno o Carlos Cano, TeVeo como el Loco de la colina. Si España era Patrimonio nacional, Andalucía ha quedado buscando a la milana bonita de Los santos inocentes. A ver si el usted que usted lee, con Trato o sin trato, la encuentra.

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