Manuel Delgado Cabeza, Ecologismo y espiritualidad en el andalucismo de Blas Infante, Lamarea.com, 25 09 2024
La manera dominante de entender el mundo es resultado de una mirada de un hombre blanco, heterosexual y del norte, perteneciente a una élite económica y de poder. Ahí está en el siglo 16 el origen de una cosmovisión por cuatro pilares: el dualismo cartesiano con dos fantasías, de ingravidez y de individualidad, y la idea occidental de la condición humana.
La concepción dualista del mundo separa sociedad y naturaleza, individuo y sociedad, mente y cuerpo, razón y emoción, nosotros y ellas, de manera que los segundos términos se consideren por debajo, inferiores y al servicio de los primeros. El Discurso del método de Descartes nos configura como amos y señores de la naturaleza sometida, siglo 17. La mente convirtió naturaleza y no humanos en máquina y mercancía, con un valor puramente utilitario. Esta naturaleza también comprendía seres cercanos al mundo natural no plenamente humanos, y así se justificó racismo con esclavitud más la inferioridad natural de las mujeres. Estas inferiorizaciones, la de la mujer y la de los pueblos sometidos del sur global, se vieron reforzadas desde la noción de sistema económico, que por una parte deja a la esfera doméstica fuera de lo productivo y, por otra, considera producción la mera extracción de riqueza que la naturaleza ha producido.
La noción anti ecológica de sistema económico, estudiada con hondura por José Manuel Naredo, concibe a la economía como un sistema desconectado del entorno físico y social; equilibrado, donde lo que entra es igual a lo que sale, valor liquidado mediante consumo; y lineal, de recursos a residuos. Estos principios se sitúan en las antípodas de aquellos con los que funciona la naturaleza, donde los ecosistemas son abiertos (energía y materiales con su entorno), desequilibrados, sujetos a la flecha unidireccional del tiempo (entropía) y circulares, cerrando ciclos y transformando los residuos en nuevas reservas. De modo que asegura el conflicto entre economía y ecología. La fantasía de la ingravidez hace referencia al resultado de considerar la economía como una esfera autónoma en la que solo se utiliza la vara de medir del dinero. También es fantasía la individualidad que niega nuestra interdependencia. Se oculta la importancia de lo relacional, la trascendencia de los vínculos y las emociones. Es lo que nos dice la experiencia: discursos y preocupaciones medioambientales que tienen un carácter puramente ceremonial, mientras el deterioro ecológico se va intensificando especialmente en las realidades del sur, como Andalucía, dedicadas en su especialización subalterna a exportar naturaleza a cambio de una muy escasa remuneración.
Blas Infante refleja su idea de naturaleza y espiritualidad sobre todo en Cuentos de Animales (1921), La plegaria del pájaro (1924), Plegaria del perro, Mandamientos de Dios en favor de los animales (1924), un texto inspirado en el Sama Veda, libro sagrado del hinduismo encontrado en la biblioteca de su casa, y Don Dimas, Historia de zorros y de hombres (1927), aunque también en La Dictadura pedagógica y en Ideal Andaluz.
Blas Infante muestra un extraordinario respeto, admiración, incluso veneración y reverencia por todas las formas de vida existentes, de modo que los elementos de la naturaleza son todos una necesidad para lo que él llama la plenitud existencial. Una visión que se opone a esa concepción de la naturaleza que tiene el hombre moderno, para el que, como señala el propio Infante en Cuentos de animales, la naturaleza es, simplemente, la proveedora de su almacén. Su mirada está así en la otra cara del utilitarismo economicista que reduce la noción de riqueza a los objetos económicos, que son los apropiables, valorables en términos monetarios y productibles, concebidos para ser consumidos, excluyendo al resto con independencia de su valor intrínseco para mantener y reproducir la vida. Blas Infante coincidía con un sociólogo británico del siglo 19 muy elogiado por Gandhi, John Ruskin, quien afirmaba que no hay más riqueza que la vida, cuya finalidad es procurar y cuidar su propia reproducción. La naturaleza, decía Blas Infante, volverá a producir, combinando y estructurando, aquello que sea preciso para crear naturaleza, no hay espacio del universo donde no cante el verbo de la vida a la creación de la vida, a la reproducción de la vida, como reproducción del amor que supone la plenitud del ser, lo que la biología llama autopoyesis.
Dicho de otra manera, cada elemento o cada cosa es una encarnación única y singular de lo uno. Todo es uno. Una unidad que no quiere decir homogeneidad en las formas ni en las capacidades, la vida encarna y se manifiesta de distintas maneras. Asumir en lo hondo esta unidad del vivir tiene para los seres humanos al menos tres implicaciones.
1) El antropocentrismo y la supuesta superioridad del ser humano propio de la modernidad no tiene ningún fundamento. Blas Infante, que consideraba hermanos a los seres no humanos, comparte esta visión no supremacista de nuestra especie. Una visión que ya en el siglo 21, la eminente bióloga Lynn Margulis expresa de manera contundente: Nuestro sentido de superioridad como especie es una ilusión, un delirio de grandeza. No somos dueños ni centro del mundo; somos una especie más con la responsabilidad que nos da la conciencia. Lo que supone una reinserción en el mundo desde una actitud de humildad profunda, de saber reconocernos en lo que somos. A dejar de pensar en términos de dominación para hacerlo bajo figuras de respeto y pacto entre las diferentes formas de vida. Blas Infante propone un pacto de paz y amistad entre el animal que tiene su mundo en la ciudad y los animales que tienen su mundo en el monte. Desde esta visión, los seres humanos no están separados de la naturaleza ni de su cultura, y su valor no depende de la dominación o el poder que puedan ejercer sobre otros seres (humanos o no) sino de lo que tienen en común con ellos, que en lo profundo es formar parte de la trama de la vida. Lo que somos, lo somos por resonancia, por lo que compartimos con los demás seres. De modo que el valor nos lo da el ser y no el tener, y el máximo valor ya lo tenemos por el mero hecho de existir. No necesitaríamos inferiorizar a nada ni a nadie, y viviríamos en la seguridad de que nada ni nadie nos podría quitar ese máximo valor que llevamos dentro. Justo lo contrario de lo que nos propone la ideología dominante, para la que el valor lo tenemos que conseguir fuera de nosotros y tiene sobre todo que ver con el tener, producto de la dominación, de la apropiación y de la manipulación. Este profundo sentido de la igualdad será actualizado, es decir, convertido en actos, cuando sea algo no solo pensado, sino también sentido e intuido, integrado en nuestro ser más profundo. Blas Infante llegó a propugnar las ventajas del fluir espontáneo de la vida misma, sin el discurso reflexivo y entorpecedor del pensamiento abogando por no quedarnos en la mente, a la que podemos identificar con el ego, porque la vida solo sintiéndola puede comenzar a ser pensada y porque son los vínculos, que pasan antes por los sentidos, y no tanto la razón, los que la dotan de sentido. De modo que lo que captamos desde la atención, con todo nuestro ser y no solo con la mente, de manera sentida, haciéndonos uno con ello, lo podemos integrar en nosotros, hacerlo nuestro incorporándolo a lo más hondo de nuestra manera de ser, de estar y de actuar.
Desde este sentipensar (pensar desde el corazón y la mente), la conciencia de unidad nos permite percibir e incorporar el sufrimiento de los demás como propio. Prolongarnos en los otros actualizando la compasión como forma de relación con ellos. Estamos ante un modo de conocimiento que implica un nivel de conciencia diferente a la puramente racionalista y utilitaria propia de la ideología dominante; un nivel de conciencia que no niega la razón, sino que la trasciende y que está en consonancia con las necesidades y los problemas con los que hoy se enfrenta la humanidad. Para Blas Infante la humanidad está en un tránsito: El mundo es aún larva o crisálida, aún el amor es débil porque está en la cuna, aún el amor no ha llegado a elevarnos al rango en el que el amor tenga fuerza para vencer al medio, en el que un punto de amor haga más por la fortaleza de la especie que un universo de violencia. En esta dirección, la neurociencia, una nueva disciplina que advierte que en la conciencia no solo está involucrado el cerebro sino la totalidad de nuestro cuerpo, nos dice también que más del 90 % de las decisiones son inconscientes o las toma nuestro subconsciente, se generan en ese nivel subliminal y fuera de nuestra voluntad. De ahí la importancia del conocimiento, de la conciencia, de la luz para poder comprender. En la Grecia antigua se subrayaba el conócete a ti mismo como lo mejor que podían aprender los seres humanos. Allí, en Delfos, podía leerse una inscripción que decía: «Si no hallas dentro de ti lo que buscas, tampoco podrás fuera».
¿Cómo hacemos para elevar nuestro nivel de conciencia? Blas Infante parte de una dura crítica a la idea de naturaleza humana tal como la entiende la civilización occidental. Sobre todo, en el cuento de las tres cigarras, donde le da la vuelta a la fábula de Samaniego. En la humanidad ha triunfado, sobre la clara y resonante cigarra, borracha de resplandores, la hormiga oscura, de rapacidad silenciosa, ávida de almacenes subterráneos. Una hormiga que es un punto de vana soberbia. Para las hormigas Dios solo tiene un templo, que es la despensa y una forma de manifestación, que son los víveres. La cigarra es lo contrario. Ella es el mismo sol. Las hormigas son jerárquicas y usan a otros insectos en su beneficio. En ellas el entendimiento es un subordinado a los imperativos del instinto acaparador; apenas calmado, ese instinto se exacerba en un ansia que clama ¡más, mucho más!, en el vacío de una nueva necesidad que nada podía calmar. Infante está haciendo referencia, a través de la cigarra y la hormiga, a dos niveles de conciencia. Frente a esa hormiga, que encarna la naturaleza humana en su versión occidental, para Blas Infante la persona es potencia de luz. Su percepción de la condición humana se sitúa cerca de las tradiciones sapienciales de Oriente, para las que la plenitud en cada ser humano es consecuencia de la actualización, concreción o realización del propio potencial; es el resultado de ejercitar y desarrollar la capacidad de comprender (inteligencia), la de amar (afectividad) y la de actuar (energía). Esas tres cualidades básicas pueden no desplegarse o desarrollarse de manera suficiente derivando en comportamientos negativos por conflictos generados por la inconciencia; conflictos asociados a creencias negativas sobre nosotros mismos que se convierten en obstáculos para alcanzar la plenitud dificultando las relaciones con uno mismo y con los demás. De modo que las sombras que deben atravesarse para llegar a la luz no resultan de una maldad intrínseca a los seres humanos sino de su ignorancia o de su inconciencia. El trabajo esencial es elevar el nivel de conciencia. Blas Infante insiste en una idea que la ecología ha enunciado como principio: en la vida, como en la naturaleza, no hay nada sin coste. El dolor equivale a distinguir, escribe Blas Infante, o todo goce real, tiene un sufrir antecedente, luz gestada en el seno de las tinieblas. Así vendrá sobre la noche a triunfar un perenne día. Alusiones todas a la necesidad de traspasar o trascender las sombras localizadas en ese mundo que llevamos dentro, desde el que vemos el mundo de fuera. La cigarra se transforma a sí misma con su propio dolor, al servicio de un anhelo ferviente de calor y luz.
Para Blas Infante, este trabajo interior es imprescindible para llegar al nivel de conciencia desde el que abordar las transformaciones que necesitamos. Se trata de trascender el ego para desembocar, en lo profundo, en una sensibilidad comunitaria. Engrandecerse por sí, dice Blas Infante, por el propio esfuerzo y por el propio dolor para dar la grandeza adquirida por sí a los demás, movidos por el amor. De modo que la espiritualidad de Blas Infante es un entrar dentro de sí para estar en condiciones de ponerse al servicio de lo de fuera, para emprender un trabajo de entrega sincera, desinteresada e incondicional. Este querer mío, dice, es querer de salvación, pero no de salvación propia; no del propio ser, sino del ser de los demás, del ser de todos fundidos, hombres, animales, plantas y estrellas; es un amor por ser. Desde esta conciencia, construyó su proyecto político inclusivo de redención del pueblo andaluz, para él conformado por quienes viven en Andalucía. Para Blas Infante, el despertar de las conciencias como condición previa para la transformación de la realidad andaluza, ese despertar en el que él tanto insistió, incluía también esta dimensión interna. La conciencia, la libertad y la vida fueron siempre vinculados por Blas Infante a esta dimensión espiritual. Este era el sentido de que la espiritualidad figurara como uno de los cinco ejes, junto con la dimensión política, la socioeconómica, la cultural y la pedagógica, de un proyecto político que proporcionara las herramientas para que fuera el pueblo andaluz el que acometiera su propia liberación.
Muchos rasgos de la cultura andaluza comparten esta cosmovisión, que confiere a este legado cultural un fuerte potencial de liberación. El flamenco, como expresión de esa cultura popular andaluza, deja entrever este potencial; como esta letra de Manuel Molina, donde una metáfora, hablar con las estrellas, la podemos interpretar como conectar con lo más profundo de nosotros: De noche me salgo al campo/ para hablar con las estrellas/ y aprendo más en un rato/ que en dos mil años de escuela.
Manuel Delgado Cabeza es catedrático de Economía y miembro de la Fundación Blas Infante. Este texto está basado en la conferencia del autor en el ciclo de conferencias Blas Infante, vida y pensamiento.
