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elogio del siglo 19.

Desde el origen de la Historia, el pensamiento se ha dividido en dos: quienes piensan y quienes no piensan (las clases analfabetas). A su vez, las ideas se han dividido entre la salvación personal (hoy, el yoga) o la salvación colectiva (hoy, la política). Jesús de Nazaret encarna y simboliza. Hacia la persona, ofrece una teoría del alma y, hacia el pueblo judío, una salida colectiva. Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomás Moro o Shakespeare, han sido igualmente bilingües, y siempre y todos sobre la base de un mundo inmutable. Tuvo que venirse abajo ese escenario fijo para que la filosofía pasara a mejor vida y para que el humanismo (el tratado de lo humano) tomara el mando y abordara una nueva deriva, siquiera con el riesgo de perder el rumbo o de ir hacia la nada. Eso empezó a ocurrir en 1649, cuando el rey inglés fue ejecutado e Inglaterra no se vino abajo y, más aún, cuando la Revolución Francesa (1789) decapitó a otro rey que lo era, como el inglés, “por la gracia de Dios”. Faltaba matar a Dios, el “Dios ha muerto” que se atribuye a Nietzsche que vendría después. Sin Rey ni Dios, ¿qué nos queda? Matar al ciudadano resultante, al republicano y ateo victorioso. Eso lo hicieron Darwin (1871) y Freud (1896): venís del mono y donde teníais alma: súper ego y deseo sexual. Estamos hablando de poco más de cien años en los que la humanidad, con ayuda de la técnica y de la ciencia más que de la filosofía –aunque ahí está Hegel–, echó abajo los cimientos y creencias del Antiguo Régimen. Quedaba el Nuevo triunfante, representado por la burguesía que se las prometía tan felices a costa de la nueva clase de esclavos, el proletariado. Ahí vino Marx con El Capital (1869), sesudo desmontaje del ídolo que adoraban todos, el dinero, el santo y seña del capitalismo prometedor. Podría haber socialismo. Por último había que desmontar también al propio Marx y a tanto varón entre varones. Desde mediados de siglo, con el sufragismo, están dando leña las mujeres.

Podemos decir que todo el siglo 20 la humanidad se ha estado haciendo la tonta –el 21, la tontísima– y gran parte de la tontería consiste en la aparición periódica y mediática de supuestos intelectuales, científicos o filósofos que, sin rebatir los arreos del pensamiento lúcido del 19, pretenden sentar cátedra. Les pongo dos ejemplos. Ortega y Gasset creyó haber dicho algo muy importante y señalado con “yo soy yo y mi circunstancia”. ¿Eso no es marxismo y psicoanálisis? El otro ejemplo fue don Ramón Carande, autor de Carlos V y sus banqueros, Premio Príncipe de Asturias de ciencias sociales de 1985, doctorado en 1910 con una tesis sobre la naturaleza económica del trabajo. ¿Naturaleza económica del trabajo? ¿Eso no es Marx? Ni Ortega ni Carande ni ningún Wallerstein contemporáneo que quiera alucinarnos con que vivimos en una sociedad tal o cual –líquida– tienen nada que decirnos. Otra cosa es que nos vaya la marcha y que insistamos en ser uno de ellos.

Habría que volver al 19 para llegar con suerte al siglo 22. Sean lúcidos, sean críticos y sean humildes con lo que ya se sabe y con lo que ya está dicho. Oferta válida, además, para artistas adolescentes. No hay más cera que la que arde y nada nuevo bajo el sol.