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VIGENCIA DE LA FILOSOFÍA

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VIGENCIA DE LA FILOSOFÍA

105 toneladas de marfil de elefante quemadas en Nairobi,
19 toneladas de resina de hachís incineradas en Tijuana,
82 toneladas de cocaína carbonizadas en Colombia,
130 mil litros de leche entera de vaca tirados a los ríos de Galicia,
1.300 millones de toneladas de alimentos sanos rechazados
por alguna deformidad previa a los supermercados de este mundo.


 

el bien común

el bien común en pñagina PROCOMUN
el bien común según la página de Tomás Bradanovic

EL BIEN COMÚN

Dos conductores van a infringir el tráfico. El primer conductor, en la autopista, va a poner su auto a 140 por hora cuando sabe que la velocidad está limitada a 120. El segundo conductor, en una avenida urbana que dispone de tres carriles en cada dirección, va a dejar su auto en doble fila ‑“Solo será un momentito”‑ mientras él hace una gestión.

Los dos conductores infringen, actúan contra el código o reglamento de circulación. La pregunta es ¿cuál de dos actúa, además, contra el bien común? Sus respuestas a eLTeNDeDeRo y a nuestra página amiga De Barbas y Boinas.


 continúa: la solución

El aburrimiento, Lester

Hipólito G. Navarro

(Hipólito G. Navarro)

EL ABURRIMIENTO, LESTER
–maneras de pensar 2–
Cataluña, Filosofía y Podemos

El tema Cataluña cansa. Desprestigiar un asunto por agotamiento es una táctica estudiada. Entre las dudas de la gente y la impericia del pensamiento tópico, quien pierde es lo nuevo, el cambio, y quien sale ganando es siempre lo establecido. Desde junio de 2010, que el Constitucional echó para atrás el proyecto soberanista catalán, son más de 5 años que a Cataluña se le niega el derecho a decidir. Cinco años cansan. La reacción del pensamiento simple, a nivel de calle, es la deseada: sin haberse dado la experiencia soberanista, el anticatalanismo sube en las encuestas, en las tertulias y en los bares. Esto recuerda el enorme anticomunismo ambiental que dejó el comunismo en el siglo 20, comunismo que tampoco se llegó a dar en ninguna parte porque no se le dejó.

La cuestión catalana es una cuestión de titularidad y definición: si Cataluña es o no una nación y de quién depende administrativa y políticamente: si de Madrid o de sí misma. Quien en ese debate introduce factores como la corrupción (de los Pujol, de Convergencia) o la deuda histórica de Cataluña con Andalucía o Extremadura provocada por los desequilibrios territoriales, debiera razonar como en matemáticas y descartar factores comunes a un lado y otro de la ecuación: corrupción y desequilibrios pertenecen al campo capitalismo y clase política, y no deben mezclarse, sino anularse en el debate. De hecho, corrupción y desequilibrio se dan en y entre Andalucía y Navarra, Extremadura y País Vasco, Gibraltar y La Línea, Ceuta y Tánger o Tetuán.

Se entiende que si alguna disciplina o asignatura nos enseñara desde chicos a pensar, los dardos de nuestros pensamientos irían dirigidos al punto del que se habla, no a lo que nos dicen unos y otros que tendríamos que pensar. El profesorado de filosofía se queja de la suerte de su asignatura, en vías de extinción. A bote pronto, uno se pregunta: si se pierden horas de filosofía, ¿quién va a enseñar a la gente a pensar? En la respuesta, el profesorado de filosofía no sale muy bien parado. En el fondo, todos sabemos que muy pocos son los profesores o profesoras que nos enseñan a pensar (pensar la historia, pensar la lengua, pensar pensar) y, muchos, los que nos enseñan a obedecer. Para lo cual, vamos con Sócrates, con Platón, con Aristóteles, panda de ilustres reaccionarios elevados por el sistema a los altares de la memez y de la democracia.

Que se conserven y respeten los derechos adquiridos por el profesorado no nos obliga a conservar ni a respetar el cuerpo de doctrina que se transmite en su asignatura. Vaya desapareciendo en buena hora. Y conste que yo, profesor de lengua, voy detrás, y le tocará el turno a mi asignatura concebida como un arma de poder y de distinción de la clase alta sobre la baja a través del vulgarismo y de la ortografía. Cuando es un hecho que la gente ni sabe hablar ni sabe pensar, lingüísticos y filósofos ya podríamos planteárnoslo en serio y dejar de caer en el tópico de que sin nosotros no habría lengua o no habría ideas. Y conste también que soy firmante de la petición en Change Org y doy el enlace para que, quien quiera, lo firme.

La última perversión de las ideas es que alguien aplauda el fichaje del tal general para ministro de Defensa de Podemos. Pablo Iglesias, ¿no sería mucho mejor y más económico (no digo más progresista) meter en programa el Cuerpo Único de Seguridad del Estado (CUS), por cierto, algo pedido por los sindicatos de la Guardia Civil desde hace años, Guardia Civil que, a su vez, nadie sabe, la mayoría de las veces, en qué se diferencia de la Policía Nacional? Y a ustedes, ¿no les parece que quien entra en política debería quedar en excedencia y renunciar a la paga del Estado para ponerse en nómina del partido que lo ficha? ¿No hay algo perverso en que del Presupuesto del Estado se siga pagando el sueldo a quien ya no trabaja para todos sino para un partido particular? No tiene nada que ver pero, por eso mismo, eLTeNDeDeRo recomienda la lectura de Hipólito G. Navarro, El aburrimiento, Lester. El aburrimiento, gente.

Ni cultos ni demócratas, 5 del 11 2015

Foto: PáginaDeEspuma.com

UNA PELÍCULA GRIEGA (filosofía y filósofos)

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UNA PELÍCULA GRIEGA
(filosofía y filósofos)

La teoría marxista del arte y de los oficios y de los bienes no productivos (un gol, una emoción) afirma que algo es algo si el mercado paga por ese algo, si circula como mercancía con valor de cambio, el valor de uso podría faltar. La diferencia entre un urinario y el urinario de Marcel Duchamp es que este circuló como mercancía arte y los demás, como simples urinarios; y la diferencia entre un violinista y alguien que toca el violín (mejor incluso que el violinista profesional) es que el violinista cobra y gana como músico, ocupa la casilla de violinista, y el que toca el violín, no tiene por qué. De todos los oficios improductivos que dicen los modernos que nos dejó la antigua Grecia, el más pintoresco ha sido el filósofo, esa especie de sacerdote laico. En su versión más creíble, el filósofo sería mezcla de profesor, académico y consejero, oficios los tres por los que se podía estar en nómina en la sociedad esclavista que fue Grecia. En su parodia cutre y en lenguaje de Epi y Blas: ¡Buenas! Yo soy el filósofo, me levanto por la mañana, me pongo mi sabanita y me voy al ágora; ya estoy en el ágora, ahora, a transmitir mis pensamientos; al volver me encuentro la comida en la mesa, me echo la siesta y, por la tarde, otra vez a pensar. Hace unos días leí en la página de un profesor de filosofía, buen escritor y buen colega mío: Fui ayer con dos filósofos y una filósofa a ver en el cine una película danesa que recomiendo. Filósofo, no. Él, como yo, es profesor de secundaria, yo de lengua y él de filosofía, aunque cada uno tenga, tenemos, derecho a nuestro propio personaje y hay también muchos de mi cuerda que, siendo funcionarios docentes, titulan de poeta y por demás van al cine con otros poetas a ver quién liga con la poetisa. Pero, en serio, en serio, somos lo que cobramos, por lo que nos pagan, y como emisores necesitamos receptores que nos perciban como lo que decimos que somos. Y hoy nadie está dispuesto a que otros piensen por nosotros. Si acaso, el club de fans de un Fernando Savater, quien firma como filósofo e intelectual en su wiki de visita. Lo que es seguro: nadie acude a él como discípulo al maestro, a que le dicte la verdad y la respuesta a las grandes cuestiones de la vida, quién soy, de dónde vengo y esas curiosidades de las que mi madre diría Daniel, hijo, qué de pamplinas preguntas. Solo por haberse identificado Savater con Rosa Díez, la de UPyD, ya da idea de la fiabilidad de su pensamiento, no digamos de su visión oracular, con proyección de futuro. El propio Ortega y Gasset, brillante en La deshumanización del arte (1925), no fue más que un profesor con mucho de pensador, algo de político y nada en la historia universal de las ideas que lleve su nombre. No. No hay filósofos. Hay contertulios, cada uno con sus ideas, y hay historia de las ideas, del pensamiento. Y el profesorado. El día que la filosofía desaparezca como asignatura, no desaparecerán las ideas. Las más de las veces ‑Marx lo dijo‑, la filosofía ha sido, con la enseñanza, la religión y la política, un conservante o edulcorante de un viejo precocinado: la explotación del hombre por el hombre. Otra cosa, y que mi colega me perdone, no he leído yo, en los libros de texto que se manejan. Que ciertos oficios, que fueron de tinieblas, continúen y se reivindiquen a sí mismos como de luces imprescindibles, no anula que todos los pedestales se nos han caído encima de la cabeza. La película griega, de Sócrates hasta Tsiripas, ¿quién, salvo los protagonistas, sigue creyendo en ella?