COPLAS CONTRA LOS DOLORES DE COSPEDAL

COPLAS CONTRA LOS DOLORES
DE COSPEDAL

Seguro azar, Pedro Salinas

Contra los dolores
de la política,
media pastilla
de Cospedal.

¿Qué es Cospedal?

Que no se retribuyan
cargos electos,
que no haya señorías
profesionales,
ni escaños por la paga
ni, en fin, las mismas caras
siempre en la cosa pública.

Llevamos siglos
detrás de eso.
Dígame la farmacia.

Ya se hace en los jurados
y en las comunidades
de vecindad y en las
mesas electorales.
Lo cual tampoco es mucho.
Lo hicieron ya los griegos.

Por caprichoso azar,
quien manda es el sorteo.
Te toca estar, y estás,
que alguien vendrá detrás
por riguroso turno.

Qué mejor orden
que el alfabético.
Que mejor ley
que la estadística.
Que más sociología,
más igualdad, si cabe,
ni qué juego más limpio
que el censo democrático.

De Cospedal no sabe
ni lo que ha dicho.
Más vale no lo sepa.

Qué cambio en la política
tomando al pie la letra,
tomando Cospedal.

LINEALES, PROPORCIONALES, INVERSAS.

Soy profesor de la pública y me quejo lo justo de lo injusto. No me convoquen contra la degradación de mi sueldo y mi trabajo. No es lo mismo darle una salida que una alternativa a esta crisis. Las jornadas de lucha duran dos telediarios. Se vio en la Huelga General. Y lo peor es la atonía, la frivolidad y el envilecimiento moral ante el fin de una época que ‑como la caballería en don Quijote‑ sobrevive únicamente en un lenguaje que no esconde ni el ojo que no ve ni el sálvese quien pueda.

De una crisis se espera, como de una enfermedad, salir con salud. Si la palabra revolución asusta, digamos cambio o solución radical. Contra esa esperanza, asistimos a la escenificación del miedo y que gane la crisis quien ya la ganaba. Las medidas lineales del Psoe trataron por igual lo desigual: responsabilidades y niveles de renta. Ahora el PP ha metido la directa, la proporción que aumentará las diferencias. Que le quiten a un alto cargo su extra de navidad no alivia a quien necesitaba esa paga para gastos nada extraordinarios. Y es que haría falta una proporcionalidad inversa, compensatoria a favor de quien más lo necesita Y una linealidad tajante por arriba: fijación del sueldo máximo y leyes de porcentaje, beneficio, patrimonio y herencia.

Socialismo o barbarie, no hay forma de combatir la miseria sin repartir lo que hay. Trabajar menos para que trabajen todos y trabajar todos para trabajar menos. Desde que Zapatero atacó la edad de jubilación, y no la escala de aportaciones y cotizaciones personales, se vio que en este país (de hidalgos, duquesas y santos inocentes) volvería la mano de obra de reserva, y que los oficios iban a pelear unos con otros. Como si ser funcionario fuese un oficio, el Gobierno dio ejemplo a la patronal bajándonos el sueldo. Al meter en el mismo saco el trabajo del Rey y el del catedrático; a la periodista y a la limpiadora, el Psoe mostraba sensibilidad social cero cero, aunque todavía podía apelar a una causa común: España.

¿España? El Estado del bienestar en que creyó el Psoe, el PP lo va a reducir a su mínima expresión, que es casi de libro: ejecutivo, legislativo y judicial. Y a educación, sanidad, coberturas y prestaciones, que les vayan dando. El caso es administrar la marca España sin tampoco exagerar el patriotismo. Que Zara siga fabricando en los paraísos laborales y cotizando en los fiscales, que Telefónica emigre sus inversiones y que en el mapa de España no chirríen demasiado ni Rota ni Gibraltar. Que Alemania mande en lo económico, Otan y Estados Unidos en política exterior y el Vaticano en nuestra vida privada.

Las llamadas del pijo presidente de la Ceoe o del calvinista señor de Mercadona a que arrimemos el hombro todos por España, provocan colon irritable. El 15-M, que ya nació cortito de ideas, se ha quedado afónico. Mineros y sindicalistas han querido emocionarnos con Santa Bárbara bendita y otro camino de Santiago. Encierros, huelgas de hambre, marchas. Toxo y Méndez quedan patéticos. Rubalcaba rubalcó. En Andalucía, donde, con el voto a Izquierda Unida, nos creímos la aldea gala frente a la derecha, nos estamos comiendo parecidos marrones. En la enseñanza, la demagogia de no aumentar el número de estudiantes por clase, y sí el horario del profesorado, nos priva de cobrarnos la crisis en productividad; tan fácil como sería: a más alumnos, menos exámenes y menos tutorías, y en paz. Pues nada. Sostiene Valderas que los recortes no repercutan en la comunidad. A joderse, profes.

Ni tontos ni marxistas, salvo los goles de la Roja, la música nacional ya no nos puede levantar. Como en los bares donde la repetida mendicidad no nos impide seguir con nuestra cervecita, así los oficios irán desfilando por la plaza de la desigualdad. No hay limosna para tanta pobreza ni brazos para tanta pancarta. Contra esa derrota y para no ser ciegos, quién no daría con gusto su paga de navidad. Teníamos que haber seguido leyendo a Bertolt Brecht y llevamos años leyendo el ¡Hola!

Daniel Lebrato, 16 de julio de 2012

La clase obrera pide carbón

LA CLASE OBRERA PIDE CARBÓN

La minería del carbón es ruinosa pero se pide que el Estado, con mayúsculas, financie la minería.

Mucho antes, los astilleros eran ruinosos, y Zapatero invirtió el orden de la paz y de la guerra y reflotó Astilleros a base de pedidos militares. UGT y Comisiones, callaron: sí, boana. Pero la fábrica de cualquier cosa no justifica la ética de cualquier cosa. Mantener el empleo no es ningún valor. ¿Defenderíamos la guerra solo para que los militares no se queden en paro? ¿Repondríamos la pena de muerte para que los verdugos no se queden sin trabajo? Los oficios tienen que plantearse la división social del trabajo y la función social de su trabajo. Y un minero está obligado a proponer algo más que bajar un día y otro a la ruinosa mina.

Ni tontos ni marxistas, los sindicatos han renunciado a su ideología. No usan socialización, no usan nacionalización, sino que, como la gitana del chiste ­‑dame algo‑, se apuntan al dame trabajo. Tantos huevos que tienen los mineros, ¿y no han promovido un movimiento cooperativista? ¿Nada inventarán frente al omnímodo Capital y frente al escuálido Estado?

El trabajo tiene un color. Astilleros fabrica lanchas militares, sirven para matar. El Airbus, orgullo de una Sevilla, es Airbus Military, sirve para matar. La minería del carbón no es rentable, Santa Bárbara Bendita. Nada hay en la lucha de los mineros ni de progresista ni de revolucionario. Tan conservadores son como el PP. Y menos prácticos.

La clase minera ha perdido la clase, no tiene clase. Queman neumáticos, cortan carreteras, ferrocarriles, cierran pueblos enteros. Pero no tienen razón económica al margen del vil y servil dame trabajo. Olvidan que la ley del trabajo es el beneficio. Una economía subvencionada es un sinsentido. La ética de la economía, su obligación social, no es ser subvencionada sino subvencionar lo humanamente necesario: educación, sanidad, tercera edad, etc.

Los mineros no votaron verde. No votaron Izquierda Unida. La mitad de sus banderas son de UGT, falacia bipartidista y antisindical que vino a impedir la unidad obrera. Y ahora piden carbón a los reyes magos: vivir con cargo al presupuesto.

Nuestros trabajos no pueden ser, sin pecado, un adorno.

Estamos tocando el fondo. Estamos tocando el fondo.

Lo dijo Gabriel Celaya, lo cantó Paco Ibáñez y lo recuerda

Daniel Lebrato, 19 del 6 del 2012

LA CLASE OBRERA PIDE CARBÓN

el beneficio de la cultura

Concierto de Año NuevoEL BENEFICIO DE LA CULTURA
***
(mentiras artísticas y culturales)

Dice la Wiki, mi mascota, que la cultura (de cultivo) va en personas, épocas o naciones. Ana es culta. Suecia es un país muy culto. Como sinónimo de civilización, cultura implica un reparto del trabajo y una idea del progreso, según la cual la humanidad camina siempre hacia adelante, aunque sea ‑conservadora‑ quedándose como está. La cultura egipcia. La cultura occidental. Culto es homenaje, honor, admiración.

Al revés que el capital, que crece con el neg-ocio, no ocio, la cultura crece con el ocio, tiempo libre, que hay que tener. Y hay quienes ‑teniéndolo‑ lo pierden, y quienes lo invierten en el cultivo de su persona: lecturas y viajes, conciertos y exposiciones, vinos de origen o quesos franceses. La cultura es esa información más opinión, o juicio crítico. Y nos parece progresista porque rompe la clausura de aquel jardín abierto solo a los pocos sabios que en el mundo han sido, los que sabían latín, que fue la cultura del Antiguo Régimen.

La nueva cultura no es la popular cultura de masas, con la que comparte edad y base, la revolución científico técnica. De raíz universitaria, post moderna y post democrática, la cultura sigue sabiendo latín (ahora inglés) y sigue aspirando, a perpetuarse entre nosotros como clase o grupo de presión.

La instalación del arte y la cultura se hace en cuatro fases. Primero la cultura se une a la ciencia, positiva, y el arte, ese inútil, de polizón. Después viene el Elogio de la cultura, chantaje, pues nadie ‑en su sano juicio‑ va a estar en contra de educación, investigación, museos, conservatorios o planes de fomento de la lectura. Luego se minimiza el interés individual: no es que el artista quiera vivir del ocio sino de su obra. Y por último se convence a opinión y Gobierno de la necesidad de legislar el copyright e invertir en cultura y arte como especies protegidas, con cargo al presupuesto. Aquel churrete adolescente es ya, ni más ni menos, patrimonio nacional. Y los demás, a pintar el día que se jubilen.

Pero la extensión del mecenazgo, la multiplicación de los panes y los peces de la cultura en la cultura de masas ha alterado nuestra percepción del arte y acabará en la práctica, junto con internet, con la torre de marfil del presunto y presuntuoso artista. La paradoja alcanza a otros artistas del pensamiento y la vida pública. Política. Filosofía. Religión.

Y aunque, con la misma paradoja, sigamos disfrutando del arte y de la cultura, pirámides de Egipto o glorias vaticanas, sabemos la verdad de las mentiras artísticas y culturales que ‑ni cultos ni artistas‑ hemos dado por buenas.

 

La enseñanza. La enseñanza mezcla cultura, educación y formación profesional y recibe culto progresista bajo las advocaciones de pública y gratuita. Sin embargo, se consiente la explotación de inculta mano de obra no cualificada y el enriquecimiento de incultos negreros. La enseñanza no universitaria, además de pública y gratuita, tendría que ser única (ni religiosa, ni privada, ni concertada), pero eso iría contra la libertad de las personas, otro culto. La alta Universidad debería pagarla quien se beneficia de sus titulaciones. No hablamos del funcionariado educativo o sanitario sino de títulos de élite con máximo ánimo de lucro. Y hablamos del efecto cubalibre: yo me licencio por la pública en La Habana y me la monto por la privada en Miami. Muy pública y muy gratuita, pero la farmacia se queda en casa.

I+D. El culto a la I+D se basa en que sin investigación no hay economía nacional. Antes, habría que diferenciar muy bien el altruista eureka, lo conseguí, que salva vidas, de la voraz carrera de patentes. Edison patentó la bombilla a su nombre, no al de Estados Unidos. Y más que inventar productos originales, al capitalismo importan las finanzas y el PIB, por ese orden. China, y su I+D de imitación. La I+D está obligada a preguntarse a quién le sirve la investigación, si a la Bolsa o a la vida, y qué se entiende por desarrollo.

Derechos de autor. Sin artistas profesionales se ha escrito la historia del arte. Hay quien vive de un arte como si fuese un oficio y hay quien vive de un oficio como si fuese un arte. La cuestión es: trabajo creativo o trabajo alienante. Quién, por la mañana, irá a poner ladrillos o a fregar suelos, y quién, a su estudio o su despacho a dialogar con las musas.

La fuerza de la cultura. En Mayo del 68 y en las facultades antifranquistas la clase estudiantil miraba a la clase obrera. Hubo su demagogia, pero se esperaba de la cultura una teoría del mundo. Fue la inteligencia o intelectualidad: el compromiso. A juzgar por el 15-M, hoy las fuerzas del arte y la cultura han sustituido la teoría por un discurso moral sobre un tabú con eufemismos. Vivir por encima de nuestras posibilidades, ambición, codicia o corrupción son culpables de la crisis de la sociedad actual o mundo en que vivimos. Palabras ventilador. Allá va eso.

Ni tontos ni marxistas, no podemos exigir a un grupo que se haga el haraquiri, que se suicide como clase. Pero sí podemos exigirle la lucidez que tuvo la generación de sus mayores, degustadores de vinos de origen y de quesos franceses que les inculcaron desde la infancia a sus hijos y a sus hijas el beneficio de la cultura.

DL, 4 del 6 de 2012

Próximo capítulo: Mentiras ecológicas y animalistas


El autobús

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Sin bajarse del autobús significa ganar un partido tan cómodamente que deja chico el ganar sin despeinarse, que ya era ganar. Distinto es rehuir el partido por miedo a perderlo, y vengan excusas y declaraciones. Sirva esto de entrada para los penúltimos encuentros sobre el sexismo en el lenguaje.

El 4 de marzo de 2012 el académico Ignacio Bosque, con 26 firmas más, publicó en el país un artículo que, en resumen, venía a desautorizar las guías prácticas de lenguaje no sexista elaboradas por sindicatos y distintas áreas de la mujer, entre ellas la Universidad de Málaga. Mes y medio después, el 25 de abril, Álex Grijelmo publicó en el mismo país otro artículo, conciliador, en el que concluye que los dos bandos actúan bien intencionados y los dos están comprometidos en la lucha por erradicar el sexismo, salvo que el bando criticado da prioridad a los significantes, y el bando crítico, de Ignacio Bosque y firmantes, básicamente la Academia, a los significados.

Para empezar, antes que las buenas o las malas intenciones está la profesión, que para eso nos pagan, y en materia de género la Academia ha mostrado ninguna profesionalidad. Contra sus hábitos y frente a la prisa con que admitió cederrón o azafato en el Diccionario, esta vez la Academia no ha hecho más que abstenerse y criticar. Y digo yo que lo suyo no es dar lecciones de lo malas que son las guías ajenas, sino dictar, como Academia, su propia Guía. Ésta sería un libro de estilo, obligado en medios oficiales (prensa, radio y tv), y un manual de uso para la mayoría, más allá de la vieja prevalencia del masculino sobre el femenino (ya que esa y otras prevalencias son parte del problema, no la solución) y por encima del yo no me siento excluida, cuando hay quien se siente excluida. De eso se trata: de mayorías y minorías. El lenguaje de género puede ser cosa de cuatro feministas, si usted quiere, jefe, pero no es efímero. Ha venido a quedarse y habrá que regularlo en un país donde por educación se visibilizan todas las minorías, donde procuramos no meter la pata en casa del cojo ni hablar de nuestra buena mano en la cocina del manco. Por educación lo hacemos, por contexto y situación, por derechos del receptor.

Con su tono conciliador, quizás Álex Grijelmo le esté echando un guante al bando crítico, que se declara, por supuesto, partidario de la plena igualdad. Al seguir al pie de la letra a Ignacio Bosque y compañía, es como si les dijera: a ver si es verdad. Porque en su sano juicio (de Salomón), Grijelmo distingue a la verdadera madre (la que sufre prejuicios y perjuicios, techo de cristal y pegajoso asfalto) de la madre falsa que, por supuesto, está por la igualdad, faltaría más: todos reconocen el sexismo pero nadie se reconoce sexista.

Dicho lo cual, el artículo de Álex Grijelmo cae en la deformación profesional del lingüista que no ve más que lingüística por todas partes. Como si no influyeran la acción educativa y la acción política. Como si el psoe no hubiera firmado, con una mano, un Ministerio de Igualdad y, con la otra, alianzas con culturas, civilizaciones y Estados que tratan vejatoriamente a sus mujeres. Como si Cospedal o Esperanza Aguirre fuesen a borrar las diferencias entre ellas y sus criadas.

Las palabras entran en sociedad por mecanismos que no explica el Triángulo de Ullman, de significante, significado y referente. Hay triángulos con vértices en la política, la prensa y la enseñanza, que hacen maravillas: libertad o democracia son ‑como Dios‑ conceptos que nadie ha visto y en los que todos creen, como en cultura, arte o derechos de autor, sin ponerlos en duda. Prensa y bipartidismo han pintado monárquico un país que no lo es y nuestras clases medias ‑que aprueban en Occidente o Constitución y suspenden en llamar al capitalismo por su nombre‑ sacan nota en su santidad, monseñor, su alteza o su señoría. Así que, claro que tenemos forma de cambiar muy rápidamente los significantes que usan millones de personas, sin contar propagandas ni tecnicismos de última hora. Memoria histórica o parienta un día vinieron, y se quedaron, y bastó un discurso de un ministro para que en tres telediarios pasáramos de crisis a recesión. Sin eufemismos.

Sin embargo, nos dicen: lo importante es cambiar la realidad (mujer, y nosotras sin saberlo). Otro día nos dijeron que lo importante es comunicar. Y si este lema no mejoró la comunicación (al revés: empezando por la ilegible caligrafía, desde entonces elevada a expresión de la personalidad), ahora los por supuestos pondrán todos sus medios (prensa, radio, tv) para que no cambie nada: ni la realidad ni el lenguaje.

Ni tontos ni marxistas, hagamos como en poesía, reino donde las cosas existen a partir de su nombre. Ya hemos purgado nuestra incultura por una vez que alguien dijo miembros y miembras. Tampoco arquitecto tiene femenino etimológico (no cabe *-tecta, techa), y el drae admite arquitecta. De tal manera, digamos los femeninos que hagan falta, alto y claro lo que pasa, y que les vayan dando a la gramática y a la etimología.

Quien creó el área de Igualdad y Coeducación ‑esos insignificantes‑ olvidó que sin igualdad no hay coeducación y que igualdad y coeducación se llevan mal con colegios religiosos y con muchachas tapadas. Por ahí les viene el miedo: no vayan a salir a campo abierto Iglesia y monarquía, civilizaciones y culturas que tienen mucho que perder si se bajan del autobús.

*Ignacio Bosque, Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, El País, 4 mar 2012

*Álex Grijelmo, Cambiar las palabras o cambiar la realidad, El País, 25 abr 2012

*El Coeducón, http://elwoman.wikispaces.com/

CARTA A UN SOLDADO

CARTA A UN SOLDADO

Antiguos alumnos y alumnas tengo en las fuerzas armadas. Como salida profesional. Debo ser mal profesor porque la última definición del ejército es la que me ponen la primera: la misión de paz y el servicio público. ¿Servicio?: el agente de tráfico, la socorrista, quien apaga un incendio, quien protege a menores o conduce ambulancias. Cuando el ejército se suma a esas tareas es por una emergencia de tal calibre, que estaría bueno que gente joven físicamente bien preparada no acudiera a remediar la catástrofe. Pero la tropa está de paso en las misiones humanitarias, como el administrativo de mi instituto cuando lo ponen de conserje, que se queja porque él no es conserje. Ustedes están en una institución que dispara, mata o destruye lo que le mande ¿quién? ¿La conciencia de ustedes?, ¿el cabo o el sargento?, ¿el general que jamás estará en la línea de fuego?, ¿el que caza elefantes o el que caza letizias?, ¿el Parlamento, esa clase política que todos cuestionan, menos ustedes?

A quien no obedecen ustedes es a las clases sociales más necesitadas, de las que, por cierto, proceden ustedes. Ustedes defienden intereses ajenos de una clase dominante que también domina Onu, Otan, el Ministerio mal llamado de Defensa. Si esos organismos fueran bienintencionados y la guerra no fuera un negocio capitalista, trabajarían por el desarme a nivel mundial. Desarmados también los países vecinos, no haría falta un ejército como se dice ahora, como fuerza disuasoria y garantía de la paz. ¿Se imaginan que el presupuesto militar revirtiera en gastos sociales? ¿Saben ustedes lo que vale una hora de vuelo de un señorito en su caza? ¿Lo que gasta el Sebastián Elcano con esos hijos de papá por ahí de crucero? ¿Decimos lo que cuesta a España Irak, Afganistán, pensiones de por vida, mutilados, medallas al mérito? Y todo para que el otro bando ponga una bomba que se lleve por delante, no a ustedes, que estaban en su cuartel, sino a indefensas personas que iban en el metro a trabajar. Recuerde Atocha, soldado. ¿O va a decir otra vez que a usted que le registren, que usted obedece órdenes? Tantas veces que les hablan los mandos del enemigo, y lo poco que saben ustedes del enemigo.

Han hecho de ustedes mercenarios, se dice de quien coge un arma por dinero. Trabajar por dinero no es deshonra, lo hacemos todos. El problema es con armas. Y qué decir del extranjero que sirve en las fuerzas españolas, ¿que España es su patria? Ya veremos, cuando el PP ‑como en USA‑ privatice el ejército, cuál es su patria: la empresa privada.

Para cualquier duda, consulten los libros de historia. Militares hubo al servicio del pueblo pero, de dos Repúblicas que tuvimos, una se la cargó el general Pavía y la otra el general Franco. ¿Hablamos de Primo de Rivera o del coronel Tejero? Y consulten ustedes las marcas proveedoras del ejército español. Verán que, de patente española, hay bien poco y que en caso de conflicto armado las patentes extranjeras, con darle a un bando repuestos y negárselos al otro, sin moverse de su despacho habrán decidido quién gana la guerra. ¿Les suena las Malvinas?

Ustedes, mi gente, no vinieron al mundo para marcar el paso, presentar armas, izquierda, derecha, hip árou, hip árou. Nada de eso, ni con balas de verdad ni de fogueo, les enseñamos en el colegio o en el instituto. Que hay que buscarse la vida, es lógico, pero no a cualquier precio. Habiendo fuerzas sociales y de progreso, ¿por qué a las fuerzas armadas?

Daniel Lebrato, 10 del 5 de 2012

La manzana de Newton

Toma uno. Carlos Marx murió en 1883 y difícilmente fue marxista. Culpar a Marx del exterminio metódico y de la realización inexorable del socialismo es tan exacto como culpar a Jesús de Nazaret de las atroces cruzadas, lo dijo Borges, y coger al marxismo por el rábano de China o Cuba es coger al cristianismo por las hojas del Papado de Avignon.

Toma dos. No estuvimos en la Bastilla ni hemos cortado el cuello a rey ninguno pero nuestros avances en república y laicismo algo le deben a aquella guillotina, igual que nuestra pacífica transición democrática algo le debe también al atentado terrorista contra Carrero Blanco.

Toma tres. Quien se mofa de la teoría de la evolución y ríe el chiste del mono vendrá usted se beneficia de una ciencia médica en deuda con Darwin. Desde que la Tierra es redonda ‑o sea, desde Galileo‑, evolucionismo, psicoanálisis o relatividad no son asignaturas optativas sino obligatorias. Todos estuvimos en la pizarra de Einstein y a todos nos dio en la cabeza la manzana de Newton. Algo así pasa con el marxismo.

Para no ser marxistas, tendríamos que haber nacido antes de Adam Smith, último en creer que el trabajo es la riqueza de las naciones. Desde El capital (1864), donde Smith puso naciones se pone burguesía. Marx despejó la fórmula de la plusvalía como trabajo acumulado, y de la fuerza de trabajo como la única mercancía capaz por sí sola de generar riqueza, al tiempo que demostraba el doble fetichismo del dinero y del salario que es la base de la alienación. Este análisis no ha sido nunca rebatido.

Un fanatismo muy común es ver la paja del dogmatismo en el ojo marxista y no ver la viga fanática en el ojo propio. De entre libertad, propiedad o democracia, tomemos por caso el pensamiento religioso, empezando por el curioso método que tiene el Vaticano para lavar sus trapos sucios. Pidiendo perdón a Galileo Galilei, el Papa se perdona a sí mismo, mientras que los terribles delitos marxistas no prescriben nunca.

La militancia cristiana puede justificarse (a) desde sus orígenes: Jesús de Nazaret, aquel hombre tan bueno cuyo mensaje adulteró la Iglesia, que así se salva porque, además de divina, es humana, o (b) desde sus finales: una institución, la Iglesia, que es pilar de occidente. Biblia o Corán serán unas veces (c) la sagrada escritura que a ver quién la mueve, o (d) esa escritura relativa, adaptable a los tiempos que corren. Se trata de (e) bautizar al niño, que la niña haga la primera comunión y que a la morita la tapen de por vida. De la (a) a la (e), hasta con cinco barajas, marcadas todas, juega la religión. Y para el marxismo, ni cartas.

Ni tontos ni marxistas, el juego es que un sistema injusto lo tome por justo quien lo sufre o quien podría ‑con otro sistema‑ vivir mejor, gran masa que, en tiempos democráticos, qué curioso que no acierte nunca a plasmar sus mayorías en el conjunto de unas naciones que se llaman unidas. Ahora que se habla de visibilidad, pongámonos las gafas de la visibilidad social que nos quitamos cuando cayó el Muro de Berlín, y a ver qué vemos en andamios, inmigración, tercer y cuarto mundo. Puede que el marxismo haya muerto. Quien no ha muerto, porque se necesita viva, es la mano de obra a la que un sistema extrae plusvalías y materias primas a cambio de unos salarios que si fueran justos no serían salario. ¿Alienados? No, gracias.

daniellebrato@gmail.com, 10 del 5 de 2012