Pajarita de tres nudos

2015.08.13. Daniel Lebrato por Ricardo LópezDespués del éxito de Zapatos y Sombreros,
viene ahora la serie de pajaritas.
Pajarita de tres nudos

CÓMO HACER UN SOMBRERO

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EL ARTISTA CRUCIFICADO

EL ARTISTA CRUCIFICADO

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EL ARTISTA CRUCIFICADO

Lo explica mejor que yo Antonio Molina Flores en su Doble teoría del genio, trabajo que aborda las relaciones entre sujeto y creatividad artística durante los casi treinta años que van desde la Crítica del Juicio (1790), de Kant, hasta El mundo como voluntad y representación (1818), de Schopenhauer. Primero fue la llegada de la burguesía al mercado del arte, en competencia con la iglesia y la nobleza. De pronto, en el arte mandaban las ciudades, nuevo sitio ideal o locus amoenus de pinturas, esculturas, arquitecturas e interiorismos. El arte burgués, que hoy diríamos civil, ya estaba en la pintura europea desde los primitivos flamencos. Lo que no estaba, y apareció en el siglo 19, es el concepto del arte por el arte y la figura del artista. Frente al artesano, capaz de realizar la imitación (o mímesis) dentro de unos cánones realistas, el artista, dotado de genio o de talento, parece un sumo sacerdote que desde su torre de marfil interpreta lo misterios de lo sublime y a continuación se erige en intérprete o mediador entre el misterio y los hombres. El público empieza a dividirse entre quienes entienden y quienes no entienden el arte, y el artista, encumbrado, se permite despreciar el mundo feo y material fingiendo que no le interesa, aunque es el mundo que le da de comer: el de la burguesía, que trajo al artista y al proletariado. Fue la bohemia. La bohemia, como la envidia o el colesterol, la hay buena y mala, la de artistas en la miseria y la de hijos de papá. Valle‑Inclán lo cuenta en Luces de bohemia. Pero el arte no tardó en agotarse (la Fuente de Duchamp es de 1917). Y vino la posmodernidad: el cuadro en blanco, el folio no escrito, la música del corazón o de los pájaros, los sonidos del silencio. Pasada la primera sorpresa, ya nadie paga por esos experimentos. Es lo que nos ocurre en una galería de arte modernito: que o no lo entendemos (en realidad, debería darnos igual no entenderlo porque lo más probable es que el artista no tenga nada que decir) o íntimamente pensamos: Yo también podría hacerlo (la foto, el cuadro). La posmodernidad, con sus repeticiones, hizo que volviera la artesanía, pero los artistas siguieron instalados en una altura que nos resulta patética. Para nosotros, la muerte del arte es una liberación. Si hoy entro en una exposición será porque el artista sea amigo mío o porque me haga falta un cuadro para el salón, no ya porque la galería encierre algo sublime. Muerto el arte, todos somos artistas y cada uno con nuestra cámara en el telefonino, con suerte, podríamos ganar el Pulitzer de fotografía.

Viene esto a cuento del pleito que una santa, real, ilustre y fervorosa hermandad y archicofradía de nazarenos de Sevilla quiere levantarle a Rafael Iglesias por un cartel montaje de los que él hace, un magnífico crucitauro o crucifitauro, un Cristo en la cruz con cabeza de toro, se supone, los dos, expirando. La lectura no puede ser más clara: en las fiestas de Sevilla, quien sufre es el toro. La verdadera fe sabe que Dios, si es dios, no muere, y el creyente sabe que quien espera resucitar no muere, así que el crucificado tampoco sufre. Más allá de una legislación sobre copyright, lo que el enfado de la hermandad pone de relieve es cómo el llamado arte de la Semana Santa no ha cumplido sus ciclos, ni ha sido arte en el sentido genial del siglo 19 ni ha sido moderno ni posmoderno, ni se deja reconocer como lo que es, del Gran Poder a esta parte: pura artesanía, entendida ésta como la repetición de un modelo, como se repiten búcaros o vasijas de loza fina. Que la agonía se exprese distorsionando una cadera sobre otra, no es más que una iconografía manierista que ya en su día fue pura imitación, como reconoce la página de la santa cofradía, donde leemos que el autor de su Cristo pudo inspirarse en Miguel Ángel, siguiendo la línea serpentinata que rompía con los cánones góticos. No. A la hermandad, no le preocupa su copyright sobre una imagen que, suponiendo que Rafa la haya capturado, cualquier turista captura con su cámara y como quiera la utiliza en su ordenador. A la santa cofradía lo que le sale del alma es dar leña a quien se meta un pelo con lo sagrado según Sevilla, algo que ya vimos cuando Javier Krahe tuvo la ocurrencia de hacer un corto sobre cómo cocinar un crucificado. A la hermandad le irrita la lectura que se hace del cartel. Pero como eso no se lleva, la hermandad se acoge a sus supuestos derechos de autor, que es una forma de sintonizar con la SGAE, con la campaña contra la piratería, etcétera, etcétera. Lo que quiere la santa, real, ilustre y fervorosa hermandad y archicofradía de nazarenos es no parecerse al integrismo de islamistas radicales y que Rafael Iglesias no nos recuerde a Charlie Hebdo.

Daniel Lebrato, Ni cultos ni demócratas, 7 de mayo de 2015.

izquierda y derecha

mendiga
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IZQUIERDA Y DERECHA

Un reciente encuentro en la Red con Javier Salvago, a quien admiro, me lleva a hacer un breve sobre la izquierda y la derecha, la riqueza y la miseria. Veamos.


La buena vida es de derechas. La persona que vive bien, una de dos: tendrá ideas sociales, favorables a quienes viven peor, o tendrá ideas individualistas, cerradas a perder sus privilegios. Las ideas sociales se llaman de izquierda o de izquierdas, y las ideas individualistas, de derecha o de derechas. Oído a lo que nos dijo Isabel Álvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia, una señora muy rica militante de las ideas: Cuando llegue la hora de la igualdad, perderé lo que tengo, pero, con lo que me quede, tendré bastante.

Izquierda y derechas son ideas, son abstractos mentales. Y esas ideas las tienen personas con estudios, con tiempo para pensar. Pasa que la derecha, para jodernos o desprestigiarnos, acude al juego sucio de las alusiones personales: ¿Comunista, ése? ¡Menudo coche tiene, menuda casa, menudo ritmo de vida! Saben que esos argumentos hacen daño inmediato entre la gente que no tiene ese ritmo de vida. La derecha, por creer en el dinero, cree en dos hipocresías. Una es la caridad, la limosna, en las que la izquierda no cree (al revés), y otra el ponernos de modelo a quien lo dio todo a los pobres o vivió como un pobre, como hicieron los santos o santones de su religión, desde san Pablo el Ermitaño hasta Teresa de Calcuta, pasando por Mahatma Gandhi. Pero si en esa renuncia consistiera ser de izquierdas (si Gandhi y los sabanitas como él fueran de izquierdas), el mundo (la India) sería de izquierdas, puesto que en el mundo hay más renuncias que opulencias, más pobres que ricos. La gente que nos viene en pateras ¿es de izquierdas? ¿Son de izquierdas la miseria, la pobreza del tercer, del cuarto y del quinto mundo? Si no lo son, ¿por qué quieren que quien piensa en los miserables sea también un miserable?

Mientras tanto, quienes fuisteis tocados por la varita mágica de la buena vida (casa, familia, estudios, trabajo, sueldo, tampoco hace falta mucho más: la buena vida consiste en llegar a fin de mes sin mirar qué día es) engalanaos con las ideas de lo social, de lo común, de lo que debería haber. Solamente los idiotas creen que es bueno lo que hay. No seáis idiotas. Y amad el dinero sin complejos, porque sin dinero no tendríais tiempo ni paciencia para leer este breve ni para pensar si sois de izquierdas o de derechas.

Daniel Lebrato, Ni tontos ni marxistas, 5 del 5 de 2015

gigantes o molinos (acaso acoso)

Última foto en San Isidoro

MOLINOS O GIGANTES

Texto previo. ElTendedero, 1 de mayo de 2015: «Nuestra consigna era Por la paz y el desarme. Con ella en nuestras pancartas íbamos a la Marcha a Rota y a la verja del Peñón: Otan no, bases fuera, Gibraltar español, todo eso. Un día, la consigna apareció cambiada por esta otra: paz y no violencia, campaña apoyada por la Cía y por el glorioso ejército español y por nombres propios como Federico Mayor Zaragoza o Rosa Díez, entonces todavía diputada del PSOE. La jugada fue cambiar la paz mundial, que es de suyo un concepto geoestratégico contrario a guerras y armamentos, por una paz de conveniencia y de convivencia: que nuestro alumnado de barrio no nos rayara el coche y no alborotara en nuestras aulas o a la salida de clase. La implantación de la Escuela, Espacio de Paz yo la viví en el instituto La Paz, han leído bien, La Paz, de Sevilla. Me costó un expediente del que salí con una baja médica por depresión relacionada con el centro de trabajo, o sea, acoso laboral.» Comentario respuesta de Carmen Tesón: «Daniel, estoy contigo. Yo me tuve que ir y faltó poco también para que me abrieran expediente Por suerte, me dieron traslado y la depresión que me provocaron se convirtió en aliento cuando encontré a compañeros normales en el instituto Martínez Montañés sin lamerle el culo al poder. Perdona por no ser más fina. Un abrazo.»

Lo que diferencia a los molinos de los gigantes no es si don Quijote está bueno o malo de la cabeza, no es tampoco lo que llamamos realidad o percepción de la realidad ni tampoco la convicción de que los gigantes lisa y llanamente no existen. La cuestión es que el hidalgo veía una cosa y Sancho Panza otra. Si Sancho hubiese dicho a su señor que los molinos eran gigantes, gigantes hubieran sido y, por nosotros, ningún problema. Viene esto a cuento de la sutil psicología que mueve los hilos del acoso laboral. Una sola persona que se ponga al lado del acosado, que vea lo que él ve, es suficiente. Lo que importa es que no estabas al borde de una manía persecutoria de caballo.

La jugada era la Década de la paz (2000‑2010) vinculada al proyecto La escuela, espacio de paz, que desde el ies La Paz se lanzó a la Junta y desde la Junta al Gobierno de España y a todo el mundo. Para medir la fuerza del proyecto, que levante la mano quien no haya participado (aunque sea escaqueándose y tomándose el día libre) como padre o madre, como enseñante o como estudiante, o como personal no docente, en el Día de la paz que en colegios e institutos se celebraba y se celebra, aunque con menor intensidad, alrededor del 30 de enero (fecha de Gandhi).

Yo, que he sido conspirador muchos años en el movimiento universitario y en el Partido Comunista, huelo de lejos la conspiración. De pronto llegó a mi instituto Santiago Agüero Muñoz (foto 2), el típico profesor de religión marchoso, que no es cura, teólogo o filósofo supongo, joven ya casado y padre de familia, que llama Montse a Monseñor (Amigo Vallejo, entonces), que gasta bromas con la Trinidad (Trinidad Lorenzo se llamaba su mujer), que dice tacos, que se va de marcha con la chavalería, una joya a la que cualquiera le dice lo que entonces se debatía: fuera la religión de la enseñanza pública. Desde 1975 teníamos al papa polaco, Juan Pablo II; vendrían después las guerras justas, del Golfo, de los Balcanes, las Torres Gemelas y, como respuesta pacífica, el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero (en el poder desde 2004, tras los atentados de Atocha) trabajaba ya por la Alianza de Civilizaciones (con las Tres Culturas, en realidad tres religiones), que entrará en la ONU en 2007.

Lo por mí vivido lo nombré con título tomado del poeta argentino Saúl Yurkievich (1931‑2005), Acaso acoso. Cuento en mi currículum que de 1986 a 2005 estuve casi veinte años sirviendo en este instituto de barrios. Rochelambert, Cerro del Águila, Santa Aurelia, Juan XIII, Su Eminencia, Los Pajaritos, Las Teresas. Pasaron por ahí en distintas épocas: Juan Núñez, de matemáticas, Emilio Solís, de física y química, José Manuel López Muñoz, de ciencias, Juan Antonio Rodríguez Tous y Javier Lama, de filosofía, Javier Sánchez-Cid Gori, de historia, Antonio Jiménez Casero, Emilio Díaz Rolando y Pilar Riesco, de clásicas, Encina Blanco Lobato, Benigno del Río y Trinidad Infante, de inglés, Pilar Villalobos, María Dolores González Cantos y José Marrodán, de literatura, Carlos Tarín y Andrés Moreno Mengíbar, de música, y los profesores pintores Carmen Montoro, María José García del Moral, Antonio Jiménez, Antonio López Méndez y Juan Antonio Cortés. Alumnos fueron las hermanas Márquez, derecho, Juan Morata, músico, Patricia Villaitodo, actriz, Vicente Merinero, de filosofía, Pepe Fernández Pepo, publicaciones de tema cofradiero, Alex Olguín, dibujante urbano, Diego Vaya, poeta.

Acaso acoso, IES La Paz, curso 92-93. En una publicación del departamento de ciencias de su instituto La Paz, Imago Arborum, libro de los árboles de Sevilla ilustrado por poetas y escritores próximos, Daniel Lebrato no está. Sí están Ramírez Lozano, José María Algaba, Miguel Florián, Félix Morales Prado, Antonio Molina Flores o Eliacer Cansino entre otros. Para una segunda parte, Imago Arborum II, septiembre 1994, la coordinación y búsqueda de textos literarios se le había encargado a Hipólito González Navarro con José Daniel Moreno Serrallé. Daniel Lebrato sigue sin estar. Sí aparecen Juan Lamillar, Manuel Moya, Rafael de Cózar, Juan José Espinosa Vargas o Rafael Adolfo Téllez y al frente, abriendo el libro por la a de adelfa, Pilar Márquez González, jefa del departamento de lengua del instituto La Paz. Todos estos son nombres, incluida Pilar Márquez González, que El Sobre Hilado iba trayendo por el instituto en sesiones de poetas en el aula, encima muy protestadas “porque se desorganizaban mucho las clases”. Eran los tiempos de Rodríguez Tous y de su sello editorial de lujo, la Sombra de la Torre, la Editora del Veinte.

Abril de 1997. El profesor Lebrato defendió en su instituto la objeción de conciencia (asistencia voluntaria) ante la representación (cortando clases y obligatoria para todos) de Jesucristo Superestar, obra que dirigía Pilar Márquez González con los Padres Blancos, de los Remedios. El periódico El Corcho puso un cartel de protesta en profesores: “Jesucristo Superestar: teatro no es ni el instituto, una parroquia”. Para qué dije nada. La respuesta del claustro fue una defensa cerrada de Pilar Márquez González. Después de aquello el director Jesús Ruiz Abrio pintó y regaló un abanico a Daniel que representaba un bestiario de fábula con la leyenda: “El zorro destapa la hipocresía de la asamblea”. Más tarde me desaparecería, pero Jesús Ruiz Abrio y yo sabemos que el abanico fue suyo y fue cierto. Si también él fue quien ‑cuando mi amistad ya no le interesaba‑ me lo hizo desaparecer, eso ya no lo sé.

Curso 1998-1999. Ausente el profesor Lebrato por causa de una operación (de hidrocele, tenía huevos la cosa), Pilar Márquez González, jefa del departamento de lengua fija un examen para alumnos pendientes que no sigue la programación que el profesor había estado dando durante el curso. La convocatoria de septiembre fue impugnada por todas las partes y trajo un largo conflicto que duró todo el año 1999 y acabó con la intervención de la inspección, jefe de inspectores que era Miguel Ángel Ortiz, afortunadamente amigo mío, que no daba crédito a semejante pelotera por un quítame allá ese examen.

Desde 1999. Las Jornadas de la Paz. Lebrato hace un escrito, Para qué sirve la paz comparando la paz con el pitido final en un partido igualado. Para algunos la paz, en tanto anula la rebeldía, es que el mundo siga como está, aunque ellos dirán más justo, para que en clase no haya peleas ni riñas a la salida, que nadie quiere. Las generaciones añadían a la consigna paz las consignas revolución o desarme, geopolítica mundial. La no violencia de oenegés no pasa de urbanidad y buenas costumbres, combina bien con los ejércitos que ellos dicen en misiones de paz y nunca pondrá en pie la desigualdad de este mundo. De los participantes en las Jornadas, sólo a Jesús Velázquez intere­só la opinión del compañero Lebrato, a quien nunca invitaron los organizadores.

Abril de 2003. El Corcho protesta de que la junta directiva autorizara una catequesis de acampada a la aldea Candón de Huelva con el profesor de religión a tan sólo un mes de selectividad, alumnos que perdieron dos (de tres, a la semana) clases de lengua.

Curso 2003-2004. Lebrato asume la asignatura de Información y Comunicación (ICO) que venía dando su compañera Pilar Meseguer. Elige un tablón para prácticas periodísticas y por concurso de ideas entre sus alumnos funda y dirige un periódico mural, Estilo Urbano, con su logo, sus secciones, su página web. En noviembre de 2003 la directiva del instituto La Paz mandó cambiar sin previo aviso la cerradura e impidió el acceso al aula de audiovisuales. Motivos alegados: destrozos del material y colapso en el uso de la sala de audiovisuales. Todo falso. En febrero de 2004 profesores se quejan porque alumnos de 2º de bachillerato les falten a clase por participar con Lebrato en el cine fórum del ayuntamiento de Sevilla. El 14 de abril se lleva a los de 4º de ESO al IES Pino Montano, teatro club, montaje antitabaco del grupo de Mari Carmen Alfonso. El 23 de febrero de 2004, época Aznar, con tropas españolas desde septiembre en Irak y después de tanto No a la Guerra, el departamento de orientación del IES La Paz se deja caer con unas charlas de militares. Lebrato defendió otra vez la objeción de conciencia y se opuso, de palabra ante la jefa de estudios, a que las charlas fueran de asistencia obligatoria para alumnos de bachillerato. La respuesta fue que los militares venían a hablar de las misiones de paz como salidas profesionales y que no siendo obligatorio el servicio militar tampoco sería obligatoria la objeción de conciencia. La mayoría de profesores están contra Lebrato, tildado sistemáticamente de mal compañero. A estas alturas, él y Pilar Villalobos hace tiempo que faltan justificados a los claustros. Para corregir sus excesos de individualismo, DL se apunta en la asociación REDES, Renovación de la Educación y Defensa de la Enseñanza, y en Sevilla Laica, donde es visible su nuevo amigo, Leopoldo Acal.

Curso 2004-2005. En noviembre el profesor de ICO Daniel Lebrato colabora con Juan Antonio Cortés, de dibujo, en las actividades paralelas y escolares con motivo de la Bienal de Arte de Sevilla. Sobre las metáforas visuales de sus alumnos, hechas con más imaginación que materiales nobles, el profesor propuso un fotomontaje con el sello del que tenía por costumbre reírse de su propia sombra. El lunes 15 de noviembre iban los reyes a inaugurar la exposición. En su retrato oficial se veía al rey Juan Carlos con Sofía del brazo: “–Arte ni arte, ¿a dónde me traes, Mari Sofi?, ¡qué cochambre!”. Entre el 17 y el 19 de noviembre ocurre la censura y cierre del tablón de ICO/Estilo Urbano. El director alega falta de respeto al Rey y que nueve profesores se le habían quejado. El 8 de febrero en el renovado y recién elegido Consejo Escolar alumnos se quejan por las malas del profesor Lebrato. El día siguiente, 9 de febrero, Pilar Villalobos se da de baja. Se presenta ante la inspección el padre de un alumno indisciplinado. Se oye hablar de expediente. El jueves 24 de febrero de 2005, tras 18 años de servicio en ese centro, Daniel Lebrato dio en el instituto La Paz su última clase. El lunes siguiente, 28 de febrero, era el Día de Andalucía. El 13 de marzo Alberto Leidán publica Cuestiones personales, artículo en defensa del profesor Lebrato y de la libertad de conciencia y del derecho de objeción. El 18 de marzo el CEP de Castilleja de la Cuesta reconoce a Daniel Lebrato Martínez las diez horas de dedicación por su participación en la Bienal de Arte, actividad que según el director a los alumnos se salía de las competencias del profesor.

Carmen Tesón quita el Acaso al acoso. Eran gigantes, el loco lo sabía. Efecto secundario, y no el menor, fue la creación del derechoso sindicato APIA (Asociación de Profesores de Instituto de Andalucía), donde fueron a parar mis amigos de la Guardia de la Cruzcampo (en la foto 2: Carlos Tarín, Manolo Vidal y Teresa Prieto).

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Foto 1. Abajo y de izquierda a derecha: Carlos Tarín, Manolo Vidal, Daniel Lebrato (Dani el Rojo, con barba) el cura Ángel Esteban y Eduardo Figueroa; arriba de Daniel, con gafas, Teresa Prieto; a la derecha de Teresa, Chelo Morilla, Azucena Méndez, alguien y Pepe Méndez. La foto está tomada en el instituto Luis Cernuda, del que éramos extensión, curso 1986‑87.

FOTO DOS

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Curso 2003‑2004. Por la izquierda: Nacho Camino, Carmen Tesón, Carlos Tarín; de pie, Santiago Agüero. Por la derecha: en primer plano Teresa Prieto, detrás de ella Purificación Rodríguez. Al fondo, a la izquierda de Daniel Lebrato, Juan Antonio Cortés y, a su derecha, Ricardo Gómez Arcos.

Daniel Lebrato, Acaso acoso, 2 de mayo de 2015


Cuestiones personales

CUESTIONES PERSONALES

Los recientes acontecimientos protagonizados a su pesar por un profesor de información y comunicación de un instituto de Sevilla, que empezaron con un texto censurado y una polémica (si en un fotomontaje con motivo de la Bienal de Arte hubo o no ofensa contra la Casa Real), han levantado otra polémica: si en el profesor hubo cuestiones personales, concepto manejado una y otra vez por el director y por el entorno del director. Ésa es la polémica y éste es el texto.

A la gente nos gusta y no nos gusta hablar de cuestiones personales, en parte porque por cuestiones personales entendemos dos cosas parecidas y distintas: llamamos cuestiones personales a lo específico que atañe o corresponde a una sola persona y llamamos cuestiones personales a las diferencias entre dos o más personas o cargos públicos. La frontera es tan sutil que ni siquiera está claro qué dice el político o el cargo público de turno cuando declara que deja el cargo por motivos personales. ¿Personales de él o personales entre él y su equipo, colaboradores o superiores? Tan personal es un secreto, el que encierra y explica la psicología de fulanito, como personal es un motivo oscuro de rivalidad entre individuos, eso que, cuando estalla, estalla en forma de reyerta. Entre romanos y cartagineses del romance de Lorca había cuestiones personales, entre Montescos y Capuletos. En cualquier caso, donde hay cuestiones personales la mayoría de los hablantes suponemos o superponemos privadas. Acostumbrados a una idea de lo personal, las personas, como las casas, tienen su privacidad y no solemos entrar en ellas sin pedir permiso o haber sido previamente invitados. Un respeto, pues, cuando nos hablan de cuestiones personales.

Sin embargo, y por lo mismo, lo personal nos provoca curiosidad, misterio. Como aquella película ¿Qué pasó entre mi padre y tu madre? o como los hijos de Meryl Streep en Los puentes de Madison. Abundan los géneros policiales o psicológicos donde la curiosidad ocupa el centro: Marnie la ladrona o la princesa triste, ¿qué tendría la princesa de Darío?, aquella Regenta de Clarín abismada en el repaso de su vida por confesión general. Entre el pudor y el misterio, las cuestiones personales nos invitan a un limbo de interrogantes, a un umbral de causas y efectos, curiosidad que podríamos llamar síndrome Gran Hermano, Show de Truman, apropiación de una intimidad que no es nuestra pero podría serlo, argumentos que justifican y alimentan el morbo.

Para que haya cuestiones en verdad personales, tiene que haber simetría, equilibrio de fuerzas y poderes. Salvo excepciones aberrantes y peliculeras, usted no diría que entre el cirujano y el operado, entre el guardia y el multado hay cuestiones personales. No había cuestiones entre usted y sus maestros ni entre padres e hijos ni entre empresarios y obreros. Habrá cuestiones educativas o de generación, habrá problemas laborales. Más aún: la moral pública ha ido creciendo y madurando precisamente en contra de lo personal. Si usted tiene algo personal con las personas de una causa judicial, usted no puede ser miembro del jurado, ni vale lo mismo ante un juez la declaración de un familiar que de alguien ajeno a la familia. Para evitar cuestiones, los árbitros, se buscan neutrales, que no compartan la ciudad o los colores de ninguno de los equipos contendientes. Y, al revés, yo como votante no puedo tener cuestiones personales con Aznar ni Zapatero. Tendré posturas, definiciones políticas, y políticos serán en todo caso mis desacuerdos con ellos como presidentes del Gobierno. Lo que sería el colmo es que Aznar o Zapatero tuvieran cuestiones personales contra mí, el ciudadano. Está mal abuchear al árbitro pero peor sería que el árbitro me abucheara a mí. Eso tiene lo público, lo que podríamos y deberíamos llamar, más que público, político. Hablemos de problemas políticos sin perder la objetividad ni la compostura. Y estemos seguros de que la mezcla de lo público con lo privado es una mezcla envenenada que no ha traído a la humanidad más que conflictos, guerras o campos de concentración: ¿habrá alguna cuestión personal más personal que las creencias de cada uno? Nunca viene con buenas intenciones quien en el terreno de la polis, de la res pública, mezcla cuestiones individuales. Pues mientras la masa discuta sobre personas, lo que interesaba a todos como ciudadanos pasará desapercibido, seguirá sin revisarse ni discutirse. Y que el individuo pierde, eso es seguro.

Parálisis o malformación del juicio semejante, pero a la inversa, sucede en un espectador ingenuo cuando un personaje indudablemente público se le muestra en su aspecto más personal. Véanse algunas reacciones a la película El hundimiento. Un ojo crítico deslinda territorios y no se confunde: a cada esfera lo suyo, el rostro humano del dictador, del sanguinario Hitler, ni nos emociona ni lo contrario, porque el dictador no está en la Historia con mayúsculas por una cuestión personal. Por tanto, digan de él lo que digan esas imágenes privadas, sigue en pie el gran juicio de la Historia por el cual, no lo olvidemos, ese personaje ocupa el lugar que ocupa y ha merecido esa película, esa historia con minúsculas.

En el caso en que nos movemos, ha faltado simetría entre profesor y director. De hecho, cada vez son más los poderes que tiene un director y menos lo que representa un profesor, apenas un voto en un claustro por encima del cual se imponen ya hace tiempo los consejos escolares. Mientras uno quitó, censuró o prohibió (dígase como se quiera), el otro ni quitó ni censuró ni prohibió nada. Mientras el director tenía de su parte instituciones y expedientes, el profesor, como mucho, simpatías y abogados y últimamente médicos. Y mientras contra el profesor se han utilizado modos estrictamente privados (la psicología del personaje, que “no se puede hablar” con él porque “ya se sabe cómo es”), nadie ha juzgado si se puede hablar con el director o cómo es el director. Pero, aun con todo y con eso, la simetría seguiría siendo falsa. Principalmente porque entre los alumnos la persona-profesor se ha mezclado y confundido con el profesor a secas, y se han involucrado programaciones didácticas, métodos de clases, de exámenes y calificaciones, batiburrillo que, en principio, no tenía nada que ver con presuntas faltas al Rey. Ya puestos, no un profesor solo, sino los cuarenta y pico profesores de ese instituto sevillano tendrían que haber pasado por una auditoría de baremaciones didácticas parecidas. Y aun después de hecha, supongamos, esa auditoría a todos y cada uno de los miembros del claustro, al director todavía le quedaría pasar un control de calidad más alta. Para algo el que era solamente profesor de dibujo se presentó en su día a director, se postuló a sí mismo para papeles de dirección y mando. Al director, como al político o como al actor, lo sostenemos con nuestro voto, le estamos pagando por su actuación y está sujeto doblemente al abucheo o al aplauso.

Un profesor es bueno porque transmita y haga avanzar a su alumnado por los caminos de la cultura y las salidas profesionales y porque su estadística de resultados (sus números en selectividad, por ejemplo) le sean favorables. Y no por ser más o menos simpático ni popular entre el alumnado ese profesor es mejor, no porque se pueda hablar con él. Todos recordamos célebres y muy buenos profesores que han tenido unas malas pulgas y un trato humano lamentables sin que se resienta su fama de buenos profesores.

Por su parte, en el balance del director habría que valorar si con el mismo celo que guarda la imagen real (que tampoco: sabido es que el retrato oficial estaba en lo alto de una estantería criando polvo), si con ese mismo celo, digo, decimos, se guardan en su centro los derechos constitucionales de expresión, de objeción de conciencia y respeto a las minorías (que no lo parece, según convocatorias de tablón y libros de actas oficiales). Preguntarle al director si los alumnos de su centro están mejor o son más felices ahora, sin periódico de alumnos. Si las asignaturas (todas: también información y comunicación) van desarrollando sus currículos sin incidencias. Si su junta directiva actúa de acelerador en innovaciones pedagógicas. Si dirige un claustro alegre y confiado donde imparcial y efectivamente caben todas las opciones que caben en la Constitución Española y en la libertad de enseñanza dentro de la enseñanza pública. Si, como profesor de dibujo que es, está profesionalmente puesto al día en conceptos del texto contemporáneo y capacitado en la materia concreta de lo que entra y no entra en asignaturas como información y comunicación. Y si, como juez y parte, actuó con razón. (A todo eso habría que añadir circunstancialmente, señor director, si el centro que usted dirige está mejor ahora, que el profesor ya no está y que, como importante efecto secundario, otra profesora, sensible a lo que estaba pasando, está de baja también.)

Lo demás, lo simpático o antipático de cada uno, si se lleva mejor o peor con el resto del claustro, si lo invitan a tal cena de Navidad, si es homosexual o va al trabajo en barco o en motoneta, la verdad es que importa poco. El profesorado no hace oposiciones ni cobra por cuestiones personales. Y suponiendo que vayan por el caminito recto y no contra el honor de la persona, las cuestiones personales no hacen nunca más que enredar y confundir.

Alberto Leidán, 13.3.05

¿Para qué sirve la paz?

Uno de los nuestros, el dramaturgo Francisco Nieva, escri­bió en una muy libre versión de La Paz de Aristófanes que en paz se firman paces que son peores que la guerra. Otro de los nuestros, Vladimir Ilich, se atrevió a preguntar: ¿Libertad, para qué? y todavía sigue demonizado por los guardianes de Occi­dente, esos que otorgan el carné oficial a liberales y demócratas. Y quizá quien pregunte ahora la paz ¿para qué? esté corriendo un riesgo parecido: el riesgo de ser acusado de partidario de la violencia o de la guerra.

Pero alguien tendrá que recordar que la Paz, como la felici­dad o la salud, es un ideal relativo y no absoluto Si se puede, haremos bien en aspirar a la paz, claro, pero que se lo pregunten a aquel Jesús de Nazaret, que hoy nos quieren vender como me­dio jipi y pacifista. Aquel cabreo monumental contra los merca­deres en el templo. La prensa oficial, los evangelistas hablaron de justa cólera. Pero si hay una justa cólera es que hay una paz in­justa. ¿La paz? Hasta que nos tocan las narices.

Las cuentas de la paz vienen a ser las del crono de un árbitro. Quien va ganando el partido quiere que el árbitro pite y ase­gure su victoria; quien va perdiendo todavía espera marcar en el descuento, igualar o ganar el partido. Así es la paz. La paz le vie­ne fantástica a las personas y colectivos y naciones que van ga­nando el partido. La paz asegura el orden y la sumisión de los perdedores: su mano de obra barata y la materia prima de sus países empobrecidos. Con ayuda de leyes y gendarmes, la paz y el orden consagran el beneficio, la plusvalía capitalista. Pero otra cosa dirán de la paz el subsahariano o el palestino.

La paz es sana y limpia y, aun con todos sus inconvenientes, siempre será preferible a la guerra, pero sólo es eso: preferible­mente mejor. Por sí misma, la paz no dice nada. De hecho, vivimos globalmente en paz y sin embargo el mundo está que da pena. Y algo tendrán que hacer los perdedores: no vale que usted o yo que vivimos a este lado del bienestar digamos al otro: –Tú quietecito y a esperar de mí el subsidio o la limosna. Es verdad que si el de abajo acude a la violencia, a la guerra o a la guerrilla, también lleva las de perder, pero la cuestión es ¿quién quiere us­ted que gane? En definitiva, no se puede ser pacifista sin ser par­tidario de la Revolución. Si no, no nos engañemos, lo que hace el pacifismo descafeinado es imponer que todo siga igual, la sumi­sión. No hay pacifismo que valga si no cuestiona el actual repar­to de la miseria, los títulos de propiedad, las cárceles y los pala­cios. Paz, si, pero ¿cuándo se ha visto que los que tienen bienes se desprendieran pacíficamente de sus bienes? Y no vengan con monsergas caritativas: usted no se ha comprado el coche último modelo para compartirlo con quien no tiene ese coche último modelo. Y en cuanto a los creyentes, la Iglesia como institución calla y consiente tanta situación violenta, para empezar es dog­mática, que ¿cómo se atreve a gananciarse la paz? ¿De qué paz hablan los monseñores que bendicen desfiles y armamentos?

Más educativo y sutil nos parece buscarle los perfiles éticos y políticos a la paz, que los tiene. Mientras sí mientras no, nos quedaremos en casa. Pondremos el disco de Paco Ibáñez que nos cante en español otra vez lo de Brassens: la música celestial nunca nos supo levantar.

CÁNCER DE ESTILO

Partiendo de un mismo sufijo, del griego -μα, los sufijos ‑ema y ‑oma desarrollan sentidos opuestos, son antónimos, uno el cosmos y otro el caos. ‑ema representa el orden, el sistema. ‑oma, el desorden, el no sistema o lo que se sale de él. En lingüística moderna, ‑ema se ha generalizado en sustantivos como lexema, fonema o tonema, sin duda por cercanía con tema, sistema o poema, que ya existían. Fernando Lázaro Carreter, en su Diccionario de términos filológicos (1980), incluye el estilema para definir los rasgos constantes característicos del estilo de un autor, lo que nosotros preferimos definir como la unidad mínima reconocible del estilo de un autor, de una obra, de un género, de una época o de un movimiento literario. En los pleitos por plagio, el estilema alcanza un valor pericial y probatorio para el cotejo de dos o más textos. Por su parte, la medicina patológica ha tomado la terminación -oma como nuevo sufijo con el significado de tumor (fibroma, papiloma, sifiloma). Finalmente, esa patología, aplicada a la estilística, nos da el estiloma, tumor propio del cáncer de estilo, entendiendo el cáncer como un proceso descontrolado tanto en el habla como en la escritura. El estiloma puede comenzar de manera localizada en un mal hábito (por ejemplo, el galicismo es que: es que no quiero, en lugar de no quiero) y, a partir del foco, se disemina a otras construcciones circundantes (es por eso que, fue entonces cuando, fue allí donde, es así como, etc.) y, si no se corrige a tiempo, conduce a la muerte de la literatura y del idioma. Castellano llano, ya no. Se conocen más de 200 tipos diferentes de estilomas, divididos, según los tres niveles de la lengua, en fonéticos, gramaticales y de palabras. Unos son de lengua antes que de literatura (quien no sabe hablar es imposible que sepa escribir) y otros son específicamente literarios y afectan al uso de las llamadas figuras retóricas: ampulosidad, afectación, pedantería, imitación, retoricismo, cursilería, chabacanería, esnobismo, muletillas, ripios o cacofonías. En estilismo imitativo, los estilomas más comunes son la perofobia, la enclititis, el talcuantismo, la esdrujulemia o la cernudofilia, entre otros. Se cree que Hipócrates fue el primero en utilizar el término carcinos (relativo al cangrejo), del griego karkinoma. El cáncer de estilo es el resultado de dos procesos sucesivos: por un lado el aumento de una obra mala por proliferación de textos tumorales, o neoplasia, y por otro la incapacidad de las instituciones docentes y literarias frente al caso invasivo de una obra mala que coloniza y prolifera en otros autores, público y crítica, proceso conocido como metástasis.

ENCLITITIS, SEÍSMO o HIPERATONÍA SEVERA

Se llama atonía (del lat. atonĭa, y este del gr. ἀτονία) a la falta de energía y, en lengua, a la sílaba débil, no acentuada. El prefijo léxico hiper- (del gr. ὑπερ) significa superioridad o exceso (hipertensión, hiperclorhidria, Hipercor). hiperatonía. Grado extremo de rechazo a los pronombres átonos independientes, dícese de quienes usan dícese en vez de se dice, patología conocida desde finales del siglo 19 como enclititis, grado agudo de la enclisis. (Del gr. ἔγκλισις, inclinación). La enclisis es la unión de una o más palabras, generalmente átonas, a otra tónica que las precede, como es el caso de uno o dos pronombres átonos detrás del verbo que los rige, posposición que es norma (obligatoria) en la lengua (dímelo, tráeselo) y voluntad de estilo en la literatura (dígote, hablásteme, usábanse). Es oír a alguien enclítico, y darnos la risa tonta. ¿Pero qué habla este idiota? Trastorno inverso, pero también arcaicista, sería usar nos dar en lugar de darnos. Son trucos que empleamos para imitar al castellano antiguo. La mejor parodia de estos usos la vimos en La venganza de don Mendo (1918), de Pedro Muñoz Seca. La enclititis, cuando no es parodia, se tiene por defecto grave en el verso y mortal de necesidad si aparece en la prosa. Lo curioso de la enclititis moderna es que conjuga solo por la tercera persona, pronombre se, lo que se llama seísmo: comprometiose, riose, santiguose. El caso más gracioso y extendido de seísmo es díseselo, donde el segundo se no cumple función ninguna, es como un eco del primero, complemento indirecto, y lo, el directo. Quienes practican el seísmo, parece que ignoran que hasta el ’98 (y particularmente Pío Baroja) la enclisis recorría los tres campos personales (mal llamados personas verbales) y se daba también en primera y en segunda persona, más la tercera: pronombres me, te, se, lo (dígasme, dígote, dígolo), con sus plurales. Estamos hablando de autores que cuando quieren usan lo escuchó (no escucholo), se asomó (no asomose) o se llenaba (no llenábase) en el mismo párrafo donde utilizan encaminose. Lo cual nos lleva a la conclusión de que el seísta ni siquiera es coherente con el artificio que maneja y creerá que así es como hay que escribir, porque le parezca más fino o porque lo aprendió en Luis Cernuda. También puede tratarse de un efecto de extrañamiento, de la búsqueda de una lengua ajena a la lengua de los demás mortales, tumor de estilo que recibe el nombre de torremarfiloma, cáncer de estilo propio de autores que, encima de que no saben escribir, se tienen a sí mismos por los guardianes de la lengua culta o del lenguaje poético, de altivos y engreídos que resultan.

TALCUANTISMO

Se llama talcualcuantismo, más breve talcuantismo, al uso de tal por como (tal lengua de fuego, ‘como lengua de fuego’), cual por como (cual alocado obispo) y cuán por qué (cuán extraño). No se incluye tal cual, equivalente a como (tal cual estaban) o modo consabido, sustituible por así (los encontraron tal cual). El talcuantismo o talcualcuantitis es una inflamación de la prosa cuando el estilo no produce de manera natural los como y los que necesarios para el organismo, que reacciona produciendo una cantidad excesiva de tal, cual y cuán. Este estiloma afecta a escritores tenidos por clásicos del siglo 20 y es un juego de dudoso mérito para abreviar las sílabas de un verso. (Hacemos un inciso. Bécquer uso por dónde en el heptasílabo “no sepa a camina”, cuando ya nadie lo usaba en la lengua hablada. No confundir con “cuán presto se va el placer”, de Manrique, acorde con la lengua de su siglo.) El talcuantismo tiene difícil solución por vía farmacéutica, siendo en un 90 por cien de casos necesaria la intervención quirúrgica. Tal suele alojarse en el corazón del paciente confundido con tan (tan querido, tal querido), cual en el aparato digestivo (cual pan, como pan) y cuán busca su alojo en el recto (cuán huele). La talcuantomía o talcuantoplastia es una operación delicada por cuanto las más de las veces el paciente tarda en acudir a consulta (de hecho, la mayoría cree que tal y cual y cuan son síntomas de un estilo superior). La metástasis empieza por el sistema versicular y se extiende al tejido prosaico. En estos casos, los originales hay que tratarlos con letroterapia y pasarlos por Ctrl+R, reemplazar, y si aún quedaran restos habría que extirpar el manuscrito, seleccionar todo y tirar, sin miedo a que el ordenador nos pregunte ¿Seguro que desea eliminar este bodrio? Responda Sí y, para más seguridad, asegúrese de vaciar también la papelera de reciclaje, no vaya a ser que el texto malo resucite o recidive. Últimamente se están logrando avances con injertos de comos artificiales y con un régimen alimenticio de mucha hambre, que obligue al paciente a preguntarse ¿qué hay de comer?, en diálogo, si es persona que no hace nada en casa, o el más contundente ¿hoy qué como?, monólogo ante una nevera vacía o una página en blanco. Quien no resista esta terapia, repita en voz baja Espadas como labios, Espadas como labios, Espadas como labios, a ver si puede decir *Espadas cual labios, *Espadas cual labios. Pruebe también a chapurrear Como una ola, de Rocío Jurado, cantándolo *Cual una hola, a ver si no le suena a coreano o coleano. Para la extracción del cuán por qué, es conveniente hablar al paciente muy bajito para forzar la pregunta ¿Qué dices? Si todavía preguntara ¿Cuán dices?, habría que llevarlo de inmediato a urgencias. Contraindicaciones. Durante el tratamiento, no leer a escritores antiguos. Con receta médica.

PEROFOBIA

Se llama perofobia (del lat. per hoc y del gr. -φοβία, elem. compos. que significa temor) a una aversión obsesiva o a un temor irracional compulsivo a usar la conjunción adversativa pero, habitualmente sustituida por mas, de ahí los nombres que también recibe de hipermasia, masitis o masorrea. La perofobia benigna se detecta en cualquier y buen poema (más raramente en una buena prosa del siglo 21) pero por encima de un mínimo resulta altamente tóxica para la lectura, hasta llegar a enrabietar al lector por la pérdida de naturalidad. No confundir la perofobia adquirida con el mas por pero natural en el habla de zonas rurales, donde el uso de mas se tiene por rasgo dialectal, grato al oído de quien lo escucha en las personas mayores. La logopedia literaria aconseja al paciente, para empezar, sustituir poco a poco mas por empero, conjunción todavía algo cursi pero en el camino fonético correcto. La vez que un verso le salga largo de sílabas, ya verá como en vez de empero pone usted pero. Se llama aféresis y está en el vademécum de la retórica desde Aristóteles. Para consolidar el tratamiento, tres veces al día (desayuno, almuerzo y cena) escriba pero. Hágalo cuantas veces pueda y sin forzar la dosis hasta que pero fluya de su pluma o de su teclado con naturalidad. Combine el tratamiento con un refuerzo léxico a base de apero, avispero, campero, chapero, chispero, copero, lepero, pompero, rapero, ropero, sopero, trapero o tripero. Verá que nota mejoría. También le ayudarán sus buenos peros de Galaroza. Delante del pero diga, a la manera de Epi y Blas: Esto es un pero, Me voy a comer este pero, Qué bueno (no cuán bueno) estaba este pero. Inversamente, evite palabras como masa, masón, masía.

ÍNDICE DE ESTILOMAS Y CONCEPTOS
con sus ejemplos verídicos

ATÓNITO,A. Como se queda quien lee a víctimas de cáncer de estilo.

CÁNCER DE ESTILO. Mala literatura. Consta de neoplasia y metástasis.

CERNUDOFILIA. Imitación patológica del lenguaje o de las maneras de Luis Cernuda.

CUALISMO. Cual alocado obispo. Cual meritorio. Cual pequeñas colas.

CUANISMO o CUANTISMO. Cuán pobre impresión, Cuán extraño.

EMPERISMO. Empero, no es esto lo más sorprendente.

ENCLITITIS. Seísmo.

ERRIMISMO. Pulquérrima mujer de pueblo.

ESCUANDISMO. Al despedirse es cuando la mujer pronuncia el nombre. Es entonces cuando el hombre se estremece. Fue al atardecer cuando conoció a su amigo.

ESDRUJULEMIA. Control de esdrújulas, que aumentan con la enclititis.

ESQUIENISMO. Es finalmente a Equis a quien siempre se asocia.

ESTILOMA. Tumor de estilo. En uno mismo es neoplasia y en los demás, metástasis.

HIPERATONÍA. Enclititis.

HIPERMASIA. Masitis.

MASITIS. Masorrea.

MASORREA. Perofobia.

PEROFOBIA. Mas también es cierto. Mas por encima de su cabeza.

SEÍSMO. Comprometiose el sacerdote.

TALCUANTISMO. Talismo, cualismo y cuantismo.

TALISMO. Tal lengua de fuego lo quemó.

TORREMARFILOMA. Tumor de quien va por la vida de artista puro. Se contagia contemplando a Juan Ramón Jiménez. La torre de marfil viene del Cantar de los Cantares (7, 5), del Coro, a la Esposa: Tu cuello es como una torre de marfil. Como símbolo del aislamiento del artista y del arte puro, se usa desde 1837 (por el crítico y escritor Sainte-Beuve, 1804-1869). Vean La hispanoteca de Justo Fernández López.

YAYAÍSMO. Ya atónitos, ya confusos, ya indignados. O sea, ustedes mismos.

Daniel Lebrato, Taller de escritura de 1ºZ, 28 del 4 de 2015