El Gatopardo. Un ensayo sobre la cultura.

gattopardoEL GATOPARDO. UN ENSAYO SOBRE LA CULTURA
Una historia, un sistema y una generación perdida.

UNA HISTORIA

  1. Lo que llamamos el hombre y la historia del hombre ha debido ser siempre algo binario. Ganadores y perdedores. Quien tiene y quien no tiene. En el principio de la lucha por la vida, el ganador se comería al perdedor, y a otra cosa. En el neolítico, alguien se daría cuenta de que el vencido servía como fuerza de trabajo: fue el esclavismo, que abarca la Edad Media, cuando tener o no tener era la raya que establecía la tenencia de la tierra. Y así hasta hoy, cuando la propiedad de la tierra ha sido sustituida por el abstracto puro, que es la Bolsa (con lo que el círculo se cierra: en la iconografía cristiana, una bolsa identifica a Judas). La lectura de este mapa simplicísimo solo ha sido alterada por un tercer pasajero que antes se llamaba religión y ahora cultura. Lo demás sigue siendo la explotación del hombre por el hombre. Puro canibalismo.

  2. El libro de texto nos hizo creer que la sociedad medieval era de tres estamentos: nobleza, clero y pueblo (bellatores, oratores y laboratores), y no es verdad. De la iglesia, no se era (como se era de la nobleza); en la iglesia se estaba: el noble, como obispo o abad; las nobles, como dueñas fundadoras de conventos; y el sinnada, como lego o destripaterrones. Lo que sí es verdad es que el factor iglesia, a partir de escuelas y universidades, añadió dos divisiones que todavía perduran. Una es la división entre quien sabe y quien no sabe, por donde asomaron los primeros intelectuales con título de padres de la Iglesia, y otra la división entre trabajo manual y trabajo contemplativo, por donde andando el tiempo entrarían los catedráticos y las figuras laicas del filósofo y del artista. Jamás hubo una Edad Media armónica y a tres partes entre quienes luchan, quienes rezan y quienes trabajan. Pero el libro de texto lo escribirían clérigos, es decir profesores interesados en su tercio de cultura y civilización. De hecho, la carrera eclesiástica, era la única manera de poder estudiar tantos amigos y compañeros nuestros que en los seminarios diocesanos, y esquivando pedofilias, accedieron a la condición de profesores en la que luego los conocimos.

  3. Del feudalismo al capitalismo, el tercer pasajero no fue la Iglesia, sino los judíos, forzados a buscarse la vida ya que se les negaba la propiedad de la tierra. Poderoso caballero, el préstamo con interés daría lugar a la nobleza del dinero; luego tercer estado y burguesía, con su contrario: hombres, mujeres y niños que dejaron la gleba por la fábrica, el campo por el suburbio, y fueron el proletariado. Como los burgueses se habían abierto paso político exigiendo su derecho al voto, el peligro era que el proletariado quisiese hacer lo mismo: imponer su mayoría. El aviso fue la Revolución Rusa. La burguesía hizo entonces una operación de estética que le salió redonda: asociar capitalismo y libertad, y el país que se mueve no sale en la foto: Segunda república española o Unidad popular chilena; y no han de parar con Cuba o Venezuela. De música, el siglo quinto de la antigua Grecia. Con ustedes: ¡la democracia!


UN SISTEMA

  1. El capitalismo es muy simple, casi ingenuo. Las interferencias las pone: 1º) la ideología (“el dinero no da la felicidad”), 2º) el feudalismo residual (sigue habiendo reyes y duquesas) y 3º) el ocio como fuente de negocio (caché de artistas, futbolistas o toreros).

  2. Por sistema se entiende un conjunto de unidades sujetas a unas reglas de combinación. El capitalismo es un sistema de trabajadores y de empleadores con una sola regla de combinación: el mercado, que dicta la ley del beneficio. Bajo el capitalismo, una de dos, o trabajas o das trabajo. Un empresario que coja pico y pala no desmiente esta regla y tampoco el trabajo autónomo, que incluye oficios, artesanos y artistas.

  3. El autónomo, mixto de obrero y de empresario, no aporta categorías nuevas al sistema, simplemente las combina. Frente al trabajo en serie, el autónomo habría desaparecido si no hubiera sido subvencionado por la política. En economía no es competitivo el alfarero que hace búcaros por su cuenta o la quiosquera que abre y cierra su chiringuito (y los dos se quejan de que están solos y de que el día que no trabajan no comen). La melancolía de estos oficios quede para La Caverna de Saramago. No hace falta ser economista para saber que cien alfareros, por separado, solo suman sus cien porcelanas, mientras que en cooperativa podrían competir con Porcelanosa. Por qué no se unen los alfareros o por qué la quiosquerita sigue abriendo y cerrando ella sola su puesto de prensa o de chucherías se explica por razones más medievales que industriales, más pintorescas que efectivas, y en sociedades viejas de medinas y mercadillos. Pasa que la política halaga al gallego con su vaquita, porque cien ganaderos por separado compiten unos con otros y dan un voto conservador, y cien ganaderos en cooperativa podrían plantearse otra patronal y otra forma de gobierno, y eso suena a lucha de clases.

  4. Si el trabajo autónomo es una economía asistida, de raíz feudal, también son asistidas y feudales las economías de los oficios que producen, digámoslo así, bienes inmateriales: la clerecía (que incluye magisterio, filosofía y política), la milicia (cuya mercancía es la paz o la defensa, pero en realidad sigue siendo la depredación del botín por la guerra), más lo que queda de la vieja nobleza a cuento de la herencia. Añadámosles el arte y los artistas. Utilizando los medios y el sistema educativo, estos oficios, como magos, primero esconden las claves del sistema y después se postulan a sí mismos para explicarlo como arte, cultura o civilización. Por una parte quieren quedar fuera del sistema productivo (ser filósofos, políticos o artistas) y por otra quieren que se les pague como si hubieran producido, en euros contantes y sonantes. Es la paradoja del arte actual: hasta un punto, el reino del arte no es de este mundo (cuando pinto, cuando escribo, cuando toco mi violín), pero a partir de un punto (cuando expongo, cuando publico, cuando el concierto), quiero mi paga como los demás, de los que, encima, si voy por la vida de bohemio, me permito hasta reírme: es la soberbia del artista, incluido el crack deportivo, sobre cuyos ingresos es inútil discutir: a este lado del mercado, el mercado paga por un gol de Ronaldo por la misma razón que por un Picasso en la subasta.

  1. Tampoco hace falta ser marxista para saber qué mercancía es capaz de generar por sí misma valor, y la respuesta es el trabajo, o mano de obra, en los dos sectores literalmente productivos, que son el primario, extractivo de alimentos y de materias primas, y el secundario, que fabrica bienes, mercancías. El sector terciario, comercio y transporte, no es productivo en tanto no genera riqueza, simplemente la distribuye. Este modelo ha ido creciendo en tres fases: el capitalismo mercantil, frente al feudalismo de la propiedad de la tierra; el industrial, de burguesía y proletariado; y el capitalismo financiero, que ya no produce nada y donde es más cierto lo de Antonio Machado: que todo necio confunde valor y precio. Porque si el dinero fuera la fuente de la riqueza, subirían y subirían los precios, con lo que el mercado tendería al infinito, o sea al cero. El capital es trabajo socialmente acumulado en mercancía, es decir con valor de uso y valor de cambio. El valor puede faltar; el precio, no. Un pitifuá es algo perfectamente inútil pero, si alguien paga por él, el pitifuá adquiere valor y entra por derecho en el mercado. Y, al revés, hay cosas de un enorme valor que jamás tendrán valor de cambio, que ni se compran ni se venden: el cariño verdadero.

  2. Si vamos ahora a las rentas salariales, lo que peor se valora es el trabajo menos cualificado, primera injusticia social, y los sueldos pagan, no el esfuerzo, que es joderse en la mina, en el campo o en el andamio, sino la formación adquirida o nivel de estudios, segunda injusticia social. La tercera injusticia procede de quienes viven o quieren vivir de su título de nobleza, de la política, de la filosofía o de las bellas artes. Aquí la unidad de valor ya no es el trabajo sino su contrario, el ocio: el tiempo que alguien dedica a dialogar con las musas, a manejar sus pinceles o el arco de su violín. El matiz está en que mientras el cura y el militar quieren seguir viviendo de la fe o de la paz, el intelectual tiene la obligación histórica de desenmascararlos y desenmascararse a sí mismo (por ejemplo, proponiendo que gane más quien más trabaja en trabajos repugnantes, no quien más estudia). Esa sería la revolución, y no llorar por becas o por conservatorios en nombre de que sin cultura no hay progreso. La penúltima injusticia la pone el sistema judicial. Al legislar por igual lo desigual (por ejemplo, la edad de jubilación o los premios a la natalidad), la desigualdad se multiplica al amparo de leyes y tribunales que, si les preguntas, dirán que, en democracia, todos somos iguales.

  3. La última injusticia, que es a la que vamos, la hemos puesto las clases universitarias, como nuevo y viejo mester de clerecía. Nos ha ido tan bien con nuestros bachilleratos, licenciaturas y doctorados (para evitar los ingratos trabajos manuales), que aún queremos que, en nombre de la cultura, del arte, de la ciencia o el I+D, las clases bajas y trabajadoras, que también pagan sus impuestos, financien total o parcialmente unos estudios superiores que esas clases no harán jamás. Y no nos vengan con las becas. ¿Por qué quien no va a la universidad tiene que pagar la universidad de los demás? Más justo sería que el Estado cubra el ciclo único, obligatorio y gratuito hasta los 18, y que los estudios superiores se los pague cada uno.

UNA GENERACIÓN PERDIDA

  1. El Estado del Bienestar y la naturaleza misma del Estado, infinito y omnímodo, nos han hecho creer, como quien cree en Papá Noël, que existe papá o mamá Estado y que el Estado (como de Dios se dice: Dios proveerá) proveerá. Proveerá un piso, proveerá asistencia sanitaria y medicinas y me proveerá a mí, en igualdad de oportunidades con mi vecina, de guarderías y colegios que yo podré elegir, para ejercer mi derecho a la libertad de enseñanza y para el hijo que espero en mi barriga, en uso de mi derecho a ser madre y a mi familia. (Y no se rían. Cuando la elevación de algo llega al absurdo, es que ese algo ya era absurdo: el pensamiento no hace más que aplicar un zoom sobre la zona afectada.) La apariencia paternalista del Estado del Bienestar llevó a la ciudadanía a una visión propia de adolescentes insolentes y mal educados: el Estado todo me lo debe a mí y yo, nada al Estado. Esto se ve en desde quien tira una colilla al suelo, que ya vendrá alguien a recogerla, hasta en quien, después de haber hecho la carrera por la enseñanza pública, se monta su despacho o su consulta privada.

  2. Dígales usted ahora a estas criaturas que papá Estado (como los Reyes Magos) no existe, que era en realidad papá y mamá, acuciados por la hipoteca y con problemas para llegar a fin de mes. Ahí tenemos a una generación educada en el Sí a la que hay que decir que No. Y, encima, como papá y mamá no pasaron de unos sindicatos descafeinados, la generación que han criado está despolitizada. De ahí, el desnorte de los conceptos izquierda o derecha. De ahí, el éxito de Hessel y Sampedro: ¡Indignaos! (por los valores de la ONU y la socialdemocracia europea). Y, de ahí, al 15‑M: Que la economía no mande en nuestras vidas. Querrán que manden los paraguas de Cherburgo.

  3. Hoy, esa generación perdida y despolitizada se ha movilizado a través de Podemos y en Podemos vuelca su nostalgia del Bienestar, contando con la complicidad de sus mayores, zombis de un paraíso que ya se fue. No hay día que columnistas y editoriales no den cancha a algún escritor, filósofo o científico que cante las glorias de la universidad, de la I+D, del daño que hacen la piratería o el iva a la cultura. No hay tinta para tanta pluma, que halaga a la generación más joven con que no hay derecho, con esas carreras, y emigrando por ahí. Pero un alma noble pondría por delante que nadie pida por las calles, que no haya nadie sin techo y que nadie alegue que es que a ellos les gusta, sencillamente porque con prohibirla y perseguirla, como se persigue el terrorismo, la erradicación de la miseria, la igualdad, sería lo primero y sería real.

  4. Pedir el Bienestar como quien pide teta y sin cuestionar quién lo paga hace de la cultura un grupo reaccionario: conservador de privilegios y reacio a los cambios sociales que habría que hacer antes que estudiantes y que artistas felices. La misma palabra mileurista ya era inquietante, habiendo, como había, quinientistas y trescientistas. Y conste que yo el mileurismo lo llevo en la sangre. Ahí están mis hijos y mi querida gente a la que en clase he animado a estudiar y a estudiar. Por mucho que presuma de ni tonto ni marxista, un poco de todo lo he sido sin querer. Mi mundo, como el del Gatopardo, tampoco existe.

Daniel Lebrato, Ni cultos ni demócratas, 13 del 3 de 2015

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Las cuatro estaciones en la web y en la literatura

Las cuatro estaciones en la literatura

buscando en Google Web y en Google Libros

Palabra en millones
de apariciones
primavera 202
verano 197
invierno 105
otoño 49
primavera libros 5,59
verano libros 3,88
invierno libros 3,18
otoño libros 1,76

Concurso de coplas

# pinza roja

Taller de escritura del primero zeta.

La escena sucede a partir de los 50. Ese día la analítica te avisa de que hasta ahí llegaste, y el ahí consiste en droga, alcohol y más alcohol, hábitos nada saludables (los vicios, nos reñían las abuelas) que te van matando poco a poco. Y el enemigo no se llama infarto fulminante, sino algo peor: ictus o congestión, que es quedarse inútil o en sillita de ruedas. Entonces, pactas con tu cuerpo (y con tu pareja, si la tienes) una vida más saludable. Sobre esa escena, las siguientes diez coplas que, en realidad, son variantes de una sola. El tema no está muy machacado porque la madurez en sí misma no tiene, frente a los extremos de juventud y muerte, tirón comparable. Pero seguro que todos conocemos a alguien en la familia que vive pendiente del colesterol, de los triglicéridos, de la hipertensión, del azúcar o del ácido úrico, personas que pactamos con el cuerpo una forma de seguir pareciendo jóvenes cuando ya no lo somos. De las diez coplas, elige las que te parezcan la mejor y la peor y mándanos tu voto. También puedes, claro está, proponer tus propios versos o tu propia copla al margen. Todo irá, junto con el resultado de las votaciones, a la web de El Sobre Hilado.

La edad con el cuerpo dentro

Juan Ramón Jiménez

1.
Piel de zapa o doctor Fausto, 1 y 2*
voy pactando con la vida, 1 y 7
no se me haga cuesta arriba (1‑4)
mi cuerpo en la cuesta abajo. (1‑3)

2.
Piel de zapa o doctor Fausto, 2 y 1
no se me haga cuesta arriba (1‑4)
mi cuerpo en la cuesta abajo. (1‑3)

3.
Mi vida, yo la he pactado:
no se me haga cuesta arriba (1‑4)
mi cuerpo en la cuesta abajo. (1‑3)

4.
Con mi cuerpo voy tirando,
no se me haga cuesta arriba (1‑4)
lo que queda cuesta abajo.

5.
Pacta el cuerpo con los años
no nos ponga cuesta arriba
cuando vamos cuesta abajo. 5 y 6

6.
Pacta el cuerpo con la vida
cuando vamos cuesta abajo, 6 y 5
no se ponga cuesta arriba.

7.
Negocian vida y espejo, 7 y 8
como dijo Juan Ramón,
la edad con el cuerpo dentro. 7 y 8

8.
Negocian vida y espejo 8 y 7
la edad con el cuerpo dentro. 8 y 7

9.
Vida y cuerpo echan un pulso 9 y 10
y siempre lo pierde uno.

10.
Vida y cuerpo echan un pulso 9 y 10
y siempre lo pierde el mismo.

*Coplas donde aparece el mismo verso.

La edad con el cuerpo dentro

Ni cultos ni demócratas

NI CULTOS NI DEMÓCRATAS

Ni tontos ni marxistas, la serie de ElTendedero, levantó la suspicacia de una amiga marxista y cliente de Media Markt. En todo caso ella quería ser no tonta y seguir siendo marxista. Hubo que explicarle que Ni tontos ni marxistas, lema discutible a la luz de la coeducación, no era más que una secuencia absurda que, sin embargo, tecleada en Internet, arroja todos los resultados posibles, con independencia de la web o de los retuiteos posteriores. Ni cultos ni demócratas presenta el mismo inconveniente femenino para quienes querrían ser no cultas, pero quien manda es Google. Si Ni tontos ni marxistas se dedicaba a las supersticiones de la clase dominante, Ni cultos ni demócratas se orienta a la gente dominada, dominada por las trampas de la cultura y de la democracia, del Estado del Bienestar o del I+D, por este Occidente interminable donde se cuecen tópicos que habría que tirar abajo como se tiran las estatuas de los tiranos el día de la liberación. Liberarnos de tener que ser cultos y demócratas por miedo a que nos tomen por salvajes o terroristas. Miren: una civilización puede ser buena en comparación con otra (la cristiana puede parecernos mejor que la musulmana, por ejemplo), pero no es plan de caer en relativismos que salven la parte por el todo. Si fuéramos capaces de liberar a la religión, de los obispos; a la política, de los políticos; a la filosofía, de los filósofos; al arte, de los artistas y de la Sociedad de Autores, lo que son el hecho religioso, la vida civil, el pensamiento o las bellas artes lucirían libres de las castas que monopolizan y administran las actividades más divertidas de la vida (asociadas al ocio, y no al negocio, o al trabajo, que es joderse más o menos). A quien lo dude o le parezca este un pensamiento meramente materialista, que le quiten el traje que le cubre y la mansión que habita, el pan que le alimenta y el lecho en donde yace, a ver qué queda del artista de turno. Somos Ni cultos ni demócratas no por ser anti sistema sino porque el sistema, sencillamente, no nos lo creemos.

Como número cero, proponemos dos lecturas de dos páginas de El País del viernes 27 de febrero. En la página 39 se ve una pancarta estudiantil que dice “Pagadnos las becas con vuestras tarjetas”. Y en página 42 y 43 la noticia es Arco 2015. Dense un tiempo para visualizarlas yendo a los vínculos 39 y 43.

Ni cultos ni demócratas, al estudiantado universitario hace tiempo que habría que haberle dicho la verdad: Nenes, el Presupuesto del Estado, que no alcanza ni para cubrir la enseñanza obligatoria, no tiene por qué pagaros la carrera. Al menos, no a fondo perdido, para que luego abráis despacho de pago o vuestra consulta privada. ¿Lo hablamos? ¿Hablamos de quién paga y a quién los estudios universitarios y qué revierte luego, de toda esa inversión, al Estado o a los más necesitados de vuestra acción social?

En cuanto a Arco, no se pierdan el Vaso de agua medio lleno, de Wilfredo Prieto, un señor que, a estas alturas, no ha leído a Duchamp y que pide por su gracia de agua, vaso y estante 20 mil euros, como si eso se pudiese patentar como obra de creación. Yo también tengo en un estante un vaso medio vacío a la espera de las flores que suelo poner. ¿Yo estoy plagiando a Wilfredo Prieto o es él quien me plagia a mí? En la otra página de El País, la 43, se ve al Rey y a su consorte visitando el sitio de Liliana Porter, una buena mujer pero de las que viven del cuento. Y el cuento esta vez se llama Sin título con lector, un montaje de un montón de libros sobre el que pululan unos cuantos hombrecillos como soldados de plomo. O sea, que mientras usted y yo estábamos currando o buscándonos la vida, Arco y Casa Real allá que andaban viendo, según El País, el mundo de los hombres que intentan sobrevivir ante la inmensidad del mundo, abrumados por la imposibilidad de absorber el flujo del conocimiento, simbolizado por las pilas de periódicos y de libros, entre los que se encuentran Los viajes de Gulliver. Lo explica Porter con sus palabras: “En la instalación Sin título con lector uno va descubriendo pequeñas narrativas. En general, es el hombre que está leyendo cosas del presente, del pasado y del futuro, pero que nunca acaba de entender del todo, porque la vida no da para estudiar y saber todas las cosas”. Y yo, que creía que esa idea ya la expuso Borges y antes que él los enanos encaramados en hombros de gigantes. Pues nada, a ver si nos vamos haciendo todos reyes y con consorte, Arcos, Lilianas o Wilfredos, o sea de la cultura y la democracia. Iba a decir la demosgracias, pero el corrector me lo ha echado para atrás.

Daniel Lebrato, Ni cultos ni demócratas, 28 de febrero de 2015.
Vínculos relacionados: La democracia, Demócratas y La pública y la privada.

La pública y la privada

  1. globalizacion-x-forges

    ***

    La enseñanza es un viaje, un medio de transporte, que nos lleva desde la infancia hasta la vida laboral. Y, de enseñanzas distintas, salen personas desiguales. Criaturas diferentes por raza, sexo y renta, añaden, estudiando, paquetes de ideología y de capacitación. Y aunque aceptemos la coexistencia pacífica con los colegios donde se cuece la desigualdad, lo inaceptable es que haya claustros y directivas de colegios o institutos públicos que quieran imponer con el dinero de todos idearios privados. A eso se llama currículo oculto. Por no decir prevaricación.


  2. La clave está en la ESO. En barrios pobres, la secundaria es la estación término: sacarse el Certificado y ponerse a trabajar. En barrios medios y ricos, la ESO es una estación de paso al bachillerato y la universidad. Quien crea que la declaración de igualdad de oportunidades y el sistema de becas corrigen este reparto de la desigualdad, que vea la estadística: en España hay muy poca movilidad laboral y poquísima en la escala social, y es muy raro el estudiante pobre que ‑como Lázaro de Tormes‑, partiendo de la nada, estudiando llegue al buen puesto que esperaba al estudiante rico. Lo normal es que la farmacia herede la farmacia.

  3. Enseñar a los pobres no es rentable, salvo para la religión o la captación de los pocos cerebritos que puedan salir del extrarradio, y, si acaso, para el Estado: la educación como factor de cohesión social. Sin embargo, enseñar a los ricos siempre ha sido un buen negocio, y ahí es el Estado el que viene a estorbar el tinglado de la vieja farsa que tienen montada la Iglesia y las nuevas empresas que se trabajan la demanda en alza de centros tipo college británico, que es el modelo que prefiere el PP, frente al liceo francés, que importó la Reforma con el PSOE.

  4. Había una posibilidad de que la educación, en vez de agrandar las diferencias sociales, las corrigiera. Y esa era la enseñanza única. Pero en la Transición el PSOE descartó la unicidad con dos pretextos peregrinos: uno, de índole democrática y de derechos humanos, que llamaron libertad de enseñanza, y otro, de índole presupuestaria: en España no había colegios e institutos suficientes y, por tanto, tenían que seguir la privada y la concertada para asegurar el acceso universal a la educación. Se dio así autoridad progresista a una concesión discutible y conservadora.

  5. Eso fue en 1978 y la pregunta es si no han tenido tiempo todos estos años para construir y dotar los centros públicos necesarios. Está claro que no ha habido voluntad política ni ánimo ninguno por inquietar los pilares de la Iglesia ni el Concordato con la Santa Sede, de 1979.

  6. Con la pérdida de los valores republicanos de escuela laica, que fueron los de la Institución Libre de Enseñanza (1876‑1936), se perdió la vieja aspiración a un cuerpo único de enseñantes con su consecuencia lógica, que hubiera sido la carrera docente, con movilidad laboral desde el magisterio hasta el bachillerato superior y con la posibilidad de jubilarse en la universidad, mediante convalidaciones y doctorados (no esos estúpidos cursillos para los sexenios), quienes empiezan sus carreras dando clases en colegios o institutos.

  7. La base ideológica y social de la excelencia es el quiero y no puedo (pagar los 600 euros al mes que vale un buen colegio de pago) de un profesorado público que en el fondo envidia la puesta en escena y el tableau d’honneur de la privada y que, con el pretexto de que todos queremos lo mejor para nuestros hijos, acaba imitando en sus centros de trabajo los valores de orden y superación, competición y jerarquía, donde el Estado pondría colaboración y compromiso, igualdad y coeducación.

  8. El currículo oculto deja de serlo cuando con orgullo se expresa, como excelencia o plan de calidad, dentro del Plan de Centro, la nueva Biblia. La Ley se presta al juego y, sobre la anterior división entre privada, concertada y pública, la pública se ramifica en dos niveles más: la enseñanza pública alta, que serían el bachillerato bilingüe o el internacional, y la enseñanza pública baja, la diversificación curricular. El atraso y la torpeza (la discapacidad de los menos pudientes) reciben un trato humanitario, de adaptación curricular, mientras al estudiantado normalito lo eclipsa el excelente, destinado a la cúspide social.

  9. El penúltimo fleco es la presión que vive la comunidad educativa en estos centros de alto rendimiento. Las familias transmiten al alumnado las tensiones del mercado de trabajo y la lucha por las pocas salidas universitarias de verdad bien retribuidas. El alumnado compite entre sí y por un quíteme allá lo que no entre en Selectividad y póngame más nota, por un ejercicio de nada. Y el profesorado, por aliviarse de tutorías y de cursos a los que hay que fijar cuanto más controles, mejor, y traerlos corregidos al día siguiente, para que sea verdad el agrado de las familias, expresado a través del Consejo Escolar, en comparación con la privada. De locos.

  10. Lo último es la mutación radical que han sufrido los claustros desde el noble concepto asociado a lo que fueron los seminarios didácticos. En la práctica, todo el poder lo tiene el director o directora, que ha dejado de ser primus inter pares, y que, en nombre del Plan de Centro, ejerce como jefe espiritual y, lo que es peor, de personal, que reparte horarios, áreas, permisos o bajas justificadas, hasta poner o quitar plazas con el pretexto de las necesidades docentes. De ahí, a que al profesor diferente se le trate como disidente, no hay más que un paso. Se llama acoso laboral y lo sufren profesionales de la enseñanza no por parte de un alumnado ingobernable sino de sus propias directivas. Que esto pase en territorio MEC, dominado por el PP, puede tener su lógica. Pero en territorio PSOE (‑Izquierda Unida, hasta hace poco) es algo que no se puede consentir. Habría que denunciar el doble juego de estos Dieguitos y Mafaldas, que con una mano cobran y con la otra trabajan, y que, con su firma de caucho y el retrato del rey en su despacho, se creen superiores a los demás y que, cuando el parte de faltas o el apercibimiento, nos tratan de estimado y nos hablan de usted dentro de un sobre. Nada más contrario a la universidad del saber, a la vocación de enseñar y a la paga que nos va a quedar.

Daniel Lebrato, 25 de febrero de 2015

HIJOS DEL BIENESTAR O EL AMIGUITO INVISIBLE

            HIJOS DEL BIENESTAR O EL AMIGUITO INVISIBLE

El 25 de abril de 1998 se rompió la presa de las piritas de Aznalcóllar, propiedad de la empresa sueca Boliden. En cuanto pudimos, fui con mi amigo a hacerle la elegía: –Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora vertidos tóxicos y horror de este paisaje embetunado, fueron un día el Milagro Sueco. –Es el Estado del Bienestar (para mí, y mierda para todos los demás).

En Europa al término de la Segunda Guerra Mundial, el milagro sueco consistía en encandilar a las clases obreras nacionales, de pronto elevadas a clases medias, a base de reservarles lo mejor de la cadena productiva, contando con la complicidad de los sindicatos y de una clase científica y tecnológica, universitaria, que, consciente o inconscientemente, iba a hacer de la investigación un arma más, y la más sutil, de patentes y marcas que los más pobres no tendrían más remedio que comprar. Si no fuera por las exageraciones del yihadismo y algunos tropiezos como los de Boliden, el Bienestar y hacerse el sueco les hubiera salido redondo.

Pero el Bienestar del siglo 20 llegó con tres heridas: era muy caro, no era exportable y el capitalismo nunca quiso pagarlo: por algo, los paraísos fiscales. A esas tres heridas, la comunicación digital vino a añadir una cuarta, ya mortal de necesidad: que el Sur también existe, como quería Benedetti, y nos han visto, han visto cómo vivimos, y por nosotros vienen. No vienen a jugar al golf ni a cambiar sus balsas por yates de lujo. No vienen a cambiarse por los ricos. Vienen por ti y por tu bienestar de maestro, de conductor, de albañil o de enfermero. Por eso, en tiempos de crisis, el sindicalismo amarillo es la base de los partidos xenófobos.

Es hora de reconocer la cuota de explotación que hay en quienes nos hemos criado bajo el Estado del Bienestar, y desenmascarar a ese amiguito invisible que tenemos, por la cara del primer mundo. Esperanza Aguirre reprochaba a Pablo Iglesias haberse servido de una Universidad financiada con el dinero de todos. A ella, como dueña del cortijo, le duele que sus impuestos hayan ido al personaje y le pega que los beneficiados se muestren, al menos, agradecidos. Reconozcamos que la igualdad de oportunidades, tal y como está concebida, es incapaz de borrar las diferencias sociales, que los impuestos nunca serán cien por cien progresivos, y que cambiar la política sin cambiar el sistema, es complicado. Con los recortes, el Estado del Bienestar se ha quedado en mentira piadosa que ningún partido, por miedo a perder votos, se atreve a desmentir, y esa hipocresía también nos afecta de uno en uno. Está muy bien mi butaca en mi despacho, pero antes alguien tuvo que hacerla con sus manos y alguien tendrá después que limpiarla.

Llegados aquí, ¿qué pasaría si, salvo casos humanitarios, cada uno se paga lo suyo? Ya que nadie está dispuesto a convidar (ni el capitalismo, ni Alemania ni la Troika), que cada uno pague sus copas. Pague su asiento quien se sienta, su carrera quien la estudia, su familia numerosa quien la tiene, sus guardias, quien tenga algo que guardar, y eso que se ahorraría el Estado. Aunque, a cambio, yo me pague mi poesía y usted su concierto de guitarra. Con que las naciones unidas se orienten a cubrir los mínimos y las constantes vitales de una vida digna en todas partes y con que al ser humano se le trate como a especie protegida, tendríamos un mundo mucho más habitable. Y aunque el cine y el teatro paguen un 21 por ciento de iva. Convencer de esto a la gente guapa de los premios Goya y al amiguito invisible de artistas y generaciones enteras acostumbradas a becas y a subvenciones, es también parte ‑y no la menor‑ del problema.

Daniel Lebrato, Ni tontos ni marxistas, 15 del 2 de 2015

NOTAS

  1. En castellano lo mismo se usa de bienestar o del bienestar, aunque en su origen Welfare State se opuso a warfare state, estado de Como estado de bienestar, con minúsculas, se confundiría con estado de salud, de satisfacción o de felicidad personal, se recomienda usar Estado del Bienestar, con del y con mayúsculas.
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  2. El Estado del Bienestar es un lenguaje de la izquierda europea adoptado, a regaña votos, por partidos de derecha que nunca han creído en el bien común. Cuando el bienestar se pierde (con los desahucios), el resultado ya no es de izquierda que reclama más mano izquierda, sino de auxilios al borde de la exclusión social. Por eso Podemos se expresa mejor en términos, no de izquierda, sino de indignados, siendo la indignación lo que va desde un fenómeno capaz de acabar con la Transición y la Constitución de 1978, hasta una sigla más sobre un mapa político y un Estado del Bienestar invariables.
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  3. El Estado del Bienestar fue un invento lingüístico de William Temple, arzobispo de Canterbury, en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Mucho antes, en Inglaterra había asistencia social dentro de las victorianas leyes de pobres o Poor Laws (1834). En Francia, durante el Segundo Imperio (1852-1870), se acuñó el término Estado-Providencia (État-Providence) en el Estado social (État social) y en la Alemania del Segundo Reich (1871) socialistas universitarios introdujeron el concepto de Wohlfahrtsstaat. El bienestar material de la población como una de las obligaciones del Estado se inició con el Despotismo Ilustrado. Del siglo 18 al 19, lo que cambia es la presión de la clase obrera. Lucha obrera y miedo a la Revolución Rusa de 1917 abrieron las ideas sociales en comunistas (Tercera Internacional, 1921) y socialistas (Segunda Internacional, desde 1889). La socialdemocracia es la base política del Estado del Bienestar frente a la democracia cristiana, que prefiere hablar de Estado de derecho, y frente al partido liberal, que cualquier noción de Estado le repatea. La socialdemocracia nace del cruce político del socialismo europeo con la democracia que sustentaron los Aliados; democracia enfrentada al totalitarismo nazi y estalinista, que la propaganda metió en el mismo saco, de donde el anticomunismo de todos, democristianos, laboristas, liberales o socialdemócratas.
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  4. El Estado del Bienestar fue la propuesta no revolucionaria de la Internacional Socialista (en España: PSOE), para vaciar a los potentes partidos comunistas al término de la Segunda Guerra Mundial (en España: PCE y franquismo). También adoptaron el Bienestar los conservadores de la Democracia Cristiana, manera de llamar a un capitalismo de rostro más humano que el liberal de los Estados Unidos. En la Constitución de 1978 solo dos veces aparece la palabra bienestar. El artículo 50 establece que los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y actualizadas, la suficiencia económica a la tercera edad y promoverán su bienestar mediante servicios sociales de salud, vivienda, cultura y ocio. El artículo 129 dice que la ley establecerá las formas de participación de los interesados en la Seguridad Social y en los organismos públicos cuya función afecte directamente a la calidad de la vida o al bienestar general. El lenguaje del Bienestar ha durado de 1982 a 2008, cuando se impuso el lenguaje de la crisis. La máxima expresión del Bienestar se dio con el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero, quien llegó a aventurar que España adelantaría a Italia y hasta a exigir, en noviembre de 2008, el sillón 21 en el G‑20. El Bienestar según el PSOE consistió en medidas planas y subvenciones lineales (a la vivienda, a la renovación del parque móvil, a la natalidad, ordenadores gratuitos por estudiante, etc.). El sueño de adelantar a Italia en PIB y renta per cápita duró hasta enero de 2010. La crisis ya había empezado, con las hipotecas subprime, en EEUU, y el 10 de agosto de 2007 era noticia en todo el mundo. El 12 de agosto, el ministro de economía Pedro Solbes descartaba la crisis en España. Dios le conserva la vista.
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  5. El término socialdemocracia apareció en Francia durante la revolución de 1848. Karl Marx lo utilizó en El 18 Brumario de Luis Bonaparte (Nueva York, 1852), para designar la propuesta política de unión de la pequeña burguesía con la clase obrera socialista: «La socialdemocracia nació como medio no para abolir los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antagonismo, convirtiéndolo en armonía por vía democrática». El primer grupo socialdemócrata fue la Asociación General de Trabajadores de Alemania, 1863, con su periódico La Socialdemocracia, y que se fusionó en 1875 con el Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania, luego Partido Obrero Socialista y Partido Socialdemócrata, SPD. El programa del SPD fue objeto de una dura crítica por Karl Marx en su Crítica al Programa de Gotha, donde Marx dice que a la sociedad sin clases no se podría llegar con menudencias democráticas meramente burguesas, sino tras una dictadura del proletariado que pusiera fin a la lucha de clases. Tras el SPD alemán se fundaron partidos similares en toda Europa (el PSOE, en 1879) y, en especial, en Escandinavia (de 1871 a 1889: Dinamarca, Noruega y Suecia). En Inglaterra el partido adoptó el nombre de laborista. Este primer periodo clásico de la socialdemocracia (1880-1914) se rompió con el cisma que supuso la Revolución Rusa.
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  6. Igualdad sostenible en sociedades capitalistas: La igualdad se construye sobre políticas de mercado de trabajo (predistribution) y políticas que corrigen las desigualdades de resultado (redistribution). Unas son políticas de inversión en educación y servicios que facilitan la transición entre empleos y reducen el paro de larga duración y consumen gran cantidad de recursos públicos para generar productividad en el futuro. Otras son políticas de transferencias de renta, que limitan el coste de las transiciones laborales, y cuyo diseño limita posibles abusos. Cuando ambas políticas funcionan, las regulaciones punitivas a trabajadores y empresarios son menos necesarias y es posible un mercado de trabajo flexible, donde es fácil despedir y contratar, sin premiar a trabajadores improductivos ni generar situaciones injustas. Los países con grandes compromisos presupuestarios en predistribución y redistribución son los únicos que combinan competitividad económica y justicia social. Su experiencia indica que la igualdad social potencia el crecimiento sostenido y es condición necesaria para ser competitivos en un mercado globalizado. Podemos concibe la relación Estado-mercado como un pulso donde el primero proteja a la gente de los ricos a través de más regulación, más impuestos sobre las rentas altas, y más transferencias. Obviamente, no hay nada que objetar a que en España las rentas altas paguen más o a un diseño justo del impuesto de patrimonio, pero mientras el impuesto internacional sobre la riqueza a la Piketty no sea efectivo, las rentas obtenibles por esta vía se saben limitadas para financiar un giro hacia la igualdad. Un mercado de trabajo justo no se consigue estableciendo salarios por decreto y reduciendo la flexibilidad para contratar. Así sólo se crean castas y mientras una casta siga protegida por regulaciones que espantan la innovación y favorecen la endogamia, aumentar los recursos servirá para poco. La igualdad se alcanza con un Estado bien diseñado que haga funcionar mejor a los mercados porque permite que los individuos compitan en pie de igualdad. El modelo escandinavo es un modelo en gran medida financiado por y para trabajadores y consumidores (no por los ricos). De otra manera, la inversión sufre. A cambio, los trabajadores disfrutan de amplios servicios predistributivos y redistributivos y los empresarios aceptan salarios competitivos (y relativamente igualados por abajo) y renuncian a ajustar de forma automática la demanda de empleo al ciclo en una economía abierta. [Pablo Beramendi, en El País: Cómo se construye la igualdad.]
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