La clase obrera pide carbón

LA CLASE OBRERA PIDE CARBÓN

La minería del carbón es ruinosa pero se pide que el Estado, con mayúsculas, financie la minería.

Mucho antes, los astilleros eran ruinosos, y Zapatero invirtió el orden de la paz y de la guerra y reflotó Astilleros a base de pedidos militares. UGT y Comisiones, callaron: sí, boana. Pero la fábrica de cualquier cosa no justifica la ética de cualquier cosa. Mantener el empleo no es ningún valor. ¿Defenderíamos la guerra solo para que los militares no se queden en paro? ¿Repondríamos la pena de muerte para que los verdugos no se queden sin trabajo? Los oficios tienen que plantearse la división social del trabajo y la función social de su trabajo. Y un minero está obligado a proponer algo más que bajar un día y otro a la ruinosa mina.

Ni tontos ni marxistas, los sindicatos han renunciado a su ideología. No usan socialización, no usan nacionalización, sino que, como la gitana del chiste ­‑dame algo‑, se apuntan al dame trabajo. Tantos huevos que tienen los mineros, ¿y no han promovido un movimiento cooperativista? ¿Nada inventarán frente al omnímodo Capital y frente al escuálido Estado?

El trabajo tiene un color. Astilleros fabrica lanchas militares, sirven para matar. El Airbus, orgullo de una Sevilla, es Airbus Military, sirve para matar. La minería del carbón no es rentable, Santa Bárbara Bendita. Nada hay en la lucha de los mineros ni de progresista ni de revolucionario. Tan conservadores son como el PP. Y menos prácticos.

La clase minera ha perdido la clase, no tiene clase. Queman neumáticos, cortan carreteras, ferrocarriles, cierran pueblos enteros. Pero no tienen razón económica al margen del vil y servil dame trabajo. Olvidan que la ley del trabajo es el beneficio. Una economía subvencionada es un sinsentido. La ética de la economía, su obligación social, no es ser subvencionada sino subvencionar lo humanamente necesario: educación, sanidad, tercera edad, etc.

Los mineros no votaron verde. No votaron Izquierda Unida. La mitad de sus banderas son de UGT, falacia bipartidista y antisindical que vino a impedir la unidad obrera. Y ahora piden carbón a los reyes magos: vivir con cargo al presupuesto.

Nuestros trabajos no pueden ser, sin pecado, un adorno.

Estamos tocando el fondo. Estamos tocando el fondo.

Lo dijo Gabriel Celaya, lo cantó Paco Ibáñez y lo recuerda

Daniel Lebrato, 19 del 6 del 2012

LA CLASE OBRERA PIDE CARBÓN

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el beneficio de la cultura

Concierto de Año NuevoEL BENEFICIO DE LA CULTURA
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(mentiras artísticas y culturales)

Dice la Wiki, mi mascota, que la cultura (de cultivo) va en personas, épocas o naciones. Ana es culta. Suecia es un país muy culto. Como sinónimo de civilización, cultura implica un reparto del trabajo y una idea del progreso, según la cual la humanidad camina siempre hacia adelante, aunque sea ‑conservadora‑ quedándose como está. La cultura egipcia. La cultura occidental. Culto es homenaje, honor, admiración.

Al revés que el capital, que crece con el neg-ocio, no ocio, la cultura crece con el ocio, tiempo libre, que hay que tener. Y hay quienes ‑teniéndolo‑ lo pierden, y quienes lo invierten en el cultivo de su persona: lecturas y viajes, conciertos y exposiciones, vinos de origen o quesos franceses. La cultura es esa información más opinión, o juicio crítico. Y nos parece progresista porque rompe la clausura de aquel jardín abierto solo a los pocos sabios que en el mundo han sido, los que sabían latín, que fue la cultura del Antiguo Régimen.

La nueva cultura no es la popular cultura de masas, con la que comparte edad y base, la revolución científico técnica. De raíz universitaria, post moderna y post democrática, la cultura sigue sabiendo latín (ahora inglés) y sigue aspirando, a perpetuarse entre nosotros como clase o grupo de presión.

La instalación del arte y la cultura se hace en cuatro fases. Primero la cultura se une a la ciencia, positiva, y el arte, ese inútil, de polizón. Después viene el Elogio de la cultura, chantaje, pues nadie ‑en su sano juicio‑ va a estar en contra de educación, investigación, museos, conservatorios o planes de fomento de la lectura. Luego se minimiza el interés individual: no es que el artista quiera vivir del ocio sino de su obra. Y por último se convence a opinión y Gobierno de la necesidad de legislar el copyright e invertir en cultura y arte como especies protegidas, con cargo al presupuesto. Aquel churrete adolescente es ya, ni más ni menos, patrimonio nacional. Y los demás, a pintar el día que se jubilen.

Pero la extensión del mecenazgo, la multiplicación de los panes y los peces de la cultura en la cultura de masas ha alterado nuestra percepción del arte y acabará en la práctica, junto con internet, con la torre de marfil del presunto y presuntuoso artista. La paradoja alcanza a otros artistas del pensamiento y la vida pública. Política. Filosofía. Religión.

Y aunque, con la misma paradoja, sigamos disfrutando del arte y de la cultura, pirámides de Egipto o glorias vaticanas, sabemos la verdad de las mentiras artísticas y culturales que ‑ni cultos ni artistas‑ hemos dado por buenas.

 

La enseñanza. La enseñanza mezcla cultura, educación y formación profesional y recibe culto progresista bajo las advocaciones de pública y gratuita. Sin embargo, se consiente la explotación de inculta mano de obra no cualificada y el enriquecimiento de incultos negreros. La enseñanza no universitaria, además de pública y gratuita, tendría que ser única (ni religiosa, ni privada, ni concertada), pero eso iría contra la libertad de las personas, otro culto. La alta Universidad debería pagarla quien se beneficia de sus titulaciones. No hablamos del funcionariado educativo o sanitario sino de títulos de élite con máximo ánimo de lucro. Y hablamos del efecto cubalibre: yo me licencio por la pública en La Habana y me la monto por la privada en Miami. Muy pública y muy gratuita, pero la farmacia se queda en casa.

I+D. El culto a la I+D se basa en que sin investigación no hay economía nacional. Antes, habría que diferenciar muy bien el altruista eureka, lo conseguí, que salva vidas, de la voraz carrera de patentes. Edison patentó la bombilla a su nombre, no al de Estados Unidos. Y más que inventar productos originales, al capitalismo importan las finanzas y el PIB, por ese orden. China, y su I+D de imitación. La I+D está obligada a preguntarse a quién le sirve la investigación, si a la Bolsa o a la vida, y qué se entiende por desarrollo.

Derechos de autor. Sin artistas profesionales se ha escrito la historia del arte. Hay quien vive de un arte como si fuese un oficio y hay quien vive de un oficio como si fuese un arte. La cuestión es: trabajo creativo o trabajo alienante. Quién, por la mañana, irá a poner ladrillos o a fregar suelos, y quién, a su estudio o su despacho a dialogar con las musas.

La fuerza de la cultura. En Mayo del 68 y en las facultades antifranquistas la clase estudiantil miraba a la clase obrera. Hubo su demagogia, pero se esperaba de la cultura una teoría del mundo. Fue la inteligencia o intelectualidad: el compromiso. A juzgar por el 15-M, hoy las fuerzas del arte y la cultura han sustituido la teoría por un discurso moral sobre un tabú con eufemismos. Vivir por encima de nuestras posibilidades, ambición, codicia o corrupción son culpables de la crisis de la sociedad actual o mundo en que vivimos. Palabras ventilador. Allá va eso.

Ni tontos ni marxistas, no podemos exigir a un grupo que se haga el haraquiri, que se suicide como clase. Pero sí podemos exigirle la lucidez que tuvo la generación de sus mayores, degustadores de vinos de origen y de quesos franceses que les inculcaron desde la infancia a sus hijos y a sus hijas el beneficio de la cultura.

DL, 4 del 6 de 2012

Próximo capítulo: Mentiras ecológicas y animalistas


El autobús

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Sin bajarse del autobús significa ganar un partido tan cómodamente que deja chico el ganar sin despeinarse, que ya era ganar. Distinto es rehuir el partido por miedo a perderlo, y vengan excusas y declaraciones. Sirva esto de entrada para los penúltimos encuentros sobre el sexismo en el lenguaje.

El 4 de marzo de 2012 el académico Ignacio Bosque, con 26 firmas más, publicó en el país un artículo que, en resumen, venía a desautorizar las guías prácticas de lenguaje no sexista elaboradas por sindicatos y distintas áreas de la mujer, entre ellas la Universidad de Málaga. Mes y medio después, el 25 de abril, Álex Grijelmo publicó en el mismo país otro artículo, conciliador, en el que concluye que los dos bandos actúan bien intencionados y los dos están comprometidos en la lucha por erradicar el sexismo, salvo que el bando criticado da prioridad a los significantes, y el bando crítico, de Ignacio Bosque y firmantes, básicamente la Academia, a los significados.

Para empezar, antes que las buenas o las malas intenciones está la profesión, que para eso nos pagan, y en materia de género la Academia ha mostrado ninguna profesionalidad. Contra sus hábitos y frente a la prisa con que admitió cederrón o azafato en el Diccionario, esta vez la Academia no ha hecho más que abstenerse y criticar. Y digo yo que lo suyo no es dar lecciones de lo malas que son las guías ajenas, sino dictar, como Academia, su propia Guía. Ésta sería un libro de estilo, obligado en medios oficiales (prensa, radio y tv), y un manual de uso para la mayoría, más allá de la vieja prevalencia del masculino sobre el femenino (ya que esa y otras prevalencias son parte del problema, no la solución) y por encima del yo no me siento excluida, cuando hay quien se siente excluida. De eso se trata: de mayorías y minorías. El lenguaje de género puede ser cosa de cuatro feministas, si usted quiere, jefe, pero no es efímero. Ha venido a quedarse y habrá que regularlo en un país donde por educación se visibilizan todas las minorías, donde procuramos no meter la pata en casa del cojo ni hablar de nuestra buena mano en la cocina del manco. Por educación lo hacemos, por contexto y situación, por derechos del receptor.

Con su tono conciliador, quizás Álex Grijelmo le esté echando un guante al bando crítico, que se declara, por supuesto, partidario de la plena igualdad. Al seguir al pie de la letra a Ignacio Bosque y compañía, es como si les dijera: a ver si es verdad. Porque en su sano juicio (de Salomón), Grijelmo distingue a la verdadera madre (la que sufre prejuicios y perjuicios, techo de cristal y pegajoso asfalto) de la madre falsa que, por supuesto, está por la igualdad, faltaría más: todos reconocen el sexismo pero nadie se reconoce sexista.

Dicho lo cual, el artículo de Álex Grijelmo cae en la deformación profesional del lingüista que no ve más que lingüística por todas partes. Como si no influyeran la acción educativa y la acción política. Como si el psoe no hubiera firmado, con una mano, un Ministerio de Igualdad y, con la otra, alianzas con culturas, civilizaciones y Estados que tratan vejatoriamente a sus mujeres. Como si Cospedal o Esperanza Aguirre fuesen a borrar las diferencias entre ellas y sus criadas.

Las palabras entran en sociedad por mecanismos que no explica el Triángulo de Ullman, de significante, significado y referente. Hay triángulos con vértices en la política, la prensa y la enseñanza, que hacen maravillas: libertad o democracia son ‑como Dios‑ conceptos que nadie ha visto y en los que todos creen, como en cultura, arte o derechos de autor, sin ponerlos en duda. Prensa y bipartidismo han pintado monárquico un país que no lo es y nuestras clases medias ‑que aprueban en Occidente o Constitución y suspenden en llamar al capitalismo por su nombre‑ sacan nota en su santidad, monseñor, su alteza o su señoría. Así que, claro que tenemos forma de cambiar muy rápidamente los significantes que usan millones de personas, sin contar propagandas ni tecnicismos de última hora. Memoria histórica o parienta un día vinieron, y se quedaron, y bastó un discurso de un ministro para que en tres telediarios pasáramos de crisis a recesión. Sin eufemismos.

Sin embargo, nos dicen: lo importante es cambiar la realidad (mujer, y nosotras sin saberlo). Otro día nos dijeron que lo importante es comunicar. Y si este lema no mejoró la comunicación (al revés: empezando por la ilegible caligrafía, desde entonces elevada a expresión de la personalidad), ahora los por supuestos pondrán todos sus medios (prensa, radio, tv) para que no cambie nada: ni la realidad ni el lenguaje.

Ni tontos ni marxistas, hagamos como en poesía, reino donde las cosas existen a partir de su nombre. Ya hemos purgado nuestra incultura por una vez que alguien dijo miembros y miembras. Tampoco arquitecto tiene femenino etimológico (no cabe *-tecta, techa), y el drae admite arquitecta. De tal manera, digamos los femeninos que hagan falta, alto y claro lo que pasa, y que les vayan dando a la gramática y a la etimología.

Quien creó el área de Igualdad y Coeducación ‑esos insignificantes‑ olvidó que sin igualdad no hay coeducación y que igualdad y coeducación se llevan mal con colegios religiosos y con muchachas tapadas. Por ahí les viene el miedo: no vayan a salir a campo abierto Iglesia y monarquía, civilizaciones y culturas que tienen mucho que perder si se bajan del autobús.

*Ignacio Bosque, Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, El País, 4 mar 2012

*Álex Grijelmo, Cambiar las palabras o cambiar la realidad, El País, 25 abr 2012

*El Coeducón, http://elwoman.wikispaces.com/

CARTA A UN SOLDADO

CARTA A UN SOLDADO

Antiguos alumnos y alumnas tengo en las fuerzas armadas. Como salida profesional. Debo ser mal profesor porque la última definición del ejército es la que me ponen la primera: la misión de paz y el servicio público. ¿Servicio?: el agente de tráfico, la socorrista, quien apaga un incendio, quien protege a menores o conduce ambulancias. Cuando el ejército se suma a esas tareas es por una emergencia de tal calibre, que estaría bueno que gente joven físicamente bien preparada no acudiera a remediar la catástrofe. Pero la tropa está de paso en las misiones humanitarias, como el administrativo de mi instituto cuando lo ponen de conserje, que se queja porque él no es conserje. Ustedes están en una institución que dispara, mata o destruye lo que le mande ¿quién? ¿La conciencia de ustedes?, ¿el cabo o el sargento?, ¿el general que jamás estará en la línea de fuego?, ¿el que caza elefantes o el que caza letizias?, ¿el Parlamento, esa clase política que todos cuestionan, menos ustedes?

A quien no obedecen ustedes es a las clases sociales más necesitadas, de las que, por cierto, proceden ustedes. Ustedes defienden intereses ajenos de una clase dominante que también domina Onu, Otan, el Ministerio mal llamado de Defensa. Si esos organismos fueran bienintencionados y la guerra no fuera un negocio capitalista, trabajarían por el desarme a nivel mundial. Desarmados también los países vecinos, no haría falta un ejército como se dice ahora, como fuerza disuasoria y garantía de la paz. ¿Se imaginan que el presupuesto militar revirtiera en gastos sociales? ¿Saben ustedes lo que vale una hora de vuelo de un señorito en su caza? ¿Lo que gasta el Sebastián Elcano con esos hijos de papá por ahí de crucero? ¿Decimos lo que cuesta a España Irak, Afganistán, pensiones de por vida, mutilados, medallas al mérito? Y todo para que el otro bando ponga una bomba que se lleve por delante, no a ustedes, que estaban en su cuartel, sino a indefensas personas que iban en el metro a trabajar. Recuerde Atocha, soldado. ¿O va a decir otra vez que a usted que le registren, que usted obedece órdenes? Tantas veces que les hablan los mandos del enemigo, y lo poco que saben ustedes del enemigo.

Han hecho de ustedes mercenarios, se dice de quien coge un arma por dinero. Trabajar por dinero no es deshonra, lo hacemos todos. El problema es con armas. Y qué decir del extranjero que sirve en las fuerzas españolas, ¿que España es su patria? Ya veremos, cuando el PP ‑como en USA‑ privatice el ejército, cuál es su patria: la empresa privada.

Para cualquier duda, consulten los libros de historia. Militares hubo al servicio del pueblo pero, de dos Repúblicas que tuvimos, una se la cargó el general Pavía y la otra el general Franco. ¿Hablamos de Primo de Rivera o del coronel Tejero? Y consulten ustedes las marcas proveedoras del ejército español. Verán que, de patente española, hay bien poco y que en caso de conflicto armado las patentes extranjeras, con darle a un bando repuestos y negárselos al otro, sin moverse de su despacho habrán decidido quién gana la guerra. ¿Les suena las Malvinas?

Ustedes, mi gente, no vinieron al mundo para marcar el paso, presentar armas, izquierda, derecha, hip árou, hip árou. Nada de eso, ni con balas de verdad ni de fogueo, les enseñamos en el colegio o en el instituto. Que hay que buscarse la vida, es lógico, pero no a cualquier precio. Habiendo fuerzas sociales y de progreso, ¿por qué a las fuerzas armadas?

Daniel Lebrato, 10 del 5 de 2012

La manzana de Newton

Toma uno. Carlos Marx murió en 1883 y difícilmente fue marxista. Culpar a Marx del exterminio metódico y de la realización inexorable del socialismo es tan exacto como culpar a Jesús de Nazaret de las atroces cruzadas, lo dijo Borges, y coger al marxismo por el rábano de China o Cuba es coger al cristianismo por las hojas del Papado de Avignon.

Toma dos. No estuvimos en la Bastilla ni hemos cortado el cuello a rey ninguno pero nuestros avances en república y laicismo algo le deben a aquella guillotina, igual que nuestra pacífica transición democrática algo le debe también al atentado terrorista contra Carrero Blanco.

Toma tres. Quien se mofa de la teoría de la evolución y ríe el chiste del mono vendrá usted se beneficia de una ciencia médica en deuda con Darwin. Desde que la Tierra es redonda ‑o sea, desde Galileo‑, evolucionismo, psicoanálisis o relatividad no son asignaturas optativas sino obligatorias. Todos estuvimos en la pizarra de Einstein y a todos nos dio en la cabeza la manzana de Newton. Algo así pasa con el marxismo.

Para no ser marxistas, tendríamos que haber nacido antes de Adam Smith, último en creer que el trabajo es la riqueza de las naciones. Desde El capital (1864), donde Smith puso naciones se pone burguesía. Marx despejó la fórmula de la plusvalía como trabajo acumulado, y de la fuerza de trabajo como la única mercancía capaz por sí sola de generar riqueza, al tiempo que demostraba el doble fetichismo del dinero y del salario que es la base de la alienación. Este análisis no ha sido nunca rebatido.

Un fanatismo muy común es ver la paja del dogmatismo en el ojo marxista y no ver la viga fanática en el ojo propio. De entre libertad, propiedad o democracia, tomemos por caso el pensamiento religioso, empezando por el curioso método que tiene el Vaticano para lavar sus trapos sucios. Pidiendo perdón a Galileo Galilei, el Papa se perdona a sí mismo, mientras que los terribles delitos marxistas no prescriben nunca.

La militancia cristiana puede justificarse (a) desde sus orígenes: Jesús de Nazaret, aquel hombre tan bueno cuyo mensaje adulteró la Iglesia, que así se salva porque, además de divina, es humana, o (b) desde sus finales: una institución, la Iglesia, que es pilar de occidente. Biblia o Corán serán unas veces (c) la sagrada escritura que a ver quién la mueve, o (d) esa escritura relativa, adaptable a los tiempos que corren. Se trata de (e) bautizar al niño, que la niña haga la primera comunión y que a la morita la tapen de por vida. De la (a) a la (e), hasta con cinco barajas, marcadas todas, juega la religión. Y para el marxismo, ni cartas.

Ni tontos ni marxistas, el juego es que un sistema injusto lo tome por justo quien lo sufre o quien podría ‑con otro sistema‑ vivir mejor, gran masa que, en tiempos democráticos, qué curioso que no acierte nunca a plasmar sus mayorías en el conjunto de unas naciones que se llaman unidas. Ahora que se habla de visibilidad, pongámonos las gafas de la visibilidad social que nos quitamos cuando cayó el Muro de Berlín, y a ver qué vemos en andamios, inmigración, tercer y cuarto mundo. Puede que el marxismo haya muerto. Quien no ha muerto, porque se necesita viva, es la mano de obra a la que un sistema extrae plusvalías y materias primas a cambio de unos salarios que si fueran justos no serían salario. ¿Alienados? No, gracias.

daniellebrato@gmail.com, 10 del 5 de 2012

Sevilla, Geografía e Historia

Eva Díaz PérezQue la historia es la mentira encuadernada lo decían profesores de la materia cuando, al llegar República y Guerra Civil, se saltaban esas lecciones. Más que mentira, la historia se apaña o se amaña para que el presente encaje. Por algo los demócratas entre comillas han ido a la Atenas de Pericles para hacerle a la democracia un vestidito. La historia se escribe en analepsis, en vuelta atrás. Tú dime qué quieres del presente y yo te cuento un cuento a tu medida. Para justificar el Estado de Israel, las películas de nazis. Para la transición española, el Cuéntame cómo pasó. Y al Rey, que me lo maquillen para el 23-F.

La geografía es un tratado del paisaje, antigua y noble curiosidad de viajeros. Y hay una geografía que explica el paisaje por la economía y las clases sociales. El profesor Antonio Miguel Bernal nos enseñó a buscarle a la geografía económica su sentido. Era como aplicarle la dialéctica a lo que vemos: campo, ciudad o fragmento de ventana. Su enfoque de la ciudad era muy simple. ¿Para qué sirve Sevilla? Joder. Nunca nadie se había planteado que las ciudades sirven.

Ciudad terciaria y privilegiada por la navegación de su río, con poca industria en proporción, sabemos que Sevilla es centro comercial, de transportes y administraciones. Que es puerto fluvial ya discutible, desde que no hay vikingos. Y que tiene una rara capacidad para vivir de sí misma, de sus fiestas, de sus leyendas y miserias, dadas al turismo y a la exportación. Sevilla, marca registrada. Hasta la delincuencia y las Tres Mil Viviendas, venden. Atrás queda la Sevilla que hubiera podido y debido, quizá, ser la capital de las Españas, como también Barcelona o Lisboa. Qué cicatería la del Austria que no quiso trasladar su corte y hacer de Lisboa la capital de Iberia. Ay, Saramago.

Ni tontos ni marxistas, sabemos que a Sevilla la sostiene en su sitio y en su historia aquel fenómeno que bajó de Itálica o del Aljarafe hasta la Alfalfa, lo más alto y lo menos malo de Hispalis la infelice, la insalubre en cuanto se inundaba el Guadalquivir. Este fenómeno humano, estirpe de emperadores, es el señorito. Con su artículo determinante, el señorito es sintagma epiceno que incluye el señorito macho y el señorito hembra; no confundir con señorita.

Lo señorito se basa en la tenencia de la tierra, saca sus cuartos del campo y se los gasta en la ciudad, cifra y compendio de la buena vida: todos los días del año, que fueran Feria o Rocío. Lo tópico es lo típico, y el futuro…, cuán largo me lo fiáis. El señorito ‑estético y vividor, aristocrático y calavera‑ es herencia de una injusticia que viene de siglos: el latifundio. El pueblo ama y aborrece al señorito (todo, menos el término medio) y, tratándose de la buena vida, de su señorito aprende y a señorito aspira. No tenemos una gorda, pero vamos pal Rocío.

Igual que se dice del habla andaluza que ninguno de sus rasgos lingüísticos es exclusivamente andaluz, diríamos del señorito que nada en él es exclusivo. Los santos inocentes están aquí y en Valladolid o en Extremadura y La escopeta nacional, lo mismo en Madrid que en Valencia. Lo pertinente ‑o impertinente‑ de Sevilla, es la concentración de sus rasgos. Ni importa si la Niña Chole ‑quien, por distraerse, echaba hombres a los tiburones‑ era andaluza o no. De la estirpe de Carmen sí que era su mirada, propia de un césar viendo morir gladiadores, mirada que en Sevilla imitó la nobleza. En Semana Santa, que carguen los costaleros, y bajo los faldones, que no quiero verlos, como Lorca, en su Llanto. Y en las corridas, el toreo a pie. Cortos de rienda y de hacienda, los caballeros de Sevilla reservaron sus jacas árabes y jerezanas y dieron la venia a sus gañanes, otra vez gladiadores sobre la arena. Que toree Pepe-Hillo. Y los maestrantes, a ver los toros desde la barrera. Como desde la barrera se asoma el señorito al flamenco y casi, casi, a la Feria de Abril, ese baile macho por sevillanas, que reducen a faena de aliño con su bajonazo final a la cintura. Las sevillanas son claveles y clavellinas. Los sevillanos, barras y varas, antifaces y presidencias.

Y es que de los cinco sentidos, de ninguno se goza el señorito como de la vista y del ser visto. Dicho está que Sevilla es la ciudad barroca, como su portada de Feria, pura fachada, alto sentido del ridículo y tarro de las esencias. Y no será porque Viena, Venecia o Praga se contemplen menos. Es que tienen otras clases dirigentes y otra mentalidad hegemónica. Como en la máscara de Esopo, no busquen más, que no hay. Sevilla es una belleza probablemente hueca.

Una vez que fueron sometidos por la Corona los incómodos tercios moro, judío y protestante, la cultura en Sevilla no pudo ser más contrarreforma, más romana que Roma. Y ahí está la aportación de Sevilla, su I+D, a la cultura universal: el dogma de la inmaculada. Con su visión de la virgen madre y ajeno por completo al calvinismo, el señorito, aprendiz de san Juan y de don Juan, desprecia el trabajo. Lara el editor lo expresó desde la cama: una empresa que te obligue a levantarte antes de las once, no es empresa.

De esa Sevilla superficial, se diría lo que Juan Cobos Wilkins, de la piel: lo más profundo que de ti conoces. Oxímoron: la profunda Sevilla superficial. No hay una Sevilla de retrato artificial frente a otra Sevilla de verdad a la altura de la historia. Aparte de que ‑tal y como está la historia, de invasiones y guerras mundiales‑ preferible estar al margen, la verdad.

No hay más Sevilla que la que arde, y esa arde en cirios nazarenos, habanos de la Maestranza y candelas del Rocío. De Sevilla, se puede decir lo que del dinero y la buena vida: la hay más barata, pero ya no es vida. Hay otra Sevilla, pero ya no es Sevilla. De recordárnoslo, se encargan en las procesiones y en las casetas. Ese tío no es rociero.

La Alameda, el Pumarejo, la otra Sevilla tendrá que preguntar a sus intelectuales de oficio y artistas de copyright qué es lo que hacen por ella. La mayoría, me temo que cultivarse a sí misma como hicieron los señoritos Caro, Arguijo, Laffón o Romero Murube.

Biblia del Oso, Abate Marchena, Blanco White vienen al pelo para sostener la historia de los heterodoxos sevillanos. La última figura hiperplasiada está siendo el ecléctico Chaves Nogales. Toda Sevilla, a leer a Chaves Nogales, díganlo Carlos Colón o Alfonso Lazo. Lo que no va en charanga y pandereta, va en el Diario de Sevilla o en la edición de El Mundo.

Por parte culta, el tópico expresa lo que literatura, pintura, música, fotografía y cine creen ver en Sevilla. Escritores de casa, forasteros o viajeros imaginarios, aquí encontraron locus amoenus y dramatis personae, decoro y decorados, óperas completas. Andalucía por antonomasia, Sevilla es Triana, Alándalus, Guerra de Independencia y, al fondo, Tartessos. Papeletas para la mítica. Esa propensión al mito ‑y algún arquero fino de Sevilla‑ cautivó a Jaime Gil de Biedma. Pero del mito al misterio hay mucho trecho y más aún, hasta la ciudad de ensueño, profunda y esquiva.

La cara popular y no libresca del mito se resume en Cernuda: el Sur es una tierra que llora mientras canta (aunque él se refería a un blues). Y en Machado: cantando la pena, la pena se olvida. Y hay muchas penas: la negra, fatal; la blanca, resignada; penas de azul, de rojo o de violeta. Para penar y cantar, el pueblo está doblemente motivado. Por contraste, con la vida que se pega el señorito, y por simpatía, con los suyos. Sombra y luz que han dado cuerda a la lírica y al flamenco y a esa otra cara de lo que los señoritos meapilas y reaccionarios entienden por la gracia. De todas formas, más gracia tienen en Cádiz y, ya ven: ¡vivan las cadenas!

Para no divagar como alma en pena y sin fin por la ciudad de la gracia, propongo a la juventud que piense Sevilla al margen de la Sevilla del ABC, más rancia imposible. Y, si es difícil saber para qué sirve Sevilla, hay otras preguntas más fáciles. Por ejemplo, ¿a quién sirve [o le sirve] Sevilla?

Al cierre, recuerdo a mis amigos Jiménez Barrientos y Gómez Lara (Jorge y Manolo), empeñados en los 80 en integrar las esencias de Sevilla en un proyecto vital (miedo da decirlo) de izquierdas. Cofradías. Rafael de León. Concha Piquer. Acaso aquel esfuerzo fue comparable al que hicieran ilustres del siglo 18 por aunar patria y progreso, pasado y futuro, sin salir afrancesados en la foto. Bajo el poderoso influjo de Umberto Eco, apocalípticos e integrados, de la crónica sentimental de España, de Vázquez Montalbán, y de Isidoro Moreno, con su lectura laica y republicana de la Semana Santa, Jorge y Manolo lo intentaron. Que si las fiestas de la pasión, la primavera y de los cinco sentidos. Que si la copla como transgresión o válvula de escape del mariquita. A la vista de la Giralda que sigue señalando la herejía, solo nos queda lo que al penúltimo heterodoxo de Ramírez Lozano: caminar por la sombra.

Yo voy con ellos.

Daniel Lebrato, 2 de mayo de 2012

Sevilla, Geografía e Historia viene motivado por la lectura de Sevilla, un retrato literario (2011), de Eva Díaz Pérez. Nacida en 1971, Eva pertenece a la tercera generación que moderna o postmodernamente piensa Sevilla. Los primeros fueron Isidoro Moreno y Antonio Miguel Bernal, por delante de Gómez Lara y Jiménez Barrientos, años 90.

Sevilla es cainita y puñetera. Tan clasista como otras, la ciudad no deja indiferente. Lo menos crispado es la división entre Sevilla y Betis o entre Sevilla y Triana. Lo demás, mueve al amor o al odio. Semana Santa, los toros, la Feria. El grado de sevillaneidad o de sevillanismo (términos que significan idoneidad; no aristocracia, que sería sevillanía) va en proporción al número de festejos en que uno puede participar. Lógicamente, no cuentan la Bienal de Flamenco ni el Festival de Cine o el de Territorios, intercambiables con otras ciudades. Tampoco cuentan la vida al margen ni la vida al ritmo de tribus internacionales: jipis, góticos, antis sistema. Todos tienen su ciudad y su literatura. Y algún encontronazo.

La madrugá del año 2000, con su escenificación del Nadie conoce a nadie, de Juan Bonilla, marca ejemplarmente el choque de una Sevilla con otra. Años antes ya hubo conflicto cuando el Gran Poder quiso cambiar su itinerario de regreso y pasar por la plaza de la Gavidia, donde por entonces se hacía botellona todos los viernes. Más atrás, en tiempos de la UCD, estaba el Teatro Real, en Joaquín Costa, mundo bufo, inteligente y maricón que alentaba el Carnaval en la Alameda y en Cuaresma montaba sus Estrellas sublimes o Macarenas, guapas, guapas, guapas, en besamanos a base de klínex y papel de plata. Lo cuentan Molina Flores y Vicente Tortajada.

El calendario específico de Sevilla empieza en la Cabalgata de Reyes (fecha en la que las bandas de música cierran su año musical y empiezan el nuevo) y dura seis meses. En ese medio año la Sevilla que puede permitírselo sale de una fiesta y se mete en otra, anda de víspera en víspera, de resaca en resaca, encabalgamiento que ejemplifica el domingo de Resurrección, mañana de penitentes, tardecita de Maestranza. Es ciclo de primavera que pasa por el Rocío y se hace verano en Matalascañas. Tiene dos citas de cierre, las dos donde empezó: en la Catedral. Una es el Corpus y otra es el 15 de agosto cuando la Virgen de los Reyes. En el semestre festivo de Sevilla falta el Carnaval, que parece que huyendo de la gracia de la ciudad de la gracia se hubiera ido hasta Cádiz. Durante unos años fue una carnaval la noche del 7 de septiembre, vigilia de la Inmaculada, pero en esto llegó Palacio [arzobispal] y mandó rezar. Otra fiesta que no ha cuajado ha sido la feria de otoño o Feria de San Miguel. Y es que con el frío Sevilla tira al campo o la Sierra, días de candela y matanza. Nota: el señorito sevillano pasa este tiempo sin quitarse el traje oscuro de capillita que se puso el Miércoles de Ceniza.

En el postfranquismo, integrarnos en ese calendario parecía compatible con el cambio que esperábamos. La militancia en el PCE (en el que había una poderosa corriente de cristianos por el socialismo) casi identificaba reconciliación con las hermandades como parte de la política de reconciliación nacional. Luego vino Felipe González. Toda España bailaba por sevillanas y se iba a venir a la Expo en el Ave. En la Feria abrieron la Pecera y el Garbanzo Negro. El Cerro del Águila sacaba adelante dos hermandades, una de penitencia y otra al Rocío; también al Rocío, el Polígono Sur. Chavales de los barrios vestidos de capillita se venían al Centro a ver procesiones. Parecía que se abría y se compartía el tarro de las esencias, tan celosamente custodiado por la Sevilla de negro.

Pero la Sevilla de negro es mucha Sevilla y enseguida iba a demostrarle a la de colores quién manda aquí. Primero, porque los niveles de democratización empezaban a serle preocupantes y, después, porque la Sevilla católica y mariana iba a acudir con ímpetu (como segunda Roma que es) al rearme de occidente y de la religión, a demostrar su cara más auténtica, esto es, más integrista.

Nuestro intento se rompió por tres ejes. El eje de las clases (siempre las hubo y siempre hubo ricos y pobres), el eje de las creencias (Dios distingue a los suyos, de entre curiosos, laicos y diletantes) y el eje de la antigüedad (que en Sevilla es más que un grado). Tal y como se las gasta últimamente esta Sevilla, más que reconciliación, hubiera hecho falta una ruptura. No pudo ser.

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LA CRISIS DEL LENGUAJE O EL LENGUAJE DE LA CRISIS (EL TITÁNIC, LA PRINCESA Y EL LEÑADOR)

LA CRISIS DEL LENGUAJE O EL LENGUAJE DE LA CRISIS
(EL TITÁNIC, LA PRINCESA Y EL LEÑADOR)

El Estado, en tanto acuerdo entre ingobernables, ha sido siempre mal mayor, monstruo o Leviatán. Psoe y pp, siguiendo rancias consignas democráticas, han hecho creer que existe un Estado del bienestar.

El bienestar según el psoe fue subvencionar conceptos como vivienda, educación o familia, y ayudas al consumo sostenible, política de fachada de igualdad de oportunidades con renuncia expresa a corregir la desigualdad social. Algunas de esas medidas fueron desde el principio demagógicas (plus por parto); otras encajaron como altruismo universal (sanidad gratuita) y hasta las hubo que provocaron el rechazo de la parte supuestamente beneficiada, como la gratuidad de libros de texto ‑¿Mi hija estudiando en un libro usado?‑ y un ordenador portátil por estudiante. ‑Como si eso arreglara el fracaso escolar.

Huérfano de teoría (hay que recordar que el psoe abominó del marxismo en tiempos de Felipe González), y con pce y sindicatos garantizándole la aceptación de la democracia (cuya transición habían firmado como ejemplar), el socialismo español creyó que el Titanic capitalista jamás se iba a hundir. Tanto fue to el mundo es bueno, que hasta el islámico tapadismo de género ‑contrario a igualdad y coeducación‑ se dio por bueno con tal de no violentar a su excelencia el si les gusta. Viva la gallina con su pepita.

España estaba a punto de adelantar a Italia y calentaba el sillón 21 del G-20. El Rey Juan Carlos mandaba callar al indio de Venezuela y ¿por qué no te callas? fue la camiseta de españolitos que no solo cambiaban de móvil cada dos por tres, sino de funda, con lo que aburre un teléfono siempre del mismo color. Junto a Venezuela y a Cuba se despreciaba a China, no cierran nunca los chinos, aquello son dictaduras y aquí estábamos en democracia. El crédito del Santander, las tiendas de Zara y los goles de la selección española de fútbol fueron la lechera de clases trabajadoras en tres generaciones elevadas a categoría de clases medias. Con ugt impidiendo la Central Única del Trabajo y con los sindicatos de pilotos y controladores tan lejos de los suyos, la clase obrera española estaba missing, desaparecida.

Cuando vino la recesión que llamó crisis, el psoe montó una trola formidable. Resulta que la culpa era del sector inmobiliario (menor, al lado de banca y finanzas) y no del capitalismo en sí. Y culpa también de la ambición de nuestras clases medias (no de las altas), por haber querido vivir por encima de nuestras posibilidades. Las medidas del Gobierno de Zapatero fueron, otra vez, lineales e injustas. Retrasar la jubilación y bajar el sueldo al funcionariado significa nada para quien viaja en primera clase por esta vida y es una auténtica putada para la tripulación, que va en tercera. Al tratar por igual trabajo cotizado por cuenta ajena, trabajo autónomo y no-trabajo (rentista), el psoe demostraba ninguna sensibilidad social y dejaba además al funcionariado a los pies de dos caballos: la empresa privada y la opinión pública, que juraría que qué bien vivís y qué vacaciones, de maestros: que haya colegio hasta julio. Del decretazo, al cainismo.

En su turno, el pp, como partido clasista que es, y en su afán de recortar, matiza el bienestar con factores de renta. Y se hará un lío. Ni tontos ni marxistas, pillemos al pie de la renta ese lenguaje. Será verdad la gratuidad total de servicios para quienes no tienen, y será verdad, por fin, que quien tiene todo pague todo.

Al Estado-Patrón hay que exigirle que ‑igual que regula el salario mínimo‑ regule el salario máximo. Que decrete una ley de derechos adquiridos: sueldo, jornada laboral y pensiones. Y que se ponga, como Estado, a trabajar. Que en vez de tutelar a la monarquía, Presidencia asuma la Jefatura del Estado. Que en vez de criticar el pueblo a la clase política, no haya clase política. Que Congreso y Senado se unifiquen y que no pueda nadie vivir de la política profesional, de la representación como oficio. Subvención cero a ugt y Comisiones. Que las fuerzas armadas trabajen de policías, bomberos o protección civil. Que España se declare neutral en el concierto de las naciones, con renuncia a la guerra y a la fabricación de armamento.

Que despierte el leñador y que la bella
durmiente despierte:
Vuelven las clases sociales.

23 de abril de 2012