Huelga del metal en Cádiz.

En la huelga del metal en Cádiz confluyen disparates y arcaísmos. Primero, olvídense ustedes de comparaciones que dan asco: que si esas barricadas, en País Vasco o Cataluña, circularían como terrorismo. Que si las huelgas de pilotos. Que si Francia y fuesen los chalecos amarillos.

La clase obrera murió para la causa, para la lucha y para la huelga, desde el momento que la clase obrera cogió su fusil y marchó a la guerra por la defensa de una patria contra la Internacional única de todas o ningunas las patrias, que fue al final la que perdió todas las guerras mundiales.

Salven ustedes las novelas y las películas de género bélico y anti belicistas, y verán que, al final, no se salvan ni ustedes. El marxismo engrandeció durante unos años la clase obrera, la lucha obrera y la madre que parió a la clase obrera. Pero no era más que una clase favorecida ante la historia: los créditos de la revolución fueron ninguno.

La otra cara del patriotismo militarista (un obrero alemán matando a un obrero francés o inglés) fue la asunción del trabajo como recompensa debida y merecida, y no como esclavitud mal pagada. Todo ello dentro de un estado que a partir de entonces sería Estado del Bienestar: Johnny cogió su fusil al tiempo que un contrato indefinido y un razonable plan de pensión. Pero de causas de altura como de lucha de clases, no hablemos, colegas. Habría que ver Full Monty o Billy Elliot (en España, ni Los lunes al sol, ni en Francia Pierre Lemaitre, Nos vemos allá arriba) para que una causa obrera nos emocione siquiera un poco.

La huelga como instrumento de lucha perdió su son cuando la clase obrera dejó de luchar y solo luchan trabajadores de élite (pilotos, conductores o proveedores de altura) por mantener sus privilegios con reflejo en pib o en valores en Bolsa. Solo esas huelgas son noticiables. Esas y las que mueven algún músculo de servicios esenciales, huelgas de limpieza o sanidad. En los demás sectores, no hay sindicato capaz de montar hoy día una huelga. La huelga como respuesta a la patronal está tan pasada como el mundo de las hembras frente a los varones en tiempos de El sí de las niñas (1805), de Orgullo y prejuicio (1813) o de Jane Eyre (1847).

Revista La clase obrera va al paraíso:

En 2008 tomamos conciencia de la crisis. Fue el Psoe (antes que el PP) quien primero recortó sueldos y alargó jubilaciones. Todo, en nombre de nuestra magnífica esperanza de vida. De aquel impacto salieron tres líneas de ruptura: la de funcionarios insolidarios incapaces de cambiar una paga extra por su estabilidad en el empleo; la de mileuristas y erasmus, en vías de emigrar; y la clase obrera que ni posibilidad de emigración tenía.

La moral del trabajo consiste en que la empresa cree empleo y que no haya despidos. La clase obrera no puede apalancarse en su condición de obrera. Olvidan que el interés empresario es ganar dinero y que, una vez ganado el suficiente, puede cerrar la empresa o irse con la fábrica a otra parte. El ministro de turno dirá que eso es libertad de empresa. Mañana cerrarán las librerías.

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