¿Qué hacer?

Antes del ¿qué? va el ¿quién? ¿Quién saldría ganando si el capitalismo se hunde? ¿Quién es el sujeto histórico, la clase o grupo social con interés objetivo en su demolición? En ¿Qué hacer? (1902), Lenin tenía claro que el quién sujeto sería el proletariado, algo que en este siglo 21 ya no es. El capitalismo está tan arraigado en el corazón y en la cabeza de la clase obrera (hombre o mujer que percibe igualdad, libertad, fraternidad, democracia, trabajo digno o precio justo como fruto de conquistas de los derechos humanos), que toda lucha ‘anticapitalista’ sería, además, ‘antiobrerista’ y estaría abocada al fracaso, ha fracasado ya. El marxismo leninismo se ha convertido en la viva imagen (muerta, en realidad) de lo que estaba criticando, algo así como el movimiento por la república, bandera tricolor, sigue siendo una forma de regresar, se quiera o no, al 14 de abril de 1931, con lo lejos que queda. Urge aceptar que el capitalismo es invencible por anticapitalistas: al capitalismo lo matará la competencia, el choque violento, de un capitalismo contra otro.

¿Qué hacer, entonces? Coger del capitalismo sus lemas, sus promesas y esperanzas y apurarlas con sus mismas armas, esto es, igualdad y libertad, no, como ahora, que la igualdad no existe y que la libertad (algo que se compra con dinero) no es más que una palabra que nadie ha visto ni disfrutado por mucho que digan las canciones, la literatura, el arte, la política, las religiones o las declaraciones de amor. Ese es el reto. Despejar de nuestra mente consignas que traen historias, tradiciones o culturas que remontan, más allá del feudalismo, al circo de los esclavos. La igualidad (suma de libertad más igualdad) no admite, para empezar, la Onu de hoy en día ni admite un mendigo que nos pida limosna por la calle; tampoco el músico que se las da de bohemio. La igualidad (suma de libertad más igualdad) no dudaría ante la cuestión catalana: Cataluña será lo que quiera ser. Sean independentistas o dejen que Cataluña lo sea. La igualidad (suma de libertad más igualdad) no admite clase política ni la vigente democracia basada en una desigualdad de origen, entre electores y elegidos. No sean demócratas. La igualidad (suma de libertad más igualdad) no admitiría que usted toque el violín en exclusiva mientras otros tocan, también de por vida, ladrillos o bombonas de butano. La igualidad (suma de libertad más igualdad) no tolera títulos nobiliarios ni monarquías ni religiones en los espacios públicos. La igualidad (suma de libertad más igualdad) nos prohibiría fórmulas consoladoras como lo bueno que yo soy o mi contribución a tal o cual misión humanitaria u oenegé. La igualidad (suma de libertad más igualdad) nos haría votar en red continuamente (poder igualatorio del megusta y del change.org), no cada cuatro años y en urnas preparadas por la clase política. ¿Es igualidad la diferencia faldas pantalones? La respuesta es no. ¿Es igualidad el velo islámico? ¿Hay igualidad entre personas solas o personas en pareja o en familia? ¿Hay igualidad entre creyentes y laicos, no digamos entre ricos y pobres? La respuesta sigue siendo: por aquí que te vi. Solo reconocerlo (predicarlo, si se puede, en nuestro pequeño círculo) sería un gran avance.

En el plan de choque contra las contradicciones del capitalismo, ocupa un primer lugar su aliado el Estado del Bienestar. El Estado del Bienestar, que parece un derecho adquirido, fue en verdad una concesión de capitalismos coloniales que, bajo la complicidad de partidos y sindicatos socialdemócratas, reservaron lo mejor de la cadena productiva a sus clases obreras nacionales, de buenas a primeras cubiertas en sanidad, educación, vivienda, transporte, etcétera, con una trampa: todo ello con cargo a las plusvalías por materias primas y fuerza de trabajo que estas naciones con sus partidos de izquierda extraían de sus colonias en el segundo y tercer mundo. Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Alemania, Francia o Reino Unido se nos pusieron de modelo y en los libros de texto y en el programa del Psoe. ¡Porca falacia! Desde que el mundo es global (y lo es gracias a internet), desde que los países en desarrollo no se dejan esquilmar así como así, y en Estados como el español, cuyas plusvalías exteriores por balanza de pagos no alcanzan el nivel de esos países, el Estado del Bienestar o se sostiene por rentas altas derivadas hacia las bajas o las personas no tan ricas estamos financiando (a través de impuestos y Declaración de Hacienda) vidas ajenas que nadie nos ha consultado: el militar, el síndrome down, el ama de casa, quien se irá de Erasmus a ejercer el violín o el máster chef, la enseñanza concertada o la familia numerosa, todo eso, lo estamos pagando usted y yo porque no hay derechos sin deberes y porque no hay voluntad de atacar a las rentas más altas (la fiscalidad cien por cien progresiva es pura entelequia pues todos querrían vivir más cómodamente sin trabajar y cobrando del salario social).

Ante el telediario de las mareas y las pancartas cargadas de derechos, la impasibilidad ante la miseria o la aparente insolidaridad adquiere, de pronto, un valor progresista. ¿Es mi deber su derecho, mendigo o refugiado o mujer que quiere ser madre? En absoluto: usted, mendigo o refugiado o madre, tiene la obligación de no parecer el paspartú de la foto que me tienen puesta para que yo no vea lo que no quieren ver: el puto amo capitalista. La ayuda humanitaria y el Estado del Bienestar son el nuevo opio del pueblo. Sean fuertes, sean libres y, sobre todo, piensen como iguales, no a sus iguales de clase acomodada, sino a quien vive en la selva, en la jaima, en la choza, en el iglú o en la patera; independientes, o sea, al margen de Izquierda Unida o de Podemos y de la oenegé que los parió. Si no podemos espabilar a este mundo, al menos que el mundo no nos atonte a nosotros.

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