análisis de la Universidad.

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pervivencia de un mundo medieval

Desde el Plan Bolonia, en lo que llamamos Universidad se cruzan dos mundos que no tienen nada que ver. Un mundo de empresa privada, condenado a estar a la última, competitivo y en vanguardia, y un mundo funcionario de raíz medieval que reproduce categorías vitalicias de posesión, propiedad, ocupación y territorio: el aspirante toma posesión de una cátedra (silla o sillón) que pasa a ser de su propiedad; esa plaza la administra mediante profesores agregados y desde allí ejerce el control de departamento y planes de estudio, ese es su territorio. Antes, las universidades se repartían por especialidad, órdenes religiosas o rivalidad en cortes entre municipios. Modernamente, ha cundido el ninguna provincia sin universidad, hasta haber más universidades que provincias: 82 (50 públicas; 32 privadas). Como ustedes comprenderán, cantidad no es calidad, y se ha perdido el prestigio de ser licenciado por Salamanca, por Valladolid, por Barcelona, Valencia o Santiago de Compostela, Sevilla o Granada. Claro que las nuevas universidades, públicas o privadas, podrían venir con otras bases no medievalizantes, pero la verdad es que no. La Rey Juan Carlos (fundada en 1996) es pública y ya ven nomenclatura, organigrama y comportamiento: catedrático, asociado, titular, interino, colaborador, contratado o visitante (masculino o femenino) siguen siendo marcas de departamento o línea docente. Si eso no es territorialidad, que venga Fray Luis de León y lo vea.

entre lo público y lo privado

La segunda confusión sería la intencionada mezcla entre lo público y lo privado. Lo público, porque el Estado insiste en seguir siendo Estado del Bienestar donde impera (como un derecho en el Estado de Derecho) el derecho a la “igualdad de oportunidades”, caca maraca que cuenta con la complicidad de estudiantes y familias de estudiantes que, mediante becas y subvenciones, consiguen grado o título para montársela por la privada en despachos, bufetes o consultas particulares. Paradójicamente, y aunque acusada de ser fruto podrido de la privatización, la universidad privada (siete de ellas, confesionales católicas) tiene que parecernos mejor por cuanto no nos cuesta el dinero a través de los Presupuestos del Estado.

investigación, ¿para qué o para quién?

La tercera gran zona de sombra la pone la I+D o la I+D+i, o como lo quieran llamar. Nada evita que investigación financiada o alcanzada en o por la universidad pública vaya a parar a Bayer o BMW. Las becas y ayudas o subvenciones no firman contrato de fidelidad (lo que sí, un futbolista con su equipo) y mi compromiso con el Estado, como estudiante y como profesional, dura hasta que una empresa me aumente el sueldo o compre mi patente. Dicho en cubano, sería como estudiar medicina gratis en la Universidad Pública de la Habana y forrarte después abriendo consulta de lujo en Miami. En España, se da idéntico gusaneo.

Los males de la universidad española, escándalo más o menos, son los males del fragmento social que de ella se beneficia, no digamos toda la sociedad (obreros de Bellavista, pescadores de Sanlúcar, aparadoras de Valverde). La generación Podemos, muy universitaria, no ataca a la universidad porque es parte de ella. Le trae más cuenta separar las manzanas podridas: Cifuentes, Casado, Montón y lo que venga, que vendrá. ¿No se dan cuenta que cuando un objeto multiplica su valor o se exige para el triunfo social, está servido el fraude, el tráfico ilegal? ¿Por qué creen que se roba dinero? Pues ahora pasa con los másters o trabajos de postgrado, con las tesis o con lo que absurda o exageradamente se pida a las criaturas para entrar a un trabajo o a un puesto de relieve. Cifuentes, Casado o Montón, las tres personas de la Rey Juan Carlos, ¿de verdad esperaban ustedes que fuesen mágister en algo? ¿Esperaban que esos currículos hinchados por la competitividad a la moda de la empresa privada generaran una tesis, una opinión, un hallazgo, una luz para la humanidad? No se lo cree nadie. Lo que habría que cuestionar es Bolonia y la Universidad como institución, el Estado de cosas y las cosas del Estado. No lo harán Pablo Echenique ni Pablo Iglesias, ni Errejón ni Monedero; no lo hará Izquierda Unida. No pondrán en duda la Universidad. Pero la Universidad, como Cartago, ha que ser destruida para que otra cosa (ya no medieval ni vendida al capitalismo) nazca o renazca de sus cenizas.

–enlace a cuadro de grados y posgrados

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