observatorio del defensor de los bares.

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(desde Sevilla a Sanlúcar de Barrameda)

Siendo camarero y cliente términos inclusivos de camareras y de mujeres clientes, la conexión camarero cliente se ha polarizado. Por un lado, la informatización de los bares, donde mandan las maquinitas o ipads [aipads] conectadas a un ordenador central, tiende al máximo control y, por otro, la expansión del autoservicio perpetúa la improvisación. Cuatro son los enemigos del viejo bar: la empresa, la clientela, la crisis y la pamplina.

la empresa
Por grados de atención al cliente, estos son los tipos de bares:

□Bares informatizados de servicio asistido por camareros profesionales donde la libertad de circulación se ha perdido. El cliente es un número y su acceso a la barra, como lugar de encuentro y apalanque, está imposible. La barra queda como mostrador o vitrina de productos reclamo para consumo en mesas (bajas o altas, de taburetes) o veladores. El franco tirador de cerveza no tiene nada que hacer aquí.

□Bares todo servicio con autoservicio voluntario o de primera postura. El cliente, ávido de una cerveza inmediata, puede servirse en barra el vaso deseado, más una tapa fría o picoteo de aceitunas o similares. A partir de ahí, todo se le servirá sentado. La camarería ronda mesas y para eso está. Estos son los mejores bares, los más cómodos para el bebedor de cerveza y su compañía.

□Bares de autoservicio grado 1. Los camareros recogen y limpian las mesas pero no admiten comandas, solo las sirven. A cada pedido, el cliente se tiene que dirigir a la barra. En algunos bares, si el camarero emisor no localiza la mesa receptora de la comanda, puede que pregone a voces el nombre del cliente o la mercancía de su tapa. No son bares para ir dos sedientos y en conversación porque uno de los dos se estará ausentando continuamente.

□Bares de autoservicio grado 2. El cliente se encuentra la mesa sucia de un cliente anterior y al ir a la barra pide que preparen su mesa. Si el bar no lo hace agradecido y con presteza, pasaría al grado 3. La buena educación de la clientela (mal entendida) está dando lugar al cliente caracol que reintegra en barra el menaje que él mismo ha utilizado, doble autoservicio; triple, si retiró del cliente anterior. Son bares rompe parejas que, a la larga, no vuelven.

□Bares de autoservicio grado 3. El bar, saturado de gente, facilita al cliente un paño húmedo para que adecente él mismo su mesa. La triple A de autoservicio. El cliente limpia, fija y da esplendor porque, encima, dirá, si le preguntan, lo bien que se come allí, te voy a llevar a un sitio que no veas. El cliente que se arrancó por Ikea, montándosela él mismo, y por Media Markt, yo no soy tonto, termina máster en estrellas Michelín.

La degradación del autoservicio plantea perfiles que no son de desdeñar. Para empezar, el cliente se ve obligado a practicar el intrusismo y acaba siendo, en términos de contratación de mano de obra, un esquirol. Para seguir, habría una cuestión legal de responsabilidad civil si el cliente metido a camarero comete alguna torpeza (la máxima: un accidente ¿laboral?), pasando por un plato volante con salsa que mancha a otra persona, eventualidades que se contemplan en el convenio de un sector servicios donde los haya. Y ¿por qué tengo yo que saber los consumos de Juan Ruiz o Dani Peláez y ellos saber lo que yo consumo? En el futuro, vamos hacia un bar radial de barra panóptica (como cárceles o el castillo de Kafka) y, alrededor, las mesas en círculos concéntricos por orden de llegada o de reserva. Opcional: la megafonía.

la clientela

Desde la incorporación de la mujer a los bares, ya no hay madres ni abuelas que tengan a mesa y mantel la restauración en las casas, cuya varonía iba al bar a socializar y a beber y, si acaso, la tapita de las 13:30 por hacer estómago. El extravío de la palabra almuerzo en español no es casual, pues, entre el desayuno y la comida, se cuela esta parada que tampoco era el almuerzo. La mujer en los bares ha despejado un panorama de bebedores solos pero ha traído dos desconfiguraciones: una función guardería de infancia en los bares (pueden ser perros) y una función restaurante. El bar ya no es espacio de paz o zona de confort, como se dice ahora.

la crisis y la pamplina

Ya no se apunta uno tantas rondas masculinas de, chaval, llena aquí y ponlo a mi cuenta. Y comer fuera cuesta un escándalo con tantos días señalaítos: viernes de colegas, sábados de matrimonios, días de cine y búrguer en el multicentro, segundas viviendas de fin de semana donde en la nevera no hay nada. Esos grupos se tiran a la calle a comer sin comer, porque lo suyo es picar cualquier cosa al centro y para compartir. La Andalucía de las tapas no es precisamente el País Vasco; en verano, por vacaciones y, en invierno, por salir del diario escolar.

El bebedor de cerveza sospecha que el bar saturado y gritón, histérico y sin encanto, es un pacto no escrito entre oferta y demanda, y por eso funciona: yo le sigo dando a usted y a su gente de comer por el mismo o parecido precio y usted sigue campeón del convidar. A cambio, si usted tiene que limpiarse su propia mesa, ni a usted se le nota la crisis de cartera ni a nosotros la crisis de empresa y la miopía del cuantos menos, más: más sueldo o más propinas; más productividad o más beneficio. La patronal está machacando a los tíos de la tiza, hoy también muchachas con ipad.

observatorio en Sanlúcar

Entre el Chiringuito de Las Piletas y el bar restaurante de la Real Sociedad de Caballos, la Sociedad, bajo el pretexto, mujer, de su cocina tradicional, se retrata en el Chiringuito, donde sube el IPG, índice de jinetes (hay quien dice de pijos) por minuto y metro cuadrado. Y están al cerrar o al traspasar dos restaurantes de camarería fina, uno en el Cabildo y otro en Bajo de Guía (otros cerraron antes), sitios abiertos con ojos capitalinos o con vistas a TripAdvisor.

La Sanlúcar del quiero y no puedo y la Sanlúcar de piñón fijo de papas aliñás y tortillitas de camarones no dejan mucho espacio ni para restaurantes ni para gastrobares (quiero y no puedo desde su origen) ni para sobremesas de café, copa y puro. De cenas de amor para dos, ya es que ni hablamos.

Daniel Lebrato, septiembre 2018

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