El discurso del rey.

Felipe VI
foto Onda Cero

De tanto oírse llamar en tercera persona
su ilustrísima, su señoría,
su santidad, su excelencia o su alteza,
en las noches de invierno, cuando sus mujeres
les riñen porque roncan, llegan a creer
que su etcétera no está o que no son ellos.

Por eso, cuando nadie las ve, sus majestades
(esa es otra: aguantar el femenino
y, encima, los plurales mayestáticos),
mientras los demás se tocan los huevos o las narices,
ellos, el cetro, la vara, la mitra o la corona,
el sello o el anillo y al hablar
se hacen un lío.


[LA CORTE DEL REY BOBO]


 

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