2018.

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Han pasado los días señalaítos de navidad. Será la edad, que lo marca a uno, pero mi impresión es que el anticipo y generalización de las fiestas quema antes de tiempo el efecto deseado y, cuando llegan las fechas, el alma está cansada de villancicos a Belén, de pastores y reyes magos en el portal, o sea, de tradición desgastada por el abuso: la tradición sobrevive con respiración asistida a base de infancia (lo mismo hicieron con nosotros nuestros mayores y en nuestra voluntad está que podríamos transmitir nuevas cosas).

Este año, en España, la navidad oficial ha coincidido con el malogrado final previsto para el referundismo en Cataluña pues Cataluña se reafirma en que quiere votar su estatuto o su independencia y el constitucionalismo insiste en que la unidad no se vota.

Lo peor es que en el anti referundismo se ha invertido tanta mala sangre o tanta mala leche, que ‑pasadas las fiestas familiares del brindis o de la concordia‑ acortar y conciliar distancias es imposible. Eso tiene la democracia cuando deja de ser la voluntad de la mayoría y pasa a ser la voluntad de alguien. La democracia se hace un lío y no sabe salir de él más que violando la regla sagrada que la trajo aquí: señoras y señores, vamos a contar los pastores que somos por cada bando y aceptemos los dos bandos que quien gane ganará el mejor.

No esperen mucho del 2018. Una revolución ética y social está haciendo falta ya. Los viejos modelos han caído o, francamente, se repiten por el solo motivo del consumismo o del miedo al vacío.

[eLTeNDeDeRo]

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