la izquierda y el nacionalismo.

EL NACIONALISMO Y LA IZQUIERDA.

La izquierda primero abandonó el internacionalismo. Después dejó a su suerte a naciones que habían hecho la revolución. Y últimamente no sabe qué hacer con los brotes nacionalistas que afloran en sus propios países. Solo una brida maneja la izquierda: lo que no es integración es xenofobia.

En el principio fue el internacionalismo[1]. La revolución o era mundial o no sería. Pero, desde la Revolución Rusa, la izquierda se acomodó al socialismo en un solo país[2]. En la Europa que no haría la revolución los partidos radicales sucumbieron al discreto encanto del Estado del Bienestar que vino de arriba: socialdemocracia del ande yo caliente (mi país, mi clase obrera) y ríase la gente de la revolución permanente que, salvo la minoría trotskista, qué fue de ella. La solidaridad derivó en movimientos sin frontera de oenegés que no iban a cuestionar el sistema.

Sobre esa escena, surgen nacionalismos de nuevos ricos. Las manos que mecen las banderas son conocidas y no es plan discutirlo aquí: basta reconocer que ese nacionalismo no tiene nada que ver con lo que diga una Constitución, que se quiere dejar atrás, ni con la autodeterminación prescrita por la Onu para las antiguas colonias[3]. Hablamos de Cataluña, Quebec, Flandes. Y no sirve, en la economía global, el argumento de que la segregación atenta contra el principio de que la unión hace la fuerza. Mientras haya paraísos fiscales y existan Mónaco, Luxemburgo, Andorra o Gibraltar, se demuestra que un pequeño Estado navega de maravilla a escala planetaria. Y es estúpido advertirle a Cataluña: ¡que os quedáis fuera de la UE! Como si los catalanistas fuesen tontos o masocas o como si no hubiera remedio para lo que se puede remediar, incluido que el Barça pueda seguir jugando la Liga española (también Israel juega ligas europeas). Donde manda el negocio, todo se puede negociar.

Abandonada las causas internacional y nacional (naciones son Cuba o Venezuela), ser progresista en sociedades que presumen de democráticas y liberales consiste en elegir a la carta: yo, a la ecología; tú, al animalismo; tú firmas por aquí; yo por allá la petición aquella. Y el soberanismo es parte del menú. Si no le gusta, ¿qué le va usted a hacer? ¿Negarse a que una parte del mapa quiera asociarse con la parte que le dé la gana? Llegados a este punto, la vieja izquierda sale por peteneras de lo que de verdad interesa a las clases sociales: no tanto la identidad nacional sino las condiciones de vida, lo cual es muy cierto. Lo malo es que ese discurso ‑mínimamente anticapitalista‑ es un tarde piaste sin crédito ni avales entre cantos cara al sol a la unidad ¿de la izquierda?, no, ¡de la patria! El nacionalismo está ahí (nos guste o no) y la izquierda (le guste o no al Psoe) nadie sabe dónde está, aparte de sus escaños y el botoncito para votar lo que mande la derecha o para disputarle a la derecha el voto más conservador.

[1] Fueron cuatro Internacionales: anarquista, socialista, comunista y trotskista, fundadas entre 1864 y 1938.

[2] Revoluciones. Rusa: 1917. URSS: 1945. China: 1947. Cubana: 1959.

[3] En el ambiente están los nacionalismos promovidos contra la URSS como la fragmentación de Yugoslavia, la independencia de Kosovo (2008) y las intrigas en Ucrania o en Crimea.

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