1917‑2017, cien años de soledad.

Imaginemos la equis, el diábolo, el nudo de la pajarita, la cruz de las tijeras, los palitos de comer arroz o el trajinar de las agujas de hacer punto. Como en la cámara oscura, todas las rectas, ópticas o geométricas, convergen hasta un punto y a partir del punto se alejan, son como mucho una representación.

Todos los movimientos especulativos o cognoscitivos (cultura: ciencia, técnica, arte o literatura) han servido para dar a la humanidad un enfoque al microscopio o al telescopio, un punto de apoyo para mover el mundo. Ahí anduvo Arquímedes, Newton, Leibniz, Kant, Hegel, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud, Einstein, Duchamp o las Vanguardias, pero también la Internacional o el feminismo, más la máquina de vapor, el motor de explosión, la bombilla o la aviación civil que hicieron la vida más buena como antes ‑de la idea de progreso‑ la rueda, el fuego, la forja, la doma o la agricultura.

Antiguos y modernos, clásicos y contemporáneos, los rayos del conocimiento fueron a dar al antropocentrismo: se hizo la luz para quien quiso verla. Y hoy quien entra en una iglesia o en una mezquita será por otras exigencias, no porque el guion del universo conocido se lo exija. Y, así, en arte, en filosofía, en política: ese demócrata a la ateniense o esa admiradora de Estados Unidos, segundo Imperio Romano, no pueden ‑sin rubor‑ emocionarnos.

Porque a partir de un año cero, cifrable como muy tarde en 1917 (que concibió la muerte del arte, las naciones unidas, la paz y la revolución), la cultura occidental, lastrada por el sionismo, el anticomunismo y el envilecimiento de la ciencia (su fosa, la bomba atómica de 1945), la cultura ‑digo‑ no ha hecho más que ponernos a rezar. Y en la cámara oscura las luces aisladas son verdades a medias, megustan en redes para un público que ha vuelto a creer en Dios.

Lo que en arte es posmodernidad, en ciencias sociales es complicidad, negocio, ingenuidad o cara dura. Vean esa feminista que dio por bueno el tapado de las mujeres (como cultura y no maltrato) y sigue aporreando nuestros oídos como abanderada de la igualdad y contra los malos tratos o ese escritor atrincherado a este lado de la Constitución que presume de destapar con sus tesis o sus novelas de memoria histórica los crímenes del franquismo.

Hay algo en esos héroes y heroínas de la cultura que inevitablemente nos huele a falso como a falsa suena la musulmana empeñada en mostrarnos su religión. No hay más dios que la cultura y su profeta es la intelectualidad, nuevo opio del pueblo, posverdad. Hace un siglo pudimos ser creíbles y felices. Llevamos cien años de soledad como estirpe condenada que no tendrá una segunda oportunidad sobre la tierra.


 

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