11-S (lo que la democracia esconde).

En el actual debate nacional es muy curiosa la identificación de la clase intelectual con la democracia.

Crecí en las ideas en la época de los manifiestos. Desde el Manifiesto Comunista (1848), que me leí con entusiasmo, a los manifiestos y proclamas de las vanguardias, en mi etapa de estudiante, hasta los manifiestos políticos al final de la dictadura que ocupaban página entera en Diario 16 o El País, manifiestos encabezados siempre por algunas firmas más señaladas que otras, que figurábamos como abajo firmantes o como el firmante desconocido.[1]

En el actual debate nacional es abrumadora la identificación de la clase intelectual con la democracia, siendo así que la democracia no es el idílico siglo quinto griego, ni el nuevo régimen tras la revolución francesa, ni los felices 20 ni las naciones unidas al final de la segunda guerra mundial. Hoy se sabe que la democracia es el mundo según Donald Trump[2], Angela Merkel[3], Mariano Rajoy[4] o Susana Díaz[5] (con sus alternativas, Hilary Clinton, PSD alemán, etc.), por no salirnos de la jerarquía que un demócrata en Andalucía acepta, o no, como cadena de mando; lo que incluye el poder, la acción política, la opinión pública y formas de vida cotidiana.

Para la cuestión territorial, un demócrata en Andalucía da por buenas, o no, las bases de Usa en Rota y Morón[6], da por buenas, o no, las bases españolas de Ceuta y Melilla[7] y da por buena, o no, la base inglesa de Gibraltar, población a la que se reconoce el derecho de autodeterminación que a Cataluña se le niega.[8] Sobre ese mapa, lleno de descosidos de origen colonial, militar o imperialista, se debía levantar la cuestión andaluza, muy decaída desde que partidos andalucistas no han tenido apoyo de las clases dominantes. El soberanismo andaluz (lo que fue su ideario) ha devenido vindicación de clases bajas urbanas y agrarias acostumbradas desde el felipismo (1982) a depender y a pedir o trabajo o subsidio y, alguna vez, tierras del señorito, siempre a pedir.

La cuestión catalana, en cambio, es de no dar de moral burguesa (feudal, cuando Fernando el Católico) y ha pasado por una guerra de sucesión (1701‑14), tres guerras carlistas (1833‑76), dos repúblicas federales (1873‑74 y 1931‑39) y un presidente de la Generalitat fusilado en 1940, siendo siempre el otro bando la España de Madrid. Lógicamente, detrás estuvo ‑como ahora está‑ la pela, que es siempre la pela, pero ¿dónde y cuándo, que nos diga la historia, no mandó el oro, el afán de tierras, de materias primas, como el petróleo, la libra, el dólar, el euro, la peseta o la pela? ¿Es acaso revolucionario el no nacionalismo, como sostienen sectores del Psoe, de IU y de Podemos? Y si lo es, ¿por qué no apuraron la lucha social? ¿Qué han hecho tan mal para que el soberanismo sea la única cuestión palpitante?

Quienes, ya puestos, mezclan economía, corrupciones, grupos de presión o intereses espurios, no olviden que para hablar de algo en serio, hay que despejar los factores comunes: capitalismo, intereses, influencias y corrupciones se dan a un lado y otro. Por encima de un nivel académico y mental, no vale mezclar esos factores, cuando el partido Madrid Barcelona es meramente de titularidad, y cuando se podría dar una lección de guerra de independencia sin hijos que vayan al frente, sino a votar, para que independentistas y no independentistas diriman sus diferencias.

Hay que hacer muchas cabriolas mentales, mucho rebusco en subconscientes machacados por siglos de miseria, de incultura y chistes malos, para ponderar en la balanza antes la Constitución de 1978 que siglos y fechas que ahí están, con el argumento del robo del voto del resto de españoles, cuando la historia dice que nunca un poder central (ni su área de influencia) perdió por su gusto o cedió de buenas maneras ninguno de sus poderes periféricos. Lógicamente (con lógica sentimental), si Cataluña saliera de España, parte de España lo lamentaría: así fue cuando el desastre del 98 o cuando Reino Unido ha dejado la UE. Sin embargo, si no razonamos como Donald Trump o Mariano Rajoy, lo demócrata es saber perder y demostrarle al pueblo, a una y otra nación, cómo la cuestión sigue siendo de clases sociales, no exactamente fronteras ni banderas. Esa es la voz, el manifiesto, que yo firmaría.

[1] Recogidas de firmas y manifiestos que ahora se harían a través de Change.org.

[2] Estados Unidos, máximo promotor de conflictos tapadera de intereses bajo capa de democracia en peligro. En esta construcción de la “seguridad mundial” han participado presidentes demócratas (Kennedy, Guerra de Vietnam, 1964) y republicanos.

[3] De Alemania del Este, Merkel simboliza el final de la Unión Soviética y el recambio de la Guerra Fría en la Alianza de Civilizaciones (2007): el papa Wojtyla en Roma (1978), Jomeini en Persia (1979), Israel gendarme del mundo árabe consolado, de pronto, con su religión.

[4] Mariano Rajoy, heredero de Aznar, socio de Bush en la Guerra del Golfo, está en la línea que trajo a España el yihadismo y eso sin contar el juego sucio del PP suficiente para que ‑en una democracia‑ se anulara lo conseguido por un partido mediante compra de votantes.

[5] Susana Díaz, gestora de la Andalucía descontenta y subvencionada a la caída del Estado del Bienestar, ni representa ni deja de representar a las clases dominantes andaluzas, más acomodadas a la seguridad que les da el PP.

[6] El eufemismo dice que las bases militares son “de uso compartido” pero se sabe (porque no se sabe, dado el secreto militar) lo que significa este tipo “de uso compartido”.

[7] La cuenta de resultados de estas plazas en África son absolutamente ruinosas para el Estado español, que paga y sostiene a una ingente dotación de funcionarios con la sola misión de ejercer el orgullo patrio y la gendarmería Otan a ese lado del Estrecho.

[8] Las fechas de Gibraltar inglesa por la fuerza (1713) y de Cataluña por fuerza española (1714) se enmarcan en la Guerra de Sucesión a la muerte (en 1700, y sin descendencia) de Carlos II (un Austria). Madrid coronó a un Borbón, Felipe V, contra el archiduque Carlos de Habsburgo, que apoyaba Cataluña.

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