desde Andalucía, por Cataluña con amor.

Yo crecí en las ideas en la época de los manifiestos. Desde el Manifiesto Comunista, a los vanguardistas, y hasta los manifiestos políticos que ocupaban una página entera en El País, encabezadas siempre por alguna firma más señalada que otras que figurábamos como abajo firmantes.

En el actual debate nacional, llama la atención la anuencia del grupo abajo firmante (o clase intelectual) con la democracia, siendo así que cabezas de la democracia son (y como tales ejercen, corríjanme sin me equivoco) Donald Trump, Angela Merkel, Mariano Rajoy o Susana Díaz (con sus alternativas, Hilary Clinton, PSD alemán, Pedro Sánchez o ?), por no salir de la jerarquía que como andaluces tenemos encima, menos las bases Usa de Rota y Morón, menos la provincia inglesa de Gibraltar y más Ceuta y Melilla, plus colonial sobre África, que yo sepa. Sobre esos pilares, se debía levantar la cuestión andaluza. La cuestión catalana data de 1714, pasa por tres guerras carlistas, dos repúblicas federales aplastadas desde Madrid y un presidente de la Generalitat fusilado en 1940. Lógicamente, detrás estuvo y está “la pela es la pela”, como en todo. ¿O es que son otras las cuentas en la historia?

Para hablar de algo en serio, hay que despejar los factores comunes a un lado y otro de la igualdad. Capitalismos, intereses, poderes y corrupciones se dan a un lado y otro de lo que hablamos. No es lícito mezclarlas cuando en Cataluña solo quieren votar.


 

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Un comentario en “desde Andalucía, por Cataluña con amor.

  1. Completamente de acuerdo. Los debates, han perdido su base intelectual. Se realiza entre papagayos émulos de los esquemas que se dan en las discusiones por ejemplo, de hinchadas deportivas.
    Cataluña ha sido y es vilipendiada por un ultranacionalismo español desde hace muchas décadas. Desde la prensa de Madrid se ha ido, también gestando. En el imaginario del español difícilmente esté ausente el chiste contra el catalán.
    En cualquier caso, el derecho a decidir está por encima de cualquier Constitución que, de iure permite el cambio, pero de facto, es como intentar que salga el Sol de madrugada.

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