¡Mariquita el último! No a las figuras retóricas (2)

Alimaña 5. Mariquita
Buly: Mariquita (1999)

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NO A LAS FIGURAS RETÓRICAS (2)

Sobre los penúltimos apuntes de retórica, contra las figuras y contra el hipérbaton, escribe mi amigo: Mira que te gustan las cuestiones bizantinas y atacar (supongo que por lucimiento de tu indudable ingenio) lo que otro día defenderías. Alegar que nadie utiliza el hipérbaton en el lenguaje coloquial es como acusar a la ópera de que nadie habla cantando.

Leído lo cual, ópera ‑guste o no guste‑ no hay más que una, burguesa o de tres centavos, pero poesía (o que pase por poesía) hay dos: la que utiliza o reivindica un lenguaje poético y la que no, y simplemente toma de poesía el ritmo o compás o la apariencia tipográfica a la vista (pues entre el verso libre y el poema en prosa, nadie que lo escuche y no lo vea, percibirá la diferencia). Un tiempo se dijo que lo específico de la poesía era la metáfora, aunque la metáfora está en el lenguaje común. Metáfora, subjetividad, sensibilidad, ruptura y originalidad son pautas para todos los géneros literarios, no solo para la poesía ni para la lírica. Me vino a la cabeza caído se le ha un clavel hoy a la aurora del seno, qué contento que está el heno porque ha caído sobre él, de Luis de Góngora al nacimiento de Jesús. Ese verso me chirrió tanto que, hace años, me burlé de él:

[Mariquita]

El agujero negro
lo presagiaba: nada es
creación ni dios, belleza.
«Caído se le ha…» puso
el peor de los Góngoras,
como ese huevo o caca
que acaso es cara abajo
un burdo calambur:
muy mari quita y pone,
lunar, a sus lunares.

Alimañas se publicó a finales de 1999, pero quien sabe leer o interpretar solo tiene que ir a De quien mata a un gigante, libro empezado en mayo del 85. Daniel Lebrato lleva toda su vida riéndose de las figuras y de los figuras, sus cursos de bachillerato como testigos. Esta vez, recalé en Quevedo tras de su soneto ¿Buscas a Roma en Roma?, a propósito de un reciente viaje a Italia. Al caer en la cuenta del obtuso verso tres ‑que no recordaba‑, puse mi máquina de divagar a funcionar. Que escribo a diario lo sufren los míos, que publico en mi TeNDeDeRo lo que interesa y lo que no, y que me guía ‑como a todos‑ la vanidad de ser leído para lucimiento de mi posible ingenio; todo está en el programa de quien escribe y publica, todos a la manera de Lázaro, en su prólogo: confesando yo no ser más santo que mis vecinos, no me pesará que hayan parte y se huelguen los que algún gusto hallaren, lo que incluye a jóvenes profesoras y profesores de lengua y literatura que se encuentran indefensos ante el abominable libro de texto y que corren el riesgo de contagiar el mal, la pamplina o la falsía al raro público que les escucha en clase. En cuanto a las sandeces que alguna vez yo defendería, más motivo para arrepentirme a tiempo y desdecirme y aconsejarles a los míos que hagan lo que bien digo y no lo que mal hice, máxima de Sempronio a su señor Calixto. Como afirma mi amigo, nadie utiliza el hipérbaton en lenguaje coloquial (sí, la inversión o anástrofe y la sintaxis expresiva), así que el hipérbaton es seña ‑como pocas‑ de un lenguaje poético que yo fustigo y pongo en duda y al que acuso de las peores atrocidades. ¿Hay algo en mi postura de bizantino? ¿Hay otro tema en crítica literaria más interesante? No lo creo. Desde estudiante padecí profesores que enfocaban el comentario de texto como quien busca errores o diferencias en un dibujo de pasatiempo: A ver, niños -y nos llevaban a pescar‑, ¿qué figuras hay en este texto? Contra esa manía, alzo mi voz; otros, la suya, no menos bizantinos, supongo. Siempre he combatido las rancias figuras retóricas lo mismo que la acrítica aceptación de los clásicos, Shakespeare, Cervantes, Góngora o Quevedo. Para terminar, digamos que el hipérbaton que obedece a justificación métrica todavía tiene un pase. Bécquer no podía escribir En el ángulo oscuro del salón porque el decasílabo se le salía de madre. Pero cadáver son las que ostentó murallas, en vez de es un cadáver que ostentó murallas son ganas de joder o de parecer propietario de un idioma profesional, minoritario y exclusivo, algo que va muy bien con la jactancia de quien se tiene a sí mismo por poeta. El Góngora que escribe caído se le ha un clavel en vez de se le ha caído un clavel pretende decirnos: ¿Ven ustedes lo poeta que soy? Prefiero el Góngora que se hartaba de caracoles. Otra poesía es posible. No al cáncer de estilo.

Daniel Lebrato, efecto secundario del Viaje a Italia, 24/06/2016

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