el nacionalismo invisible

EL NACIONALISMO INVISIBLE

Otro día hablábamos sobre la política y lo que puede significar la unidad de una izquierda a estas alturas. Una amiga desde Barcelona puntualiza que en Cataluña no hay nada que no sea derecha o nacionalismo radical.

Sin embargo, en Cataluña tendrá que haber izquierda aunque no se manifieste con las mismas maneras y bajo las mismas letras que la izquierda en el resto de España. El problema reside en qué es ser de izquierdas. Uno se niega a hablar de política con quien presente una de estas tres conformaciones mentales, que son otras tantas creencias: ser demócrata, ser occidentalista o ser bienestarista. Contra democracia: superación de la clase política. Contra Occidente: neutralidad y no alineación. Y contra el Bienestar: redefinición del trabajo y del beneficio para la autogestión de las clases sociales y de la vida privada.

Dicho lo cual, el nacionalismo ya es hora de ponerlo como factor común a un lado y otro de las fronteras y de las conversaciones, porque el factor nacional (bajo el europeísmo o como regionalismo) está presente en todas partes como excipiente invisible de la política que se despacha. El internacionalismo no existe ni se practica en la izquierda española. Andalucía es buen ejemplo de ese nacionalismo invisible que nos aleja, como a nuestra amiga, de la política más progresista. En esta bendita tierra los toros, las procesiones, las ferias, el Rocío son una forma de patriotismo que pesa más que una losa funeraria sobre el pensamiento crítico. Miren al municipio que miren, las concejalías de cultura o de fiestas mayores actúan como sostenedoras de un andalucismo católico y folclórico ambiental que ha hecho redundante la existencia de un Partido Andalucista, por algo disuelto en septiembre de 2015. Ser andaluz excluye Gibraltar con el mismo argumento que al catalanismo se le niega: el derecho (de Gibraltar) a decidir (ser provincia inglesa). El nacionalismo no solo pesa allí donde se hace bandera y reivindicación: es tal vez peor en focos, como Madrid o Sevilla, de la españolidad. Españolidad que ni Podemos ni Izquierda Unida han sabido cuestionar. De muestra, la tolerancia de las alcaldías de izquierda con su calendario de fiestas, con el estatus de las bases de Morón y Rota y con la industria armamentística como reflotadora de industrias y astilleros en crisis. No, amiga, no estamos libres de impertinencias donde se suma lo demócrata con lo occidentalista en nombre de que hay que darle al pueblo bienestar y atractivos, al turismo. Menos de revolución ‑que significa verdadero cambio‑, en Andalucía y en España se habla y se llama izquierda a cualquier cosa.

Distinto es que un movimiento de unidad electoral sea capaz de generar una ilusión y un resultado que desplace de las instituciones a lo más cutre, más indigno, más inmoral, más corrupto y más salvajuno de la política española, andaluza y catalana. Algo es algo y de eso hablábamos, del voto útil. Del voto inútil, eLTeNDeDeRo está hablando todos los días, es lo que mejor se nos da ni tontos ni marxistas, ni cultos ni demócratas, ni que vayamos a refugiar a un refugiado porque el telediario o Acnur o la alcaldesa de Barcelona lo digan, en el buen sentido, con todos sus muertos.


 

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