THE EGOMANIAC

Antonio Delgado Cabeza
Antonio Delgado

THE EGOMANIAC
por Antonio Delgado Cabeza
sobre Felipe González y el terrorismo de estado

El cuerpo del general dictador estaba todavía caliente y él ya andaba tranquilizando a las ilustres familias oligarcas, comprometiéndose con el capital financiero, urdiendo con la derecha franquista el entramado legal que hoy padecemos. Haría lo posible por cambiar solo lo imprescindible, para que todo siguiera igual. Y lo logró. Nada de juicio al franquismo y a los franquistas, nada de recuperación de la memoria histórica, nada de derogar los acuerdos con la Santa Sede, nada de acabar con la financiación pública de la enseñanza privada. Desde entonces se puso al servicio de su Dios Mercado y se juró que haría lo que tuviera que hacer para tenerlo contento. Mantuvo las formas y cierta discreción hasta que ganó las elecciones. Entonces se quitó la máscara y dio un golpe de estado institucional que tranquilizaría definitivamente a sus patrones. Se alineó con el bloque occidental liderado por Estados Unidos en lo que fue uno de sus errores más graves y menos considerados, aún hoy. Aunque ahora parezca mentira, a principios de los ochenta el mundo estaba dividido en dos bloques con EEUU y la URSS a la cabeza. Pero había muchos más países neutrales, expectantes, que se negaban a participar en la guerra fría: China, India, Brasil, Argentina, todos los países con economía emergente actualmente. ¿Alguien nos imagina liderando el Movimiento de Países no Alineados y un cambio de la estrategia global? Pues pudimos hacerlo porque era el momento oportuno, estaríamos al frente de una nueva concepción de las relaciones internacionales, quizás de un nuevo orden social, por qué no. Era una oportunidad histórica y única de entrar en el selecto club de los países que crean moda, que marcan tendencia, pero él decidió seguir chupando rueda y hacerle el juego a los poderosos de occidente. Y entramos en la Otan, y se consolidó el bipartidismo enrevesado y perverso que había acordado con el que fuera ministro del interior de Franco durante los últimos fusilamientos. Hoy nos seguimos rasgando las vestiduras cada vez que se descubre otro caso de corrupción, y otro, y otro y nadie pone sobre la mesa que es inherente al sistema maquiavélico tejido por estos dos señores. Preferimos caernos de la higuera o poner el grito en el cielo en vez asumir que la corrupción es sistémica y no fue casualidad que los primeros casos de corrupción política fueran durante sus sucesivos gobiernos. Así es. Con un verbo fácil y demagógico, en nombre de la izquierda, desmovilizó todos los movimientos de resistencia civil y participación ciudadana con un discurso claro: hemos llegado al poder, métete en tu casa que ya estamos nosotros aquí. Acto seguido, abrió la puerta a la libre especulación del suelo, encabezó una durísima reconversión industrial que dejó a millones de obreros en paro, acabó con los contratos laborales indefinidos, puso de moda la precariedad, introdujo los contratos basura y dio a la patronal la máxima libertad de la que ha gozado. En consecuencia, la economía se disparó, entró en una burbuja artificial que no ha explotado hasta 2007. Éramos un país absolutamente pobre a finales de los setenta. No teníamos de nada, éramos vírgenes como consumidores, necesitábamos de todo por lo que los mercados se frotaban las manos con cuarenta millones de nuevos clientes. No es de extrañar que se volcaran con nosotros: no había en esos momentos mejor inversión y mejor negocio en una Europa saturada. La pregunta es: si éramos un gran chollo para los mercados ¿Por qué nos vendió tan barato? La calidad de vida de los ciudadanos aumentó muy rápidamente, pero ¿a qué precio? O es que nos pensamos que la especulación, la corrupción, las reformas y los recortes que nos impone ahora Europa caen del cielo en un paracaídas. No, los sembró este político narcisista y ególatra. Evidentemente, había otras formas de progresar y modernizar el país, pero eligió esta, la más rápida, sucia y rentable para el capital.

Y sí, se manchó las manos de cal. Y si no lo hizo, que lo hubiera demostrado en su momento y no dejado que el asunto de los GAL entrara en el limbo de los infinitos expedientes X de la política y los políticos de este país, como la Guerra Civil, la educación, Cataluña, el aforamiento de la casa real, del gobierno, de los jueces, de los diputados y senadores, la reforma de la Constitución o el mismísimo juez Garzón. Un verdadero cajón de sastre en el que cabe todo lo turbio, todo de lo que no se debe hablar, todo lo que no interesa aclarar, con la connivencia cómplice de los medios de comunicación acólitos. A pesar de todo lo descrito hasta ahora, que es fácilmente contrastable consultando hemerotecas, este personaje cuenta con un gran prestigio, es un peso específico dentro y fuera de nuestras fronteras, un pope, un gurú, habla ex cátedra, da lecciones de moralidad, nos dice lo que tenemos que hacer en tono imperativo, da conferencias carísimas en las que se jacta de lo bien que lo hizo. Y lo más increíble es que una gran mayoría de las personas sensatas, muy críticas con lo que está pasando, ven en él un presidente estupendo, sin relacionarlo para nada con la que está cayendo ¡Qué habilidad! Seguramente, los libros de historia así lo recogerán: gran presidente de la transición que hizo posible la modernización. Lógico. Él pertenece al establishment, forma parte interesada del sistema, que a su vez lo protege como sicario destacado. La historia la escriben los vencedores y él es un ganador nato. Se ha hecho ligeramente millonario. Tiene un pequeño holding familiar, es consejero de varias empresas, sigue cobrando sin pudor su paga de expresidente y siempre, siempre, siempre es políticamente correcto. Todo lo contrario que yo.


viene de Crítica del terrorismo de Estadopor Ángel Monge Pérez


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