Torero (Postal)

Antonio Macarro Macarrín
TORERO

–Muchacho: media de manzanilla y aquí, una cerveza para el chaval. Ocurrió en el chiringuito Macario en Sanlúcar de Barrameda, único que defiende sus termópilas de Cruzcampo donde los demás se han pasado a los persas, la Estrella de Galicia que nos invade (ver Postal Nº 3). Luego dirán que consumamos productos andaluces. El hombre no es andaluz. Haciéndonos las presentaciones, resulta que nació en Oliva de la Frontera, mismo pueblo en la raya de Badajoz con Portugal donde nació mi padre. Ustedes buscan lebrato+olivadelafrontera y sale un montón de gente. Un tendero, un músico, un escritor, un fotógrafo. El hombre no es Lebrato sino Macarro, otro apellido numeroso en Oliva. En Sevilla, Lebratos no había más que nosotros y un electricista en Triana. Tienda Macarro hubo en calle Tetuán, lanas y sederías, y Muebles Macarro, al comienzo de la calle Trajano. Mi padre nunca nos llevó a Oliva. Él había tenido que buscarse la vida en Sevilla y guardaba un callado rencor contra la rama de la familia mejor acomodada y con cortijo en la Vera Abajo. El hombre de la foto también salió del pueblo muy pronto, a los siete años; su padre era tratante de ganado y se fue a Salamanca. Por esa ruta de la Plata, que es también del toro, al niño Antonio Macarro, hecho a las reses, le entraría el gusanillo de la fiesta y se hizo matador de toros bravos con nombre en los carteles de Macarrín. Macarrín anduvo por plazas del País Vasco, por Navarra, por Francia, media Europa del Este y del Oeste se recorrió. El acento lo tiene de Bilbao. Se caga en die como hay que cagarse y dice chaval, que da gusto. Educado, elegante, generoso, tranquilo y señor, Antonio se somete a mis preguntas. Un torero es una especie a extinguir y hablar con uno es de otra época. Desde su histórica altura, no sé si recordaba mi nombre una hora y pico después de las presentaciones. El caso es que, cuando hubo que rellenar los vasos, pidió al camarero otra botella de manzanilla y, una cerveza para el chaval, que era yo. De oreja y rabo.

La cara recuerda otras caras. La nariz, lo más difícil del género, la lleva con sobria dignidad. Ojillos prietos, agudos. Orejas grandes pero ajustadas al óvalo como dos medias verónicas. La boca indica gusto por todo lo que entra por la boca. Manzanilla, tabaco que el hombre fuma sin cesar. De langostinos, hablamos. Los labios perfectamente dibujados debieron quedarse así en el beso de su vida. La piel oscura, la arruga marcada, la frente bien entrada de siempre peinarse para atrás y sin raya, como los machotes. El conjunto es de una cabeza clásica en un busto clásico, iba a decir del Sur. No. Esa cara es también de un Norte próximo y querido: mi tío abuelo Fidel, el Tíopadre, le llamaban, ahí en la foto con mi madre en Cóbreces, Santander, en 1976. Lo que más nos importa es lo que menos importa. Antonio no me dejó pagar. Mejor, porque me gusta deberle una a la gente que quiero volver a ver. ¿Quién si no él me iba a llamar, a mí, el viejo profesor, chaval?

1976 CÓBRECES 1.21948 PADRE

1976. Pepita Martínez con su tío Fidel. A la derecha, el abuelo Daniel Martínez en 1948.
El parecido de los hermanos Martínez con Antonio Macarro es de estructura de cabeza y cara.

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